Una parodia de proceso en Richmond Barracks

Se trató de uno de los peores procesos penales del siglo XX y tuvo como resultado cientos de condenas a muerte

Por Luis R. Carranza Torres

Luego de aplastar en 1916 el Alzamiento de Pascua en Irlanda, más por la fuerza del número y la supremacía de los medios que otra cosa, los vencedores británicos se dispusieron a dar un escarmiento ejemplar a todos quienes habían osado levantarse contra la corona que los mantenía desde hacía ocho siglos bajo un estatuto colonial oprobioso, desde que el rey inglés Enrique II en 1169 se convirtió, por la sola razón de la espada, en «Señor de Irlanda».
Uno de quienes habían disputado por una semana el control de Dublín a las fuerzas de ocupación era el oficinista ferroviario Seán Heuston, miembro de los «Voluntarios Irlandeses», la precaria milicia del gobierno provisional irlandés surgido de la revuelta.
Tras su rendición, los británicos propinaron a los rebeldes todo tipo de golpizas y vejámenes en los cuarteles reales por una semana, antes de conducirlos a las cortes marciales establecidas en las cercanas Richmond Barracks. Pese a haber llevado a cabo las acciones armadas con uniforme y distinguiéndose de la población civil, lo que les daba la protección de resultar prisioneros de guerra, bajo los términos de la costumbre internacional y del Convenio de Ginebra de 1864, fueron acusados ser parte de «una rebelión armada y acciones de guerra» en contra de la corona y «… con la intención y el propósito de ayudar al enemigo».
Tales tribunales estaban compuestos por oficiales militares ingleses, sin formación jurídica. Únicamente el fiscal era abogado y no se les permitió a los traídos a proceso tener abogados defensores. Que no se pudiera juzgar a prisioneros de guerra por sus actos bélicos, conforme marcaba el derecho de la guerra vigente, fue una cuestión que todos pasaron por alto, sin decir palabra al respecto.
En tales términos fue juzgado, entre muchos otros, el caso de Seán Heuston, uno de quienes más se había destacado en el alzamiento, manteniendo a sangre y fuego por casi una semana el edificio del Mendicity Institute para el gobierno provisional irlandés, luchando en contra de fuerzas militares que los superaban 15 a 1 en hombres y disponían, además, de mucho mejor armamento.
La Field General Court Martial que lo juzgó estaba presidida por el brigadier general Ernest Maconchy. Dicho oficial había protestado su nombramiento, sin éxito, ante su superior Sir John Maxwell, por «ser irlandés».
En el segundo volumen de sus memorias, Maconchy reconoce haber «juzgado un gran número de casos», conforme estrictas instrucciones impartidas por la superioridad sobre qué evidencia era «admisible», y que se le dio la orden de imponer la pena de muerte como única condena, sin poder dictar otra sobre la base de la existencia de atenuantes en el caso. «Un superior decidía la ejecución o no de nuestra sentencia, probablemente en consulta con el gabinete en Londres. Nosotros sólo podíamos recomendar clemencia en ciertos casos». Es por ello que no deja de expresar en su autobiografía que se sintió muy aliviado cuando un oficial del Departamento Jurídico fue enviado a ocupar su lugar.
El primer ministro inglés, Herbert Asquith, visitó el 13 de mayo de 1916 Richmond Barracks, en plena sustanciación de los procesos. Era más que claro desde qué altura política bajaban tales directivas.
En el caso de Heuston, se usó para fundar su condena una nota de uno de los cabecillas, Connolly, dirigida a un tal «Capitán Houston» dándole instrucciones. El 6 de mayo, el general Maxwell confirmó la sentencia de muerte dictada por el tribunal, justificando su decisión en un memorándum enviado al primer ministro británico en que fueron «descubiertos numerosos documentos que muestran que este hombre estaba en constante comunicación con los líderes del levantamiento». Pero su mayor crimen pareció ser que sus pocos hombres hubieran causado al ejército británico las bajas de «un oficial y 9 hombres, teniendo que tomar el edificio que estaba bajo su mando por asalto».
El 8 de mayo de 1916, a las 3:45 de la madrugada, Seán Heuston fue sacado de la celda Nº 19 de la prisión de Kilmainham. Acompañado del padre Albert Bibby, fue escoltado hasta el patio de la cárcel «con las manos atadas a la espalda, una venda colocada sobre los ojos y un pequeño trozo de papel blanco con un número prendido en su chaqueta sobre su corazón…». Minutos después era fusilado. Tenía 25 años de edad. Casi un centenar más sufrirían el mismo destino infausto.
En una nota a su hermana, monja en un convento de Galway, había escrito: «Para cuando recibas esta nota, habré caído como un soldado por la causa de la libertad de Irlanda. Te escribo un último adiós en este mundo (…) Que nadie hable de una empresa baldía. No me arrepiento (…) Irlanda será libre, tan pronto como el pueblo de Irlanda crea en la necesidad de una Irlanda libre y esté dispuesto a hacer los sacrificios necesarios para conseguirla».
No se equivocó. Irlanda, aunque cercenada, consiguió desprenderse del Reino Unido seis años después, en 1922. La estación ferroviaria de Kingsbridge, en donde trabajaba Heuston, lleva su nombre desde 1966. En varios otros sitios se lo recuerda con placas y estatuas.
En sentido opuesto, ningún lugar en la república irlandesa, que sepamos, recibió a la fecha el nombre del brigadier Maconchy.

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