Home  >   Protagonistas   >   Cuatro hombres, cuatro pilares y un solo compromiso

Cuatro hombres, cuatro pilares y un solo compromiso

Enrique-EscuderoPor Silverio E. Escudero (*)

La Reforma Universitaria está indisolublemente unida a nuestra querida y prestigiosa Universidad. Como en todas las aventuras del hombre, el movimiento reformista está plagado de marchas y contramarchas, contradicciones y olvidos. Muchos fueron los númenes que no vacilaron en traicionarla. Otros, en cambio, sufrieron el “estigma” de fidelidad y coherencia hasta después de muertos.

Más de mil años de lucha están detrás del centenario que nos convoca. Las primeras revueltas estudiantiles se remontan al Medioevo. Bologna, Toulouse, Paris y Oxford figuran entre las universidades que sufrieron el rigor de las protestas acompañadas por pliegos que exigían la consolidación de la extraterritorialidad de “la República de Estudiantes”. Y otros similares que nuestros compañeros de este tiempo levantan como bandera: concursos, falta de presupuesto, libertad de cátedra, autonomía y autarquía universitaria, mejores profesores, mayor dedicación horaria, actualización de las bibliotecas, mejoras constantes en los laboratorios e insumos suficientes y un largo etcétera.

La represión, en cualquier lugar del mundo fue, es y será cruenta. El señor feudal, el rey del que era vasallo cuanto el rector de aquellas Academias no soportaron su ejercicio de libertad e independencia cuando los universitas salieron a las calles para enfrentar dogmatismo que reinaba en las casas de altos estudios y en la sociedad, cuyo gobierno olvido sus obligaciones para con los súbditos.
París fue testigo, en marzo de 1229, de una de las mayores huelgas estudiantiles que guarda la memoria histórica. Nació como consecuencia de una trifulca entre un tabernero con un grupo de estudiantes. La represión dejó un tendal de muertos. Fueron dos años sin clases y negociaciones que modificaron para siempre la universidad medioeval. Dos años de ira permanente del señor feudal que junto al rey fueron en queja al papa Gregorio IX.

Tan menudo como impensado problema obligó al pontífice dictar la bula Parens scientiarum, en la que le confería a la Universidad el honor de ser “Madre de las Ciencias”. Los alumnos, en tanto, a pesar de dispersarse por otros institutos y seminarios o buscar trabajo, siguiendo la tradición de los goliardos, llenaron las calles de canciones contrarias al orden constituido.
Cuando aún no se habían silenciado los ruidos parisinos, tres universidades se conmovieron hasta sus cimientos. Los “párvulos” se levantaron, casi al unísono, en contra de los castigos corporales. Los barullos de Oxford provocaron la movilización del ejército que entró a sangre y fuego en la antigua universidad inglesa. Los de la de Toulouse ganaron las plazas y, los vecinos, solidarios, estallaron en carcajadas, cuando vieron correr al señor obispo junto al eminentísimo rector, cubiertos de brea y plumas.

Los bochinches ocurridos en la antiquísima Universidad de Bologna hicieron temer por la suerte del Cónclave que transformó a Ugolino de Segni –cardenal por voluntad de su tío Inocencio III- en Gregorio IX, creador de la Inquisición Pontificia que puso en manos de las órdenes mendicantes.
Los españoles trajeron a América todas sus instituciones. Así hermanaron las universidades medioevales de Salamanca, Valladolid, Alcalá de Henares y Murcia con las nuestras que daban sus primeros pasos en Lima, México, La Habana, Caracas y Córdoba de la Nueva Andalucía.

Los mismos reclamos de otrora se repitieron en la América Española. Los castigos corporales habituales en los claustros se sumaban a los abusos de las autoridades coloniales y encomenderos. Los estudiantes fueron una valla difícil de franquear. La férrea voluntad de muchos hizo comprender que ser universitarios implicaba asumir responsabilidades adicionales. El desafío de transformar la sociedad, abrir las ventanas monacales para que ingresara la luz y los nuevos aires sacudieran las testas coronadas “aun a costa de exagerar el concepto de autonomía que ceder a las demandas para disminuirla o derogarla”, anota el entrañable Luis Alberto Sánchez en La Universidad actual y la rebelión juvenil.
Serán los estudiantes latinoamericanos, hastiados de la prepotencia y el incremento injustificado de los impuestos, los que se unirán a los comuneros al grito de “Viva el Rey y muera el mal gobierno”. Se los verá marchar sobre Santafé de Bogotá o por las calles de Asunción y de Caracas Y, quizás, los hubo en el motín del Común en el valle de Traslasierra –en el actual departamento Pocho- donde le quiebran los brazos al poder real que acepta, en el Pacto de los Chañares, el 28 de abril de 1774, “que no hade gobernar en este valle ningún hombre europeo.”

