Mondolfo y gli ebrei d’Italia en Córdoba

Por Adolfo Kuznitzky (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

Hablar de Rodolfo Mondolfo, el filósofo italiano cuyo nombre lleva una de las salas de la biblioteca de la emblemática Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires, es hablar sobre el drama que vivieron gli ebrei d´Italia, que es como se conoce a los judíos de ese origen.

Ellos pasaron de ser los más integrados del mundo -al punto de que con orgullo se consideraban, en primer lugar, italianos, y luego de religión hebrea- a sufrir la persecución racial que los incapacitó, entre otras funciones, para ejercer las cátedras universitarias.

Esa asimilación hizo que las ocuparan en una proporción de 8% del total, mientras que representaban 0,l0% de la población y también que abrazaran la carrera militar para llegar a ser generales y almirantes. El mismo régimen fascista que los discriminó contó en su etapa fundacional con muchos de esos hebreos, y los afiliados de ese origen superaban -en proporción a la cantidad de habitantes- a los católicos.

Ese nivel de integración excepcional llamó la atención mundial, dado el feroz antisemitismo que padecía Europa a comienzos del siglo XIX y que era considerado políticamente correcto, tanto en su práctica como su ideología. Algunos intelectuales se interesaron por encontrar una explicación a ese fenómeno social. Gramsci, entre ellos, lo fundamentó en el hecho histórico del Risorgimento, que llevó a la unificación de la nación itálica, al que adjudica una feliz coincidencia con la emancipación de los hebreos de Italia, y por ello la conciencia nacional en Italia se habría constituido, paralelamente, entre hebreos y los que no lo eran.

De esos intelectuales y docentes universitarios un calificado grupo buscó exilio en Argentina, y cuatro de ellos enseñaron en la Universidad de Córdoba: Rodolfo Mondolfo, el jurista Marcelo Finzi -quien integró su prestigiosa Escuela Penal y a quien se le había vedado el ingreso a nuestro país por su origen, debiendo intervenir en su momento Sebastián Soler y Amadeo Sabattini-, y Giovani Turín, que dictó Filosofía e Historia. También integró ese grupo Gino Arias, uno de los intelectuales más sólidos del fascismo como teórico del corporativismo, que además se había convertido al catolicismo al punto de que en tal carácter participó de actividades organizadas por los sectores católicos más tradicionales.

En Buenos Aires disertó en unos cursos junto a importantes figuras de ese pensamiento, como Mario Amadeo, quien fue canciller de Eduardo Lonardi y perteneciente a la derecha nacionalista católica. Ejerció su cátedra en la Facultad de Ciencias Económicas de Córdoba. Su drama fue aún mayor dada su conversión religiosa y su ferviente adhesión al fascismo, que no le sirvieron para eludir la discriminación racial lo que, con el tiempo, lo llevó, ya en Argentina, a la depresión y al suicidio.

Mondolfo, a quien la Universidad de Bologna le tuvo como profesor por 25 años hasta que se radicó en Córdoba en 1939 y se incorporó a su universidad, enseñó “Lengua griega” y dirigió un Seminario de Filosofía Antigua, logrando que el antiguo Instituto de Filosofía se trasformara en la Facultad de Filosofía y Humanidades, lo que fue reconocido por conseguir que fuera carrera de grado. Esa casa de estudios le otorgó el título de Profesor Honorario, en 1962. Se dijo entonces: “Mondolfo era, hasta ese momento, la más completa personalidad filosófica que en los años del siglo había asumido entre nosotros el ejercicio regular de la docencia.”.

Su estancia en Córdoba finalizó en el año 1948, cuando renunció a su cátedra en solidaridad con los profesores exonerados por razones políticas y se trasladó a enseñar a la Universidad de Tucumán, invitado por el profesor Risieri Frondizi, director del Departamento de Filosofía.
Su vasta obra comprende 350 y abarca temas que van desde el pensamiento griego y la filosofía moderna hasta el análisis de los teóricos del materialismo histórico: Marx y Hegel.

Durante su permanencia en Córdoba -residía en la avenida General Paz 332, primer piso- escribe Infinitud del Espíritu y otros artículos que se publicaron en la Revista de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), en la del Instituto de Humanidades y en el Boletín de la Academia Nacional de Ciencias.

Hernández Arregui en esa casa de estudios tomó contacto con Mondolfo, a quien calificó como un hombre talentoso que ganó su admiración y para quien siempre guardará un afectuoso recuerdo. Los unió, también, el común interés por la cultura griega y el marxismo, que el filósofo defendió desde una perspectiva reformista. Consideraba a Marx un verdadero humanista, habida cuenta de que pone en el centro de toda consideración y discusión el concepto del hombre y a éste en la historia, y a ésta como producida por el hombre. Concibió el marxismo como no determinista, por lo que le asignó importancia a la voluntad, que si bien está condicionada por la naturaleza y la historia es, a su vez, condicionante, o sea el efecto se convierte en causa, y por eso aquella crítica de que los filósofos se limitan a interpretar el mundo, cuando se trata de cambiarlo.

Su obra -como no podía ser de otra manera- fue estudiada a modo de homenaje en seminarios organizados por el Instituto Italiano de Cultura de Córdoba y las respectivas publicaciones reseñan su postura en relación con su humanismo historicista. Una de ellas se registra en la revista Azurra, del Instituto, en el año 2000. En el 2006 se realizó otro coloquio con la misma finalidad, organizados por esa entidad y las universidades nacionales de Córdoba y de Tucumán, y la publicación fue titulada Entre la Antigüedad Clásica y la Modernidad Europea, presentada por su director, doctor Luiggi Volta, como “dedicado a la figura del gran filósofo italiano”, al que consideró el punto de conexión ideal entre los dos mundos.

(*) Abogado. Ex magistrado judicial. Premio Moisés 2011 por la Sociedad Hebraica Argentina.

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