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Cinco principios para la cobertura periodística de niños, niñas y adolescentes

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Por Amelia Presman (*)

«Vomitó sangre: el crudo testimonio de una maestra sobre el último día de Lucio Dupuy en el jardín de infantes”. Así tituló un medio digital que reveló los pormenores del caso que mantuvo en vilo a la Argentina, en 2021. Detalles sobre las torturas que recibió y datos vinculados a la autopsia también se divulgaron de forma innecesaria no sólo para dimensionar su padecimiento, sino para aumentar los clicks sobre las notas.

La causa, que derivó en la condena a prisión perpetua para la madre y su pareja puso sobre la mesa nuevamente el modo de informar cuando los protagonistas de las noticias son niños, niñas y adolescentes (NNA). No se trata de coartar la libertad de expresión, pilar fundamental en una democracia, sino de preservar los derechos de las personas menores de 18 años.

¿Cómo equilibrar el derecho a informar sin dañar los derechos de las infancias? ¿Nos preguntamos qué sucede con los NNA cuando dejan de ser fuente de noticias? ¿Qué pasa con ellos cuando damos a conocer hechos que no están corroborados? ¿Y si hay imputaciones mediáticas que se viralizan? ¿Respetamos su identidad y privacidad? Si les damos voz, ¿sabemos cómo preservarlos ante las cámaras? ¿En qué porcentaje los NNA aparecen en las secciones policiales y no en las de sociedad? ¿Somos conscientes de los prejuicios que a veces guían el trabajo periodístico? ¿En verdad, nos proponemos informar o estamos al servicio de la morbosidad y los algoritmos porque es lo que la audiencia demanda?

La Convención sobre los Derechos del Niño y la Ley de Protección Integral de los Derechos de NNA orienta el tratamiento informativo que periodistas y comunicadores pueden dar a este grupo especialmente protegido en el abordaje de su intimidad, imagen, integridad física y psicológica. Por eso, para ofrecer una cobertura periodística de calidad, podemos apelar a estos cinco principios básicos:

1. Diversidad de fuentes. Consultar varias fuentes e incluir a especialistas que aporten una mirada profunda e integral de la noticia. Otorgar espacios equitativos a las fuentes. Equilibrar los enfoques con entrevistas a organizaciones de la sociedad civil u organismos internacionales. Oír e incluir a niños, niñas y adolescentes cuando se informa sobre ellos. Ofrecer direcciones, teléfonos locales y sitios web para pedir ayuda.

2. Lenguaje respetuoso. Evitar el lenguaje peyorativo y estigmatizante, pero también los infantilismos. No subestimarlos. Recordar que el discurso mediático influye en la discriminación y profundización de estereotipos. Prescindir de las etiquetas y calificativos, porque pueden revictimizar o profundizar la marginalización.

3. Representación plural. Promover desde el ejercicio profesional una representación diversa y plural de las infancias y adolescencias. Visibilizar sus diferentes realidades, identidades y contextos socioculturales.

4. Investigación y contextualización. Los hechos que se convierten en noticias no surgen por generación espontánea, sino que son el resultado de procesos multicausales. Informarse antes de comunicar. Buscar leyes y políticas públicas que aporten rigurosidad a la cobertura. Incorporar cifras y estadísticas para contextualizar el tema. Comparar cifras oficiales con las de otras ONG o instituciones. 

5. Perspectiva de género. Evitar las generalizaciones: históricamente, las mujeres han tenido oportunidades desiguales en el acceso a la educación, la justicia y la salud. Aún hoy, según la región en la que habiten, sus posibilidades de desarrollo siguen siendo desparejas e inequitativas.

En resumen, las palabras no son asépticas ni imparciales: constituyen la materia con la que construimos ideas y creamos conceptos. Los periodistas y comunicadores tenemos un rol central, que -en la feroz batalla por la primicia o la obtención de un dato pintoresco- podemos perder de vista. Los tiempos, descarnadamente veloces, nos obligan a estar aún más atentos al momento de cubrir y chequear la información: ciertos datos, enfoques e imágenes pueden destruir la vida y la reputación de los NNA.

Sin embargo, también en el ejercicio profesional, podemos realizar un enorme aporte a la promoción de los derechos humanos de este grupo, al tiempo que colaborar con la discusión social y la exigencia de políticas públicas para garantizar su pleno desarrollo. Debemos corrernos de la polarización que no sólo empobrece el debate, sino que genera ganancias económicas a ciertos sectores que lo promueven (sí, la polarización es un modelo de negocios). Y por supuesto, reflexionar el modo de ofrecer un enfoque integral de las noticias, que involucren una agenda diversa –no hay una sola niñez sino tantas como NNA- y en la que la empatía esté presente.

(*) Licenciada en Comunicación. Vocal titular de JusCom.

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