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Ismael Bordabehere, triunviro del hito histórico

Carlos IghinaPor Carlos Ighina (*)

Los aires natales, los de la naturaleza y aun los que alienta la misma historia cuando el protagonismo de los que pisan esa tierra se manifiesta con vehemencia en una calidad que raya en el heroísmo, suelen actuar como factores determinantes en el alma de los que vieron la luz allí, donde el drama se conjuga con la épica y donde el espíritu se templa, anidando una valentía que supera las dimensiones de las circunstancias.

A Ismael Casiano Bordabehere le tocó nacer en Paysandú, en suelo de orientales, tal vez como un signo de un pensamiento americano que lo acompañaría hasta el fin de sus días.
El sonoro nombre de Paysandú oficia desde remoto tiempo en la sugerencia lírica de los bardos trashumantes de las huellas rurales. De pueblo heroico se lo ha calificado y esa fama de Numancia criolla le viene de 1864, cuando los colorados de Venancio Flores y sus aliados brasileros lo sitiaron con el impiadoso asedio de la guerra. Allí se forjaron caracteres y allí se instalaron los Bordabehere, de recia estirpe vasca, cultores de la nobleza del trabajo y curtidos en los lazos solidarios que demandan las soledades.

El negro Gabino Ezeiza, aquel payador yrigoyenista de laureles no superados, sorprendió a los sanduceros cuando con gesto reverencial proclamó: “Heroica Paysandú, yo te saludo”, y a continuación fue desgranando los versos que describían la epopeya de ese pueblo, diciendo: “Los bardos que tenemos en el Plata / que están en el Olimpo en su canción / dedican a este pueblo de valientes / su más grande y sublime inspiración”.
Ismael nació en esos lares a apenas tres décadas de tan angustiosas jornadas, en 1894; pero, como la América es una, más allá de cuchillas, llanuras o ríos que pudieran interponerse, sus padres se trasladaron a Rosario y, desde allí, el vástago de raíces cisplatinas seguiría el camino secular conducente a la Casa de Trejo.

Llegó con un temperamento bruñido por soles y fatigas, seguro de sí mismo, pero con una humildad innata sólo comparable con la firmeza de su carácter. Sabía distinguir el bien del mal, las luces de las sombras, el valor de la palabra y la virtud del compromiso, compromiso ideológico incluido.
Podemos pensar que ya intuía que en el acontecer humano es necesario tomar un rumbo y que a ese rumbo hay que transitarlo por el virtuoso camino de la verdad.
Líder nato, pese a su modestia, a los 19 años fue elegido presidente del Club Universitario, desempeñándose en ese cargo entre 1913 y 1915, para llevar a esa institución al título del campeonato amateur de 1913. Luego le dejaría el lugar a Natalio Saibene, su compañero de estudios y camarada de ideales.

Su mente abierta se dejó convencer pronto por la propuesta de una universidad “moderna, democrática y científica” y se sumó con énfasis a las inusitadas manifestaciones juveniles y, casi sin pensarlo, se vio apostrofando a una pequeña multitud en plena plaza Vélez Sársfield, haciéndole reflexionar que “sólo una enorme resignación al sacrificio o una ingenua esperanza han podido únicamente aplazar hasta hoy la realización de un acto como éste”.
No tarda en ponerse a la cabeza de una huelga general y la Federación Universitaria de Córdoba lo reconoce como autoridad. El propio Ingenieros le envía misivas y desde Buenos Aires, La Plata, Santa Fe y Tucumán lo saludan con alborozo.

“Córdoba era un solo grito, un solo ideal de redención”
Bien plantado sobre sus pies, con Horacio Valdés solicitan al Gobierno de la Nación la intervención de la Universidad de Córdoba. En esos trances, llega el histórico 15 de junio y, ante la engañifa de la elección del nuevo rector, Ismael es uno más y de los no menos activos estudiantes indignados que arrojan por las ventanas retratos de venerables profesores, rompen vidrios, destrozan muebles y tratan de derribar la estatua del obispo Trejo. Mientras tanto, los respetables catedráticos que poblaban el Salón de Grados ponían pies en polvorosa.