Barros, Del Castillo, Meeroff y Orgaz
La Reforma Universitaria retoma banderas que yacían cubiertas de polvo para devolver la dignidad perdida entre incienso y mirra. El siglo XX despertó con el histórico congreso de estudiantes latinoamericanos que se celebró en enero y febrero de 1908 en Montevideo. Córdoba esperaba su turno para llamar a los hombres libres y “romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica”.
Cien años han trascurrido desde aquel 15 de junio. Cien años de contradicciones, compromiso y combate que no hubieran sido posibles sin la presencia militante de cuatro sólidos pilares: Enrique Barros, Santiago H. del Castillo, Marcos Meeroff y Jorge Orgaz.

Cien años que se construyeron sobre la sangre derramada por Barros tras el criminal atentado que la clerecía festejó lanzando las campanas a vuelo. Era el blanco elegido porque sabía cuál era el norte; el modelo de Universidad científica que se necesitaba. Por ello, aun en su lecho de enfermo, soñó y trabajó para alumbrar Córdoba de una vez y para siempre. Lo había discutido hasta el hartazgo con Saúl Taborda y Ricardo Vizcaya.
Cien años que sostuvo Santiago del Castillo, un modesto maestro de escuela que reconstruyó la Federación Universitaria y fue su presidente para luego gobernar la provincia. Junto a Saúl Taborda, Antonio Sobral y Luz Vieira Méndez revolucionaron la educación de Córdoba. Una Córdoba extraña que lo condenó al olvido; un olvido por sostener sus convicciones más hondas.

Alguien deberá explicarnos la dimensión y el alcance del odio. Sus restos descansan de prestado en un nicho del cementerio San Jerónimo.
Cien años se sustentan en la coherencia y el valor de Marcos Meeroff, secretario General de la Federación Universitaria. Lo fueron a buscar los matones a sueldo de la Seccional Tercera para matarlo en la guardia del Hospital Clínicas donde era practicante mayor. Querían “liquidarlo” por ser nervio y motor de la histórica huelga de 1932-1933 tras la exoneración de un grupo de estudiantes y dos profesores: Jorge Orgaz y Gregorio Bermann, de comportamientos disímiles.

Cien años soporta la espalda de un gigante que se llamó Jorge Orgaz. El presidente de la Federación Universitaria que recibió a Víctor Raúl Haya de la Torre en su única visita a Córdoba; el mentor de la toma del rectorado cuando Yrigoyen pedía “efectividades conducentes.” Cierto es -y está probado- que fue el Rector por antonomasia; el timonel que con mano firme navegó por procelosas aguas –pese a la traición de algunos compañeros de ruta- en el instante más brillante de la historia de la Universidad Nacional de Córdoba.
Estos antecedentes son precedentes obligados a la hora de entender la Reforma Universitaria. Está en el grito “Viva el rey, muera el mal gobierno”, de los comuneros del Paraguay, la de los del Virreinato de Nueva Granada, la de la región de los Andes en Colombia o en la de nuestros, ignorados y mal estudiados comuneros de Traslasierra, anterior al de Nueva Granada, que culmina con la firma del Pacto de los Chañares, el 28 de abril de 1778.

La historia de la Córdoba reformista es extremadamente rica en sucesos. Han transcurrido cien años y los festejos del Centenario tienen una lógica de museo. El verdadero sentido surgirá de la movilización de los estudiantes de este tiempo que tienen un pliego de reclamos tanto o más importantes que sus hermanos de 1918. Mucho más cuando la garra gubernamental pretende transformarlas en un apéndice de un inexistente Ministerio de Educación y ahogarlas presupuestariamente, porque al parecer les importa su lógica de mercachifles que limita el escenario de la vida de los argentinos a costa de limitar la libertad porque, al decir, de Octavio Paz “sin libertad, la democracia es despotismo; sin democracia, la libertad es una quimera”.

(*) Historiador y periodista

Artículos destacados

  • Enrique Barros, la voz de los estudiantes 14 junio, 2018 Enrique Fausto Barros no encajó desde su primer instante...
  • La importancia de una universidad cooperativa 14 junio, 2018 Un proyecto educativo de este tipo también es fundamental...
  • ¿Podemos imaginar una sociedad en la que la diferencia sexual no implique desigualdad? 14 junio, 2018 En los últimos años, cada vez es más notoria...
  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *