No todo es dinero (o el precio que les pongo a mis sentimientos)

El coronel Horacio Velázquez estaba “prolijamente” detenido en una conocida esquina sobre La Cañada, en la ciudad de Córdoba, esperando respetuosamente a que el semáforo le diera paso, cuando su automóvil fue embestido, por detrás, por una camioneta sucia y en bastante mal estado (a su criterio). Al volante estaba Pedro Pérez, de profesión taxista, pero que en ese momento se encontraba a bordo de su camioneta trasladando un ropero de su suegra. Ambos descendieron de sus vehículos preocupados, vieron que el daño no era mayor y Horacio tenía sólo un pequeño corte insignificante, de modo que acordaron “arreglar” las cosas amigablemente: que el coronel no haría “nada” y que Pedro se ocuparía de las gestiones ante la aseguradora para que le pagaran. Todo parecía el principio de un final feliz. Por Nora Carranza *

Cuando llegan a mediación el coronel había demandado a Pedro por la suma de pesos cuarenta mil ($40.000) “incluido el daño moral”. Ambos entran muy enojados y acusándose recíprocamente de estar en juicio por culpa del otro. Horacio viene acompañado de su letrada, la Dra. Josefina del Campo, y Pedro, por el Dr. Pablo Waldo, abogado de la compañía de seguros (“la mal pagadora”). Ninguno de los dos letrados mostraba mayor entusiasmo por estar en mediación y mucho menos interés por el juicio en sí, así que estuvieron fascinados de dejar la mediación en nuestras manos y que intentáramos nosotras “calmar a las fieras”. Cuando conseguimos que las partes entendieran que trataríamos de ayudarlos si podían esperar en silencio su turno para hablar, pedimos que nos contarán su versión del problema, que básicamente coincidía con la relatada precedentemente: un choque sin mayor importancia y un acuerdo verbal de arreglar el asunto amigablemente.

Para ambos “el problema fue la conducta agraviante del otro después de ese compromiso”. Pedro relata que luego haber prometido no “hacer nada”, el coronel fue a accidentología para que revisaran su automóvil y por esa razón lo citaron a él a llevar el suyo. A su vez, Horacio relata que demandó a Pedro porque lo ofendió diciéndole que “no tenía palabra”. Que por eso para él es más importante el daño moral que la reparación de su auto. Que él no pensaba demandar, pero que nunca le prometió a Pedro “violar la ley” y que él entendía que, aunque no fuera a hacer juicio, debía cumplir con una obligación legal de llevar su automóvil a accidentología luego del choque. Que una cosa es no hacer juicio y otra muy distinta es “violar la ley”.

El desafío más difícil fue conseguir que Pedro entendiera -en una reunión privada- la postura del coronel, y sobre todo porqué era tan ofensivo para su honor que le dijeran que no tiene palabra. Pareciera que para un taxista que está todo el día el calle, expresarle a otro que no tiene palabra no entra en absoluto en la categoría de agravio. “Si yo no lo insulté -comentaba- me dio bronca que no cumpliera lo que prometió”. Finalmente, comprendió y decidió pedirle disculpas a Horacio y explicarle los motivos por los cuales, desde su punto de vista, había creído que no iba a cumplir.

Fue una sesión de lo más pintoresca, era como estar en presencia de dos mundos diferentes encontrándose y una podía advertir cómo iba cambiando la postura corporal de ambos a medida que se iban dando explicaciones (hasta me pareció ver una amigable sonrisa dibujada en la boca del coronel). Finalmente, este último dijo, ante la mirada atónita de su abogada la Dra. del Campo (a la que no consultó en absoluto para decidir), que se conformaba con pesos dos mil ($2.000) total ya había pagado el arreglo. La compañía de seguros no aceptó pagar argumentando que el costo del daño emergente no alcanzaba a ese importe, según explicó el Dr. Pablo Waldo. De ese modo tuvimos que dar por finalizada la mediación sin acuerdo.

Al retirarme del Centro Judicial de Mediación me crucé con Horacio y a Pedro charlando amigablemente en la vereda y pude escuchar cómo ambos lamentaban no haber podido terminar con esta cuestión por “culpa” de la compañía de seguros que no quiso pagar. Me fui pensando que era una de las mejores mediaciones en las que me tocó participar porque tuvimos la oportunidad de trabajar personalmente con las partes (no siempre es posible en las mediaciones judiciales por daños y perjuicios), quienes a su vez lograron algo que un juicio nunca les hubiera dado, ya que pudieron escucharse, entenderse, encontrarse, disculparse y sanar sus sentimientos. El dinero es lo de menos, ya el juez dirá cuánto cuesta el choque, pero el precio de la ofensa al honor ya esta saldado.

 * Abogada, mediadora

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