Muertes evitables

Por Luis Carranza Torres* y
Carlos Krauth**
Exclusivo para Comercio y Justicia

Cada 10 de junio se celebra en nuestro país el día de la seguridad vial, en recuerdo de la jornada homónima en la cual, en 1945, se impuso a nivel nacional el cambio de mano en la conducción, invirtiéndose el sentido de circulación del tránsito. Este cambio significó dejar de lado el sistema británico, con su conducción por la izquierda-, para pasar al actual a la derecha. Así quedaban atrás los días de «manejar a la inglesa», algo que 76 años después solo se mantiene en las islas Malvinas.

Pese a la importancia que tiene tal conmemoración pasó bastante desapercibida. En la presente situación podría ser explicable por la situación de pandemia, pero eso no explica la indiferencia de años anteriores respecto de uno de los problemas principales de la vida en sociedad que tenemos los argentinos.

El número de accidentes viales y víctimas fatales es más que preocupante, desde hace tiempo. En nuestro país los accidentes de tránsito constituyen la tercera causa de muerte en general y la primera entre los menores de 35 años. Según un informe publicado por la Asociación Luchemos por la Vida, en el decenio 2010/2019 la cantidad de muertes no bajó de las 6627 anuales (en 2019) con un pico de 7896 (2013). Se trata, año a año, de seis a ocho veces la cifra de caídos argentinos en la Guerra de las Malvinas.

Pese a semejantes números, las políticas públicas destinadas a prevenir los son escasas y deficientes. Se trata de un campo más, de indudable necesidad del actuar estatal, en que este mismo brilla por su ausencia, pese a ser el tema de seguridad es una de sus funciones primordiales.

Prueba de ello la encontramos en otro informe originado en la misma organización que indica que el porcentaje de disminución de muertos en nuestro país de 1990 al 2018 ha sido de 0%, mientras que en otros países donde el flagelo era peor, han experimentado una baja considerable (España un 80%, Canadá un 54%, Holanda un 57%, entre otros).

Aun con el encierro pandémico más largo del mundo, prácticamente durante dos tercios del año 2020, las muertes fueron de 4986. Algunos presentan esto como una disminución en tanto otros, más razonables, implican que el número es comparativamente incluso peor que cualquier otro año. Como fuera, no resulta fruto de ninguna política de seguridad vial.

Entendemos que para que estas cifras disminuyan y los accidentes de tránsito sean una excepción y no algo común, es necesario un cambio sustancial en la conducta de los ciudadanos. Tanto conductores como peatones, -incluyendo a ciclistas, patinadores etc.- deben modificar sus hábitos y costumbres a la hora de circular por las calles, y para ello es indispensable la educación vial.

Precisamente notamos una ausencia alarmante de campañas públicas destinadas a ello. Sí se aprecia, casi en solitario, el denuedo de una gran cantidad de ONGs que se preocupan por difundir y educar en el tema. Pero su esfuerzo solo no alcanza ya que es el Estado quien tiene que ponerse a la cabeza del mismo a través de políticas viales serias que incluyan, de modo fundamental, la educación en el tema. Para ello es necesario no solo difundir alguna campaña de publicidad de tanto en tanto, sino que debe hacerse foco en la currícula escolar de forma transversal.

Recordamos que, en otras épocas no tan pasadas, se enseñaba a los estudiantes, no solo las reglas de tránsito sino también, algo fundamental, a respetarlas, cosa que actualmente no vemos que suceda, al menos con la misma intensidad. Justamente hace unos días nos contaba un colega que vive frente a un colegio, que semanas atrás se encontró con que uno de los docentes de la escuela detenía el tránsito a mitad de calle para que cruce un grupo de alumnos. Ante ello, nuestro interlocutor le dijo, porque no hacía que crucen por la esquina, como corresponde, a lo que el educador le respondió: “es que no me hacen caso”.

En el fondo, todos los problemas ocurren en nuestro país son por un problema de educación. Y toda solución resulta estéril, salvo contadas excepciones, por la falta de un ejercicio efectivo y razonable de la autoridad.

Estamos convencidos de que no es solo aumentando las penas a los infractores (esta parece ser la invariable gran solución que se encuentra luego de que un hecho que sacude a la opinión pública), el único camino efectivo y sustentable para disminuir los accidentes y las muertes pasa por formar conciencia y conocimiento en la materia desde temprana edad, con el objetivo de generar valores de respeto, resguardo y prudencia en materia vial. Pues como dice el eslogan si bien “aprender y aplicar las normas de tránsito es responsabilidad de todos”, pero enseñarlas es deber de nuestras autoridades.

(*) Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas.

(**) Abogado. Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.

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