Nuestros humildes y nobles orígenes

Por Luis R. Carranza Torres / Ilustración: Luis Yong

Conviene recordar los orígenes para no extraviar el camino, para no perderse entre los fuegos fatuos y para no desesperar en los momentos difíciles. Supimos conocer la grandeza, cuando éramos honrosamente chicos, y fuimos después sumamente pequeños cuando nos creímos grandes.

Nacimos a la vida independiente, como país, en el peor de los momentos posibles. La revolución surgida de los idus de mayo de 1810 parecía no andar mucho más para atrás que para adelante. El Ejército del Norte había sido derrotado en el Alto Perú, el Ejército de los Andes no terminaba de formarse en Mendoza. Entre las provincias y Buenos Aires la distancia en las ideas era cada vez mayor.

Los españoles amenazaban por el norte y el oeste, y los portugueses por el litoral y la banda oriental. Artigas había roto lanzas con las autoridades porteñas y sublevaba no sólo el litoral: hasta Córdoba se sentían los efectos de su prédica.

Fernando VII había vuelto al trono en España, con lo que ya nada podía ser disimulado. Napoleón había caído y las potencias europeas en masa apoyaban a los reyes absolutos, Fernando incluido.
Como de  costumbre, los erarios eran más que escasos, inexistentes, y el Estado se mantenía a costa de impuestos extraordinarios que, aun así, apenas alcanzaban para cubrir los siderales costos de una guerra de seis años.

Ninguna otra parte de la América española había podido mantener triunfante sus gobiernos propios. La única luz de libertad éramos nosotros, pero con una llama mínima, sometida de continuo a fuertes vientos que amenazaban con extinguirla.

No faltaban las voces que decían, incluso de buena fe, que era mejor archivar todo este trámite y negociar la vuelta al redil real de los borbones españoles. O aceptar un protectorado de una tercera potencia, Inglaterra por caso.

Por suerte, el patriotismo seguía fuerte en muchos y se logra acordar la convocatoria a un congreso de diputados de las distintas partes del ex virreinato para tratar qué debía hacerse con la revolución y sus problemas.

Se reúnen en Tucumán, a mitad de camino de todos los sitios, por aquella época. Lo hacen en una casa de familia, pedida para la ocasión, la de Pedro Antonio de Zavalía, que le fuera entregada en dote al casarse con su esposa, doña Gertrudis Laguna y Bazán. Ya una parte de ella se encontraba alquilada para la Caja General y Aduana, por 25 pesos mensuales, así que se solicitó el resto para acomodar el Congreso de 33 diputados, en una sala de 15,40 por 5,40 metros, debiendo demoler una pared para conseguirse tales dimensiones.

Era una casa de estilo colonial típico que, salvo por unas molduras de columnas salomónicas, a ambos costados de la puerta principal, en nada difería del resto. Y por esas ironías de la historia, estaba situada en la arteria denominada “Calle del rey”.

La mesa para la presidencia fue facilitada por la familia Aráoz y hubo que pedir prestadas sillas a varias familias porque con las del Estado no alcanzaba. Y como toda luz, una araña de 8 velas pendía del techo.

Allí, bajo la presidencia del sanjuanino Francisco Laprida y en sesión secreta, el congreso escuchó los resultados de la misión de Belgrano y Rivadavia a Europa. Ninguna de las noticias era buena.

Importábamos menos que un rábano y ninguna ayuda podía esperarse de aquellos reinos. Aun así la idea de independencia se afirma y se logra el consenso para proclamarla por unanimidad, en ese ámbito tan modesto como sencillo, y en contra de todo pronóstico favorable.

Sabían muy bien esos 29 diputados (otros 4 estaban fuera de Tucumán con delicadas misiones de Estado) que, al firmar tal acta, ponían en juego su honor, bienes y hasta la vida misma. De salir mal las cosas, haber signado la declaración independentista implicaba una muerte segura por traición al rey.
Tal declaración no sólo se hizo en idioma castellano sino que también en quechua, redactada por el congresal José María Medrano. Posteriormente sería traducida al aymara.

No fue la proclamación de la independencia un acto suicida ni irracional, tampoco una “compadreada” -como dice Félix Luna-. Era lo necesario en esa hora para reafirmar el compromiso ante las dificultades, sobre todo ante quienes dudaban desde dentro. Una vez que no es posible volver atrás, sólo queda ir hacia adelante. Fue una jugada de riesgo, pero que contaba con que las fuerzas militares que organizaba San Martín en El Plumerillo, más la reorganización del Ejército del Norte, volcaran la balanza a su favor.

Los hechos de la historia posterior, inapelables al presente, les terminaron dando la razón a esos 29 patriotas, representantes de muchos otros. Especialmente de aquellos argentinos por venir.

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