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Enrique Barros, la voz de los estudiantes

Claudio BustosPor Claudio Bustos (*)

Enrique Fausto Barros no encajó desde su primer instante en la vieja Universidad de Córdoba, al ser considerado una consecuencia no deseada de la oleada populizadora que invadía todo lo selecto.

El joven había perdido tempranamente a su padre y enfrentaba, junto a sus hermanos, una realidad económica que exigía el trabajo para el sustento y el sostenimiento de los estudios de medicina. Entendiendo que no contaba con los privilegios que hacen fácil el transitar al común de los estudiantes de la época, unos con su tradición docta y otros con el designio aristocrático que aseguraba la adquisición del título habilitante.
El 14 de octubre de 1916, se encontró en la calle con Arturo Capdevila, Arturo Orgaz, Deodoro Roca y Saúl Taborda, entre otros, en la marcha pro ruptura con Alemania. Ya no fue extraño el lazo que estrecharían y que los uniera en la creación del grupo de pensamiento “Córdoba libre”.

El momento lo exigía, la militancia también, por lo que comenzó a participar en el Centro de Estudiantes de Ciencias Médicas (Cecim), estableciendo nexos entre sus compañeros hacia la participación en los talleres que ofrecía la Universidad Popular. Concebía un modelo universitario que facilitara la movilidad social ascendente y sostenía: “Para los pobres, esto es muy útil y, para los demás, una enseñanza necesaria; que el trabajo del obrero es tan respetable como el de Doctor”.
Los directivos de la Facultad no imaginaron que, al redactar la resolución de clausura del internado para practicantes del Hospital Nacional de Clínicas, aduciendo “reiterados actos de indisciplina”, promoverían la huelga iniciada por el Centro de Estudiantes.
A comienzos de 1918, las medidas aleccionadoras de los decanos, obligaron a Barros a delinear un movimiento dentro de las aulas, con los dirigentes que hasta el momento luchaban en forma aislada. Así fue que las reuniones se poblaron de compañeros y los reclamos encontraron un factor de coincidencia: construir la Universidad que los tiempos exigían.

No dudó en encabezar Cecim y luego, con naturalidad, el Comité Pro Reforma Universitaria que habilitó la unidad del movimiento estudiantil que al poco andar se convirtió en la Federación Universitaria de Córdoba (FUC).
El 1 de mayo habían dado a luz su publicación, que pronto sería el órgano de prensa del estudiantado libertario del siglo, “La Gaceta Universitaria”. Irreverente, dispuesta a exponer la realidad de la Universidad, ofreciendo voz a quienes emergían en una nación nueva con ideas claramente compartidas por el estudiantado reformista.
La idea de agrupación le era común, por lo que no fue extraño que compartiera la conducción del gremio con Horacio Valdés (por el Centro de Estudiantes de Derecho) e Ismael Bordabehere (por el Centro de Estudiantes de Ciencias Exactas). Cada uno confiando su individualidad en la pluralidad que se construía a cada paso que dieron tras los hechos del 15 de junio y la lucha que se emprendió nuevamente en las calles durante el invierno.
Barros transitó meses de intensos diálogos con ministros nacionales, dirigentes de la FUA (Federación Universitaria Argentina) y, en varias oportunidades, con el presidente Yrigoyen, con quien, entre viaje y viaje, exponía la realidad opresiva vivida en Córdoba.

Los sucesos del 9 de septiembre, lejos de concretar los anhelos del dirigente estudiantil, comenzaron a resquebrajar la unidad del movimiento reformista, cuando floreció un debate inesperado sobre la participación de los militantes universitarios en política. Una temática torpe, que el estudiante sólo estudie en el aula y procure su liberación dentro del claustro, encontró a Barros en medio de una tormenta a la que las facciones del antirreformismo abocaron su artera acción.
Una andanada de pedidos de renuncia en la FUC y la reválida de los liderazgos debieron exponerse en las asambleas de los centros, defendiéndose el honor y la libertad de pensamiento y acción que cada ciudadano se permitía en la construcción democrática que solo llevaba dos años en nuestro país.

Así, vio alejarse a los que otrora fueran parte de su fortaleza gremial y, más aún -como el caso de Carlos Suárez Pinto quien, abocado a la campaña del candidato conservador del Partido Demócrata, le indilgaba su afinidad con los radicales yrigoyenistas para colaborar con el candidato Elpidio González-.
La vida le provocaría otro dolor, una noche de octubre, en la que retornaba a la residencia de los practicantes: dos estudiantes de los sectores antirreformistas le dieron garrotazos en la cabeza en una sentencia de muerte que no lograron cometer.
Enrique Barros desafió la muerte con la misma fiereza con la que enfrentó a los sicarios de ella, varias operaciones y una larga recuperación lo posicionaron nuevamente en diversas luchas libertarias durante los siguientes 50 años.

No hubo cátedra que lo retuviera en una Universidad en la que la reforma demoraría casi 70 años en retornar, pero su pasión por la medicina y la política, lo tuvieron presente como partidario de los republicanos en la guerra civil española, contra el fascismo italiano y el nazi y en abierta lucha con los autoritarismos nacionales que mantuvieron viva la amenaza de muerte, hasta que, un día de marzo de 1961, se transformó en idea.

(*) Investigador sobre la Reforma Universitaria

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