Trabajar menos, producir más

Por Luis Carranza Torres* y Sergio Castelli**

Como dice en sus primeras estrofas la letra de la canción Honrar la vida: “No/Permanecer y transcurrir/no es es perdurar, no es existir/¡ni honrar la vida!”. Algo parecido ocurre en el mundo del trabajo: estar en el lugar de trabajo no es producir.

Por Luis Carranza Torres (*) y Sergio Castelli (**) – Exclusivo para Comercio y Justicia

Tener mayor jornada laboral no implica mejores resultados. De hecho, las reducciones de jornada en la historia han estado casi siempre asociadas a una mayor productividad.

Recordemos si no el caso de un capitalista en serio, con mayúsculas: Henry Ford. Una frase resume su pensamiento en la materia: “Para el industrial sólo hay una regla que es la siguiente: hacer los productos de la mejor calidad posible, al menor coste posible, pagando los salarios más altos posibles”.

Ésa es la ley de oro del “fordismo”, allá por la década del 30 del siglo XX. La puso en práctica en su propia compañía, generando un gran número de automóviles de bajo costo mediante la producción en cadena, utilizando tanto maquinaria especializada como un elevado número de trabajadores con salarios altos.

Frente a tanto pseudocapitalista de cabotaje, prebendario, que abunda en nuestro tiempo, es bueno recordarlo. No carecía de fallos pero tampoco eran pocas sus virtudes. Y en materia de producción, en la historia universal a don Henry pocos pueden hacerle sombra. A él le cabe haber implementado la producción en serie, la cadena de montaje y el sistema de producción continua.

Ford la tenía clara: empleados contentos producen mejor. Y el primer mercado de sus productos eran sus propios empleados. ¿Quién más a mano para convencer de las bondades de lo que hace él mismo? ¿Qué persona podía publicitar mejor un producto ante terceros que aquel que tomaba parte de su construcción y lo empleaba él mismo?

Henry Ford no sólo fue un inventor de cosas, con más de 160 patentes en su haber. También fue un genio en el arte de combinar y hacer marchar conjuntamente sus propios intereses económicos con el bienestar de sus trabajadores. Los aguiluchos, buitres y todo otro tipo de rapaces de Wall Street le dijeron de todo por sus ideas de implantar en sus fábricas la semana laboral de 40 horas y la noción de salario mínimo. No entendían que él buscaba generarse un mercado para sí mismo, “fatto in casa”. Y redobló la apuesta cuando, hace ya un siglo, el 5 de enero de 1914, anunció su programa de producción que reducía la jornada laboral de 9 a 8 horas al día, 5 días a la semana, al tiempo que no sólo no mantuvo los salarios sino que los duplicó, pasando de 2,34 dólares al día a 5 para los trabajadores calificados.

Lo que no entendían los especuladores de acciones neoyorkinos era que con una hora menos por turno podía incluir un tercer turno al día y lograr la panacea de la producción continua. La consecuencia fueron más empleos, mejor pagos y mayores ganancias para don Henry.

A veces, por una mirada sesgada reducimos el capitalismo a su versión salvaje. La que generalmente hemos padecido. Pero hay otra. Y existe hoy en día ese tipo de “ensayos”, que apuestan a lo mejor del ser humano: estimularlo positivamente para que dé laboralmente lo mejor de sí.

Uno de ellos ocurre en la ciudad de Gotemburgo, Suecia. No caben dudas de que Suecia es un país capitalista. Pero a su modo, y sin olvidar la parte social que cualquier economía debe entender y preservar. La última de las apuestas suecas en materia de trabajo pasa por un ensayo sin precedentes que busca crear puestos de trabajo de calidad para ambas partes de la relación: redituables para el empleado y productivos para el empleador.

Pero esta experiencia la reservamos para contarla la próxima semana.

 * Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas.** Agente de la Propiedad Industrial.

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