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La Reforma debe ser el motor que inspire los cambios

Por Hugo Juri (*)

Desde el momento mismo en que acepté el desafío de volver a ser rector de la Universidad Nacional de Córdoba pensé no sólo en la Reforma Universitaria de 1918, sino también en todos estos años trabajando por una educación superior como bien público y social.
Además, pensé en la oportunidad que se me presentaba: la de inspirar y encarar cambios desde un lugar tan expectable como máxima autoridad de la casa de estudios más antigua del país.
En su reciente visita a Córdoba, en ocasión de recibir el título de Doctor Honoris Causa, el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica puso en palabras lo que muchos pensamos que tiene que ser la universidad pública hoy. “Queridos universitarios, ustedes no pueden y no deben componer una aristocracia. Tienen que ser la expresión de la humanidad que ha de venir. La formación terciaria debe ser el capital común de las masas para el mundo que venga”.

Y es así. La educación superior, principalmente la que imparten las universidades públicas, tiene que asumir hoy de una vez por todas el histórico rol que propició la Reforma Universitaria, de ser, entre cosas, el principal mezclador social en nuestro país, de generar los recursos humanos para tener ciudadanía y apoyar el desarrollo productivo, pero con nuevas herramientas acordes con la realidad en que vivimos.
El aire fresco que trajo aquella gesta a las universidades argentinas y latinoamericanas se materializó entonces en la apertura a los sectores sociales que no estaban incluidos en aquellos tiempos.
A quienes hoy estamos en las universidades nos toca continuar y profundizar ese legado, que no es otra cosa que extender la educación superior a todo el territorio nacional (no sólo a las grandes ciudades). Y en los horarios que requieren las nuevas cohortes con necesidad de contar con estudios universitarios, como los trabajadores, los jóvenes de sectores vulnerables o los adultos mayores.

Cuando me preguntan si es un desafío que la educación superior concilie la excelencia académica con la inclusión, yo digo que es una obligación. Argentina tuvo ejemplos en el pasado hasta los años 60. Pero inclusión significa hoy día mucho más que hace 20 años. Pensando en los nuevos colectivos que ingresan a las universidades en todo el mundo: los de 17 o 18 años que ingresan desde el secundario, los trabajadores de 40 que necesitan reciclar sus conocimientos al igual que los profesionales, o los adultos mayores que tienen que aprender cuestiones de ciudadanía al igual que los jóvenes para saber cómo votar en la era de las redes sociales, etcétera.
Entonces, se requieren dos elementos: una gran ampliación del sistema para que no suceda lo mismo que con las escuelas secundarias, donde -si bien fue exitosa la inclusión- no tuvimos las suficientes herramientas para sostener la calidad. Hay que prever esto, lo cual va a requerir una eficiencia muchísimo mayor del sistema universitario para usar sus recursos humanos, económicos y tecnológicos. Y más presupuesto para poder atender no sólo a esta diversidad de población sino también a la diversidad geográfica.

Necesidades y pertinencia
Las universidades públicas argentinas con su oferta académica respondieron en su momento a las necesidades y requerimientos del medio. Pero la realidad cambió y las casas de estudios, no tanto. La velocidad de los conocimientos y de los nuevos requisitos tecnológicos es mucho más rápida que la de los mecanismos utilizados para acompañar ese proceso. Por eso se requiere repensar las tecnologías pedagógicas e incluir en este caso los trayectos formativos a través del sistema de créditos multidisciplinarios. Y también repensar el vehículo para hacerles llegar a los profesionales y egresados las herramientas para que puedan reciclar sus conocimientos, a través de la educación virtual, por ejemplo.
Por otra parte, las universidades públicas latinoamericanas, a diferencia de las universidades públicas anglosajonas, son el principal sostén de la investigación, el desarrollo y la transferencia tecnológica de sus países. Pero debemos serlo mucho más.
Y para eso necesitamos unir esfuerzos, a través de más trabajos colaborativos.

Aquí también aparecen las nuevas tecnologías que ayudan muchísimo a realizar estos trabajos colaborativos y multidisciplinarios. Para este trabajo de prospectiva y acción del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), Francisco Tamarit, ex rector de la UNC y miembro del directorio del Conicet, nos sugirió correctamente que en estas comisiones participen miembros de la dirección del Conicet, dado que la mayor generación de conocimiento científico-tecnológico y de transferencia en América Latina, y en Argentina, proviene del sistema universitario público nacional.
En relación con el mismo tema, la industria del software está creciendo en Argentina, y como toda industria basada en el conocimiento requiere potenciar la formación de profesionales de calidad.

