Home  >   Protagonistas   >   Los reformistas que leyeron a Freud

Los reformistas que leyeron a Freud

Pilar OrdoñezPor Pilar Ordóñez (*)

Una cosa son los hechos, que se pueden borrar, falsear o reconstruir y otra los acontecimientos. Un acontecimiento es algo que deja marca, que se vuelve inolvidable porque deja su cicatriz. La Reforma Universitaria tuvo esa fuerza, la fuerza de un acontecimiento político, que dejó su esquirla en la trama histórica y también en la trama cultural.

Hoy, quienes practicamos el psicoanálisis en la ciudad de Córdoba, no podemos ignorar los nombres de Juan Filloy, Deodoro Roca y Arturo Capdevilla. Estos reformistas dejaron entre sus cuños una huella que hizo posible el camino del psicoanálisis en nuestra cultura. Para que alguien crea que es importante consultar a un psicoanalista, no basta con que el psicoanálisis demuestre sus resultados, algo en la cultura debe permitir que el psicoanálisis sea practicable. ¿Qué es ese algo? Es un cierto gusto por el lenguaje, una sensibilidad por los efectos de la letra y también una disposición a reconocer que el orden social se puede conmover. No es que el psicoanalista siempre, indefectiblemente, lo conmueva, no. Pero capta su naturaleza de semblante, la construcción de la que proviene, y decidirá, para cada sujeto, la conveniencia de subvertir ese orden o la urgencia por conjugarlo a su medida.

Deodoro Roca y la subversión del orden
Los reformistas introdujeron en sus escritos, en sus producciones intelectuales, la letra de Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis.
Hace poco, el 23 de abril, me llegó un mensaje al celular en el que se afirmaba “Hoy se donó la biblioteca de Deodoro Roca a la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC”. A continuación, con un tono de alegría que se adivinaba, el cronista furtivo, agregaba: “Y tal como lo sospechábamos, pude divisar un libro con textos de Sigmund Freud”. No revelaré mi fuente, sí les diré que la sospecha era firme: Deodoro leía a Freud, lo sabemos por sus citas, pero también por sus actos.

Podemos ubicar la afinidad entre el reformista y el psicoanálisis más allá del ámbito académico. Se registran dos actos de Deodoro Roca que prepararon el terreno para practicar la vía del psicoanálisis en la ciudad de Córdoba. Uno es un escrito en el que proclama la abolición del doctorado en Derecho, por considerarlo el camino normal, en línea recta y ascendente, sin ningún sobresalto del establishment. El doctorado en ese contexto era una institución que legitimaba el sempiterno poder de los acomodados, abolirlo era poner patas arriba el orden social, era advertir que ese orden naturalizado por las costumbres no tenía nada de natural, estaba construido. Si en esta ciudad se puede poner en duda qué es un doctor, también otras identificaciones podrán conmoverse, según sea el caso. Por ejemplo, qué es un padre, una mujer o un buen hijo.

El otro acto lo podemos ubicar unos años más tarde, en la década de 40. Deodoro Roca encabeza una singular protesta por la censura oficial que recae sobre el cuadro Bañistas, del artista Ernesto Soneira, por mostrar cuerpos desnudos. Frente a la censura, se le ocurre tapar con telas de color las estatuas de desnudos que adornaban la ciudad. Ambos gestos ironizan la impostura de determinados semblantes cristalizados en la sociedad de entonces.

Juan Filloy y el gusto por la letra
Lo evidente es unir a Juan Filloy con Freud por una correspondencia que mantuvieron. De aquellas cartas podemos contar lo siguiente: Filloy envía desde Río Cuarto a Viena una copia de Op Oloop a Sigmund Freud. “Mi sorpresa fue cuando a los tres o cuatro meses -en aquel tiempo la correspondencia viajaba por vapor- recibí una carta lacónica, que para mí resultó lo suficientemente halagüeña, en la que me decía: “He leído su libro con mucho gusto y apreciado la índole de su tema. Saludos, felicitaciones.” (Ambort, M.). Sin embargo, la afinidad de Filloy con Freud se evidencia de mejor manera en su gusto por los palíndromos, esas pequeñas e inútiles hazañas literarias que consisten en conjugar con las mismas letras otras palabras; por ejemplo, Salta y Atlas.

