Sarmiento: controvertido y genial agitador

Polémico, arrebatado, transformador y soberbio, el Padre del Aula no tuvo más patria que sus ideas ni otra referencia que lo bueno de sí mismo.

Por Luis R. Carranza Torres / Ilustración: Luis Yong

Polémico, controvertido, arrebatado, genial, transformador y soberbio, Domingo F. Sarmiento no tuvo más patria que sus ideas ni otra referencia de lo bueno y acertado que sí mismo.

No puede dejar de reconocérsele su esfuerzo personal, ése que le permitió, sin ningún título y con sólo los estudios primarios cursados como toda educación formal, llegar por sí mismo, de modo autodidacta, a elevadas cumbres intelectuales. Pero tampoco se puede dejar de tachar sus modos: jamás tuvo miramiento o piedad alguna con sus adversarios. Tampoco sus adversarios políticos la tuvieron con él.

En cuestiones de nacionalidad, Sarmiento siempre anduvo “flojo de papeles”. Fue chileno en Chile, argentino en Argentina y paraguayo en Paraguay. Los trasandinos -en particular- le reprocharon haber apoyado sus derechos sobre el estrecho de Magallanes cuando peleaba contra Rosas, para luego mandar la Marina nacional a correrlos de Río Gallegos, siendo presidente de la Nación Argentina.

Su obra progresista como primer magistrado se halla fuera de toda duda. Impulsó las ciencias, desarrolló la economía, activó la inmigración y extendió la educación a límites desconocidos en esta parte del mundo. Sólo en Córdoba, este frustrado postulante a ingresar en el Montserrat creó el Observatorio Astronómico y la Academia Nacional de Ciencias, y realizó la primera exposición universal, en el por entonces desolado predio donde hoy se levanta el edificio de Tribunales I.

Fumador empedernido, conoció en sus viajes por tres continentes los tabacos más diversos, que luego lo llevarían a su muerte. La habitualidad en el vicio se refleja en el “Diario de gastos” que llevaba en sus viajes, en el cual puede encontrarse referencia como la que sigue, que ilustra más que sobradamente la magnitud de la costumbre: “Habana, diciembre 7 de 1847, 10 pesos por 1000 cigarrillos”.  Las compras del artículo se repiten en casi todos los lugares que visita. Sea Túnez, Orán, Sevilla o París.

A pesar de que nunca le faltó el favor de las mujeres, tampoco encontró a una que lo “bancase” por demasiado tiempo. Acaso fue Aurelia, la hija de Vélez Sársfield, su amor más profundo y prolongado.

Distó tanto de ser un hombre perfecto como de resultar un villano. Como diría Ezequiel Martínez Estrada, Sarmiento no era un “prócer edificante o un escritor dotado sino la condensación personal de todas las facetas y contradicciones de nuestra nacionalidad”.

Llegó a los más altos cargos, desde abajo, sin más que su genio y su obcecación. El ayudante de despensa, el minero, el empleado administrativo, fueron los primeros peldaños del que luego sería el Sarmiento gobernador, embajador y presidente.

Estando en la presidencia, el 13 de diciembre de 1871 se le diagnostica sordera irreversible. Tal era la disminución de su capacidad auditiva que poco menos de un año después, en la noche del 22 de agosto de 1873, no se enteró de que sufrió un atentado mientras se dirigía en el carruaje presidencial hacia la casa de Vélez Sársfield, en busca de la hija de éste.

Su amiga estadounidense, la educadora Mary Mann, le recomendará para aliviar su creciente sordera que use un “audiophone”, la primera y primitiva forma de audífono inventada por Richard Rhodes.

Para mediados de la década de 1880 casi no oye y la combinación entre enfermedad cardiovascular desde hacía años y una insuficiencia bronquial crónica con tendencia a agravarse, convertían su estadía en el húmedo invierno de Buenos Aires en un peligro cierto de muerte.

Buscó un clima más amigable en Paraguay. Antes de partir de Buenos Aires, contemplándola desde el buque que lo alejaba de ella, no pudo sino decir: “¡Ah! ¡Si me hicieran de nuevo presidente! ¡Les daría el disgusto de vivir diez años más!”

Murió a los pocos meses por haber salido desabrigado en un día de calor que luego se pasó a frío y lluvioso.

Al día siguiente de su deceso, los diarios de Buenos Aires suspendieron sus ediciones particulares para aunarse en una sola publicación bajo el título de “La Prensa Argentina: homenaje a la memoria de Domingo Faustino Sarmiento”. Un raro ejemplo de unanimidad en el elogio, el cual jamás había tenido en vida y que poco cuadraba con las facetas polémicas de su peculiar persona.

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