Mirada social
La otra cuestión es sobre si las ofertas de académicas de grado y posgrado deben seguir el ritmo de las demandas del sector productivo. La respuesta es que las universidades siempre tienen que ver las demandas de la sociedad y analizarlas desde un punto de vista neutral. En la UNC, desde hace 20 años, en nuestro primer plan estratégico, ya lo veíamos de esa manera. Pero las universidades tienen que resolver sus currículas exclusivamente en el marco de sus potestades, como la autonomía académica. Para dar un ejemplo: el Cluster Tecnológico de Córdoba, que se generó a partir de la participación de algunas grandes empresas como Motorola, eligieron Córdoba por la cantidad de jóvenes que estudian tres matemáticas y por la cantidad de doctores en Física, Matemática y Astronomía, cuando en esa época el mercado indicaba que había que cerrar las escuelas técnicas, que era lo mismo exportar caramelos que automóviles, y que era un gasto innecesario invertir en doctores en Astronomía. El hecho de haber tenido a esos profesionales en ese momento hizo que se desarrollara un cluster que empleaba a 600 personas y hoy tiene a más de 20 mil personas más otras 10 mil asociadas.

Hay que pensar que las discusiones que permitió la Reforma Universitaria no están saldadas, aunque cambió el contexto. Enfrentamos nuevos desafíos. La educación superior es hoy una necesidad imperiosa para todos los sectores de la sociedad. Sobre todo, en un período de grandes cambios sociales y tecnológicos, que provocarán nuevas divergencias en las próximas generaciones.
Algunos de los debates que se produjeron en 1918 están saldados. Y otros, en cambio, deben ser reformulados, considerando los 100 años transcurridos, tales como la evolución social, política y económica de nuestro país y de América Latina. Por ejemplo, la universidad pública no sólo debe estar a disposición de quienes concurren a ella sino que debe ir adonde existe la necesidad de formación y capacitación. Y llegar con diferentes herramientas para involucrar los sectores que hoy no tienen en su radar la idea de contar con una formación en educación superior.

Por eso, los principios irrenunciables que debemos defender en las universidades siempre tienen como objetivo responder a las necesidades de la sociedad a la que pertenece. Para eso se requiere que las universidades públicas ejerzan una autonomía responsable y sigan siendo gratuitas, para que sigan siendo un gran mezclador social.
La universidad pública tiene que ser repensada dejando de lado dogmatismos y zonas de confort para cumplir con los objetivos del siglo 21: llegar al ciento por ciento de la sociedad con conocimientos de educación superior para mejorar las capacidades ciudadanas, sociales y productivas. Algunas herramientas son los trayectos formativos, o créditos académicos, para hacer más modular y dinámica la educación superior. Y, a través de estos tramos, llegar a la sociedad mediante las universidades populares, los sindicatos, los centros de adultos mayores, etcétera. Otra gran herramienta es el campus virtual, con la madurez adquirida en estos últimos años.

Hoy las universidades públicas deberían estar más atentas a las necesidades de la sociedad. Y deben desarrollar mecanismos para escuchar mejor a esa sociedad de la que forman parte. A través de los consejos sociales consultivos o de programas como el compromiso social estudiantil, en el que les estamos pidiendo a los estudiantes que como parte de su formación académica realicen acciones sociales relevantes a través de proyectos de extensión.
En definitiva, el espíritu reformista exige a las universidades repensarnos como actores sociales del siglo 21 y ayudar a nuestra sociedad a transitar este camino de cambios hacia un futuro mejor.

A quienes hoy estamos en las universidades nos toca continuar y profundizar el legado de la Reforma Universitaria, que no es otra cosa que extender la educación superior a todo el territorio nacional (no sólo a las grandes ciudades). Y en los horarios que requieren las nuevas cohortes con necesidad de contar con estudios universitarios, como los
trabajadores, los jóvenes de sectores vulnerables o los adultos mayores.

(*) Rector de la Universidad Nacional de Córdoba

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