Política económica para un país industrial

Por Gastón Utrera / Economista

Existe una idea bastante generalizada de que los años 90 fueron de desindustrialización en Argentina pero que esto se revirtió de 2003 en adelante. Los datos confirman lo primero pero no lo segundo. La participación de la industria en el Producto Interno Bruto (PIB) pasó de 18,2% en 1993 a 16,1% en 2001; saltó a 20,3% en 2002, pero desde ahí fue bajando hasta llegar a 18,8% en 2010, prácticamente el mismo nivel de 1993.

En realidad, la situación es peor, ya que los datos anteriores están afectados por los cambios de precios relativos generados por la devaluación de 2002: con una devaluación, aumentan los precios de los productos transables (como los bienes industriales) por sobre el promedio de la economía (muy influido por no transables como comercio y servicios), aumentando entonces artificialmente la participación de la industria. Eliminando este efecto, las cifras muestran una industrialización más pobre todavía: pasó de 18,2% en 1993 a 15,4% en 2001, y de ahí a 16% en 2010, apenas por encima de 2001 y dos puntos porcentuales por debajo de 1993. Es difícil ver en estos números un proceso de industrialización.

Pero el pasado reciente no nos condena. Argentina tiene un potencial de industrialización enorme. Tenemos ramas industriales con historia, como la metalmecánica, y otras con una creciente demanda mundial, como la industria agroalimentaria. Y tenemos industriales de primerísimo nivel. Y todo esto es particularmente cierto en Córdoba. Pero para aprovechar este potencial, tenemos que dar con las políticas industriales apropiadas. El problema es que todavía no hemos logrado acuerdos sobre cómo deberían ser esas políticas.

Los economistas no hemos contribuido demasiado, ya que históricamente hemos discutido dos posturas extremas: políticas industriales proteccionistas versus liberalismo a ultranza o, su sinónimo, la ausencia de política industrial. Afortunadamente, hay economistas que han comenzado a realizar aportes relevantes. Mis preferidos son Dani Rodrik y Ricardo Hausmann, quienes vienen desarrollando un moderno enfoque para las políticas industriales. Podemos colocar en pocas líneas sus argumentos del siguiente modo: (1) las economías más desarrolladas producen bienes de mayor valor agregado (“las economías son lo que producen”); (2) sin embargo, el desarrollo económico no es automático, ya que los mercados de bienes de alto valor agregado no siempre se generan espontáneamente;  (3) esto es consecuencia de que existen fallos de mercado o círculos viciosos que la acción individual no puede romper, como la inexistencia de proveedores y mano de obra especializados por ausencia de empresas que los demanden,   y la inexistencia de empresas que los demanden por la ausencia de esos proveedores y esa mano de obra; (4) estos círculos viciosos sí pueden ser rotos por la acción colectiva.

Esto es verdaderamente un cambio de paradigma. Ya no se trata de proteger a sectores poco competitivos, dañando la competitividad de la economía, ni de dejar todo librado al libre funcionamiento del mercado, perdiendo la oportunidad de desarrollo de mercados de alto valor agregado. Se trata de liberar los obstáculos para que la producción competitiva de bienes de alto valor agregado florezca en la economía, generando crecimiento, riqueza y empleo. Y esto no requiere políticas económicas “desde el despacho” sino un trabajo conjunto entre el sector público y el sector privado. Y ya no todo se juega a nivel nacional sino que hay lugar para las políticas provinciales e incluso locales.

En medio de las celebraciones por el Día de la Industria, comencemos a pensar en modernos enfoques para la política industrial, de tal modo que generemos más motivos para festejar.

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