Hay agresiones, salen a relucir algunos puñales, al tiempo que Deodoro, Taborda y el mismo Ismael arengan en los claustros. Las crónicas de la época comentan: “Córdoba era un solo grito, una sola alma, un solo ideal de redención”.
Cara a cara, junto con Enrique Barros, el 17 de junio le pide la renuncia a Antonio Nores, con la policía a apenas unos metros. En medio de palabras pronunciadas en voz airada, la prudencia les hace buscar la salida de la Facultad de Ingeniería para escapar de la represión.
Surge a la luz el “Manifiesto Liminar” que proclama: “Nuestra causa es la causa de la justicia”. Bordabehere lo firma entre los primeros. Cuatro días después, en el Teatro Rivera Indarte, “el rosarino de Paysandú” suma su voz a las de Orgaz, Capdevila, Roca, Sayago, Medina Allende, Bermann y Saibene. Después, la Calle Ancha de Santo Domingo se aturdirá con las estrofas en fervorizadas de La Marsellesa, como símbolo libertario.

Lo conceptual, lo ideológico, lo religioso y aun lo pasional pautaban una lucha titánica entre “la canalla”, según el despectivo lenguaje de los revoltosos, y el desborde de los razonamientos de los veinteañeros dueños de la calle.
Ismael Bordabehere no ceja en su entusiasmo sin ataduras y mezclado en medio de un grupo de estudiantes iconoclastas, derriba y arrastra la estatua del doctor Rafael García, tomado como figura cumbrera de una concepción académica canónica y eclesial. Es allí cuando dejan el cartel que dice: “En Córdoba, sobran ídolos y faltan pedestales”.
Sobreviene una nueva toma de la Universidad –dicen que el número de estudiantes invasores era similar al de los revolucionarios que tomaron La Bastilla y nuevamente se escucharon los aires de La Marsellesa- y un triunvirato estudiantil se hace cargo del rectorado. Bordabehere es uno de los triunviros. El 9 de setiembre interviene el Ejército y los estudiantes son trasladados sin resistencia a los cuarteles del parque Sarmiento. Allá va Ismael, el de Paysandú, agitando su sombrero y con el corbatín al viento.

Ismael Bordabehere ya es alguien en la aldea monástica -como se la tilda a Córdoba-, preside a los estudiantes de ingeniería y comanda con Barros y Valdés un movimiento que se expandirá como fuego desde el Plata hasta México. No tendrán personería, pero si representatividad, y como tales envían un telegrama al presidente Yrigoyen, imponiéndolo de la situación en Córdoba. El espíritu de Ismael estaba presto y su acción se mantenía impulsada por la consecuencia entre el hacer y el pensar.

La Gaceta Universitaria proclama desde sus páginas
En 1919 es designado director de “La Gaceta Universitaria” y es entonces cuando escribe a Gregorio Bermann para solicitarle gestione colaboraciones literarias, dado que estaba prevista una importante difusión entre el elemento obrero. Le asegura: “A pesar de la resistencia de los reaccionarios, apoyados por el capital, el clero, las fuerzas policiales y nacionales, estamos dispuestos a marchar hacia adelante”. Bordabehere aspiraba a contar con las plumas del arco de la izquierda como Palcos, Gabriel, Solari, Scheinberg, Monner Sans, Del Mazo, Muñoz Montoro, Florentino Sanguinetti y el propio Bermann. Es en esos tiempos que el órgano de la Federación Universitaria de Córdoba llama a una huelga con repercusión en toda América.

Las páginas de La Gaceta proclaman, en solidaridad con la Federación Universitaria del Perú: “Vayan, pues, en esta hora de confraternidad universitaria, nuestros sinceros votos porque todas las antiguas instituciones abran sus puertas a las nuevas orientaciones científicas”. Así era Bordabehere, claro y profundo.
Voluntarioso y responsable, obtuvo sucesivamente los títulos de ingeniero geógrafo, ingeniero civil y abogado. Retornó a Rosario, fue decano de la Facultad de Ciencias Matemáticas y vicerrector de la Universidad del Litoral, destacándose por su conducta y hombría de bien, al punto que Lisandro de la Torre, antes de su suicidio, lo nombra uno de sus albaceas,

A los 74 años entregó a los estudiantes rosarinos la llave del rectorado de la Universidad de Córdoba, que custodiaba como a un tesoro. Hoy esa llave de formas antiguas y memorias legendarias se guarda en el Museo de la Reforma, en el barrio Clínicas.
Entre aquellas consignas faltó la de la gratuidad de la enseñanza superior, que recién llegaría en 1949, por decreto de Perón, cuando todas las universidades eran nacionales y no existían las privadas.
Tal vez Bodabehere no sea el más nombrado de los revolucionarios de 1918, pero seguramente no debe ser el más olvidado. No lo merece.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera

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