Violencia política en la Argentina (III)

Nuestro recorrido por lo más oscuro de la política argentina culmina. No caben aproximaciones teóricas frente al tenor de las diatribas y amenazas que integran el menú que los militantes -de cualquier facción- ofrecen a la sociedad. Menú basado en la mendacidad, en la indisimulada intención de boicotear a quienes tienen responsabilidades gubernamentales sembrando el desaliento.

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Cada gobierno, cada religión, cada clase social pretende ser el centro de una batalla intelectual en la que quiere prevalecer. La propaganda ejerce su reinado nefasto intentando manipular, de los otros, la conciencia de los más. Las rebeliones -explica Bernard Fay- “en el ejército francés de 1917 o la gran insurrección del ejército alemán en 1918, fueron antes que nada el resultado de la propaganda. Rusia proveyó de un ejemplo excepcional acerca del imperio de las ideas sobre los hombres y las cosas humanas; la miseria del pueblo ruso, antes de 1914 y después de 1920, no parece haber sufrido modificaciones muy importantes por lo menos ante los ojos del extranjero que cuenta en números y mira de lejos. Pero para el comunista ruso, instalado en su miseria, la que padece en 1960 es del todo nueva y casi brillante; no representa ya más la miseria producto de una larga decadencia sino los sufrimientos gloriosos de una edad nueva; no es ya una penuria que abrume sino un medio de combate y disciplina.”

Argumentos que se asemejan, pese al escenario geográfico diferente, a los usados por nuestra oligarquía frente a la explosión social que representaban los inmigrantes. “Todos ingratos -al decir de Lucas Ayarragaray- porque el país les daba a esos anarquizantes la oportunidad de vivir una digna pobreza y ser partícipes, con sus sufrimientos y esfuerzos, del crecimiento de una nueva y gloriosa Nación.”
Ése era el clima de una época compleja que se consolidó con la sanción de la Ley de Residencia, por el Congreso de la Nación, en 1902, por la cual “El Poder Ejecutivo podrá ordenar la salida del territorio de la Nación a todo extranjero que haya sido condenado o sea perseguido por los tribunales extranjeros por crímenes o delitos.”

Clima represivo que se consolidaría con el paso del tiempo en manos del nacionalismo católico, que se erigía en “custodio de la pureza racial argentina, tutor de la moral pública y vigía de las buenas costumbres”, y cuyos hombres eran habituales concurrentes a quilombos, prostíbulos, cabarets, casas de baño y masajes “resueltos a experimentar todos los placeres carnales”. Tanto que sus excesos, muchas veces, cubrieron de sangre las páginas policiales de los diarios, llenando de escarnio a sus familias que no pudieron evitar el escándalo social, como los que golpearon a las familias Lavalle, Ayerza, Alegre, Balcarce, Bianchi y Bidart y, por cierto, la de Leopoldo Lugones.

Para “purificarse y olvidarse del pecado de la carne” clama el párroco de la catedral de Córdoba y luego bendice tres pabellones fascistas. Del atrio catedral de Córdoba marcharon a apalear a prostitutas, quemar bares y confiterías, bibliotecas, escuelas de las primeras letras -organizadas y sostenidas por anarquistas-, salas filodramáticas, clubes, bibliotecas y sindicatos, lo que motivó el grito de los diarios La Voz del Interior y El País -fundado por Ramón José Cárcano-, alarmados por el cariz de los acontecimientos. Dieciocho muertos se encontraron a la vera del Río Primero, de los cuales seis eran bellísimas adolescentes que antes de ser asesinadas fueron violadas con una saña atroz.

Violencia que creció de la mano de un conjunto de ideas foráneas que encontraban tierra feraz en el nacionalismo criollo, tan errático en lo ideológico. Así comenzaron a aparecer nuevas organizaciones paramilitares y parapoliciales, acunadas por el Estado o las fuerzas armadas. Abrazadas, alternativamente, a la Falange Española, al fascismo mussoliniano o se envolvían en banderones con la cruz esvástica en el centro.

Grupos que se constituyeron en un Frente Patriótico en el cual pujaban por preponderar, mientras “los ejes del mal del capitalismo foráneo” intentaban dominar nuestra economía y utilizar “los medios de comunicación” para sembrar “ideas anarquizantes y comunistas” y hacerlos “cómplices de batallas que a los argentinos de bien no les conciernen ni les importan.”

Por eso, aseguraban estar dispuestos a luchar “pero en defensa de lo nuestro, contra cualquier amenaza que provenga del exterior. Para, de esa manera, exaltar las energías del país, estimular el máximo y urgente desarrollo de las instituciones armadas y hacer vibrar el alma nacional, frente a la propaganda extranjera que habla de nuestra supuesta debilidad para cohonestar la entrega a la protección ajena, con abdicación del tradicional heroísmo argentino”.

El documento está firmado por cerca de medio millar de apellidos coordinados por los señores Ernesto Palacio, director de Nuevo Orden; Roberto Laferrere (El Fortín) Máximo Etchecopar (Nueva Política), Mario Soaje Pinto (Restauración) y Rafael Campos, de Legión de Mayo. Y, a su vez, tiene la responsabilidad de organizar las delegaciones provinciales, correspondiendo a Córdoba un directorio integrado por Ninio de Anquín, Carlos Astrada, Wenceslao Achával, Horacio Miguel Carro, José H. Carminotti, Carmelo Dipascuale, Martín Ferreyra, Juan Manuel Fontenla, Juan Lucero Lambruschini y Natalio Lombardo.
Todos de notables prontuarios.

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