El libro que dedica a la recopilación de los palíndromos comienza con un prólogo en el que reza “Otium cum dignitate y estudio”. Una divisa que también Freud encontraba digna de sus asuntos, ya que él se ocupó de pequeños detalles como olvidos, lapsus y fantasías que, tomados a la letra, permitían leer el inconsciente. Este gusto por usar el lenguaje para otra cosa diferente de la comunicación utilitaria, este gusto por la letra que parece inútil, tan inútil como era considerado el contenido del sueño hasta el tratado que escribe Freud, este gusto digo, parece ser lo más afín entre el escritor de Río Cuarto y el fundador del discurso psicoanalítico.

Arturo Capdevila y la infancia
Las manifestaciones de Capdevilla a favor del psicoanálisis se encuentran esparcidas en su amplia obra. Alguien lo calificó de polígrafo, ya que no se privó de escribir usando los diferentes géneros literarios. En 1946 dedica una obra de teatro, titulada Consumación de Sigmund Freud, para declarar su admiración al creador del psicoanálisis, un homenaje en cuyo prólogo exaltado afirma: “Alguien debía cumplir desde la pura región del arte, el acto de admiración, de agradecimiento y de espantado asombro que con esta obra realizo, ante el heroico caso científico de Freud, el hombre que se atrevió con el misterio del Yo hasta donde nadie antes que él. Porque Freud -el sabio, el investigador, el psicólogo- es ante todo un héroe. Y con toda su cabal dignidad. Si hubo mercaderes y pornógrafos después, no es culpa suya”.

Otra vez sale a defender el psicoanálisis, por 1949, en un intercambio público con Gregorio Bermann, quien comienza con una crítica demoledora para justificar su alejamiento de la teoría psicoanalítica, por ser una disciplina que sólo respondía a la sensibilidad burguesa. Arturo Capdevila le responde titulando su defensa: El Dios Freud.
Pero la afinidad más profunda que permitió que el psicoanálisis se enraizara en nuestra cultura, el hilo secreto que une a este reformista con Freud, se lee en su poesía y su prosa, en su romanticismo antirromántico. Subrayemos solamente dos títulos de su extensa obra: El tiempo que se fue (Versos de 1926) y Córdoba del recuerdo (Prosa de 1923) para marcar que Capdevila hace del niño el padre del hombre y el habitante de ese pasado que intenta capturar. Un pasado que se escapa permanentemente del recuerdo y del cual quedan, sin embargo, trazos solitarios que no hacen más que repicar.

Capdevilla apresa en su escritura un tañido lejano y familiar. Freud da a entender que el hecho de ser hablados por nuestros padres, eso, provoca una marca. Esas canciones de cuna, esas palabras dichas, y no comprendidas del todo, esos sonidos que nos arrullan son más poderosos que las palabras doctas y dejan una cicatriz que llamamos infancia. Capdevilla en El cancionero de la infancia comienza diciendo así: “Somos solamente el eco de lo que oímos cantar en la infancia. ¿Y las palabras doctas? Las palabras doctas se nos hicieron pensamiento y claridad mental; pero la canción llegando mucho más hondo, se nos hizo pulso de la sangre y recogida penumbra del alma”.
El psicoanálisis recorrió largo tiempo para encontrar su inserción en la ciudad. Los tres reformistas, cada uno con su estilo, abrieron el surco por el que cierta “sensibilidad lenguajera” camina desde entonces.

(*) Psicoanalista – Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) Sección Córdoba – Editora científica de la revista Exordio.

Artículos destacados

  • Enrique Barros, la voz de los estudiantes 14 junio, 2018 Enrique Fausto Barros no encajó desde su primer instante...
  • La importancia de una universidad cooperativa 14 junio, 2018 Un proyecto educativo de este tipo también es fundamental...
  • ¿Podemos imaginar una sociedad en la que la diferencia sexual no implique desigualdad? 14 junio, 2018 En los últimos años, cada vez es más notoria...
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *