Romeo y Julieta, versión libre para una mediación

Por María Eugenia Biain* - Exclusivo para Comercio y Justicia

A la primera audiencia llegó lo que podría describirse como un grupo numeroso: una pareja de menores de edad y su hijo, padre y madre de cada uno de ellos, así que contando a las mediadoras éramos nueve personas en la sala.

Y el clima estaba bastante cálido, pese a ser pleno invierno. En cuanto vimos la interacción entre las dos familias (que por el nivel de enfrentamiento que mostraban las llamaremos Montesco y Capuleto) decidimos que la única forma de trabajar (y de tratar de escuchar algo de tanta historia) era hacerlo por separado en audiencias privadas.

Recibimos entonces a Julieta (con su bebé en brazos) y a sus padres. Estos rápidamente expresaron lo que querían: que Romeo pasara la cuota alimentaria a la que estaba obligado y que visitara una vez por semana al bebé. Total, argumentaban, el bebé no se daba cuenta de nada y nunca iba a recordar esos momentos. La vehemencia con la que se expresaban escondía una historia todavía no dicha.

Con la familia de Romeo las cosas no fueron diferentes. Entraron protestando porque no les habían permitido quedarse con el bebé cuando los otros habían tenido la audiencia privada. Protestas airadas, intercambios de palabras airados. Esto pintaba bastante complicado. Lo primero que plantearon muy enojados es que no les permitían ver a su nieto. Que estaban privando a este bebé de su padre. Estaban de acuerdo en el pago de la cuota pero con la condición de que las visitas empezaran a tener lugar de manera inmediata.

En resumen: a lo largo de tres encuentros con intervalos quincenales fuimos conociendo la historia y pautando acuerdos verbales que se fueron cumpliendo. ¿Qué historia había detrás de este enfrentamiento? Tanto los Montesco como los capuleto creían que los otros eran los deshonestos. Unos eran calificados como “una familia de choros”. Y los otros como unos “vendidos” a tal político gracias al que habían conseguido un terrenito (pasando por encima de vecinos que estaban antes en la espera). Es decir, que ambas pensaban que la otra familia era de una moral poco deseable como ejemplo para ese bebé.

Hasta el momento, se habrá notado, las únicas voces que se escuchaban (y que hasta aquí se han leído) son las de los padres. ¿Y Romeo y Julieta? La mayor parte de las veces permanecían mudos. Y cuando hablaban el uno del otro no lo hacían ni remotamente con el nivel de furia con que lo hacían sus padres.

Así que la mediación transcurrió intentando calmar a ambas familias porque los jóvenes se habían puesto de acuerdo rápidamente y venían cumpliendo los pequeños acuerdos verbales de cada reunión. Nuestro objetivo siempre tuvo como centro al bebé. La relación de enfrentamiento de estas familias, que tenía una antigüedad de 20 años, daba para una mediación específica. Finalmente firmamos un acuerdo (sobre una cuota y la organización de las visitas que se iban ampliando conforme crecía el bebé) y pautamos una audiencia ocho meses más tarde para hacer un seguimiento.

Un par de días antes de esta reunión recibimos la llamada que hicieron conjuntamente Romeo y Julieta. Necesitaban de nuestra ayuda para hacerles saber a sus padres que la decisión que ambos habían tomado era la de seguir adelante con su pareja y además, casarse.

En la audiencia, y para sorpresa de los Montesco y Capuleto, no hablamos de cuota y visitas (que de hecho ya venían efectuándose con regularidad) sino de la decisión que sus hijos tenían para comentarles. No fue fácil. De la sorpresa enojada del principio, pasamos a la tolerancia cansada dos horas más tarde. El Romeo, ocho meses antes silencioso, ahora tenía un buen trabajo y además ya era mayor de edad. Y la sumisa Julieta demostró su carácter y desafió a sus padres a que le negaran el consentimiento para casarse amenazándolos con pedírselo al juez.

Una vez que los jóvenes reformularan el marco de la discusión en el seno familiar, hubo un cambio de roles. Ellos recuperaron la voz y los padres empezaron a callar un poco. Los últimos minutos transcurrieron entre bromas acerca de qué nos íbamos a poner las mediadoras para la fiesta de casamiento a la que íbamos a ser invitadas.

Como dijo el genial director de cine Orson Wells, que una historia tenga un final feliz depende de hasta dónde la cuentes.

* Abogada – Mediadora del Centro Judicial, de la Defensoría del Pueblo y de Dimarc

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