Miguel Ángel Asturias, gloria al Gran Quetzal

Los gobiernos autoritarios, en su pretensión de imponer sus modelos ideológicos, caen, con extrema frecuencia, en absurdos antológicos. Les importa tan sólo generar una corriente de opinión favorable que no admite la posibilidad de disentir.

Razón por la cual organizan verdaderos ejércitos de fanáticos que se transforman en soplones y alcahuetes, mientras procuran controlar la vida y el pensamiento de quienes intentan ejercer el derecho de criticar, habida cuenta de que la realidad suele ser un poco más compleja que la descripta en los manuales de militancia.

Esa minusvalía no es patrimonio exclusivo de ninguna ideología en particular. Hay gobiernos autoritarios de todos los pelajes. Algunos más sobrios que otros. Pero todos, a su modo, limitan la libertad y con mano de hierro se esfuerzan por modificar el pasado para acomodarlo a su placer. Tarea en la que han fracasado todos los dioses que el hombre se ha dado a lo largo de su historia.

El hecho más patético -más allá de los acontecimientos domésticos que tienen su carga de desdicha y desventura- ocurrió en Guatemala. Un periodista, sorprendido por el silencio oficial, se comunicó -este fin de semana- con un burócrata del Ministerio de Cultura para averiguar qué actividades tenía previsto el gobierno para conmemorar el 40º aniversario de la muerte de Miguel Ángel Asturias.

El diálogo tuvo aristas desopilantes. ¿Quién carajo es Asturias?, habría respondido el funcionario, un poco amoscado. Al explicársele que se trataba del novelista guatemalteco más importante de la historia y Premio Nobel de Literatura (1967), recién cayó en la cuenta de quién se hablaba. El “buen salvaje” quedó desnudo. Su ignorancia supina marca el carácter de estos dictadorzuelos de pizza y fainá. Quisimos encontrar una explicación. Asturias era su enemigo. Pretendía cobrarle su atrevimiento al participar, en la vanguardia, durante el proceso de liberación de su pueblo, que soportaba las cruentas dictaduras militares que asolaron su país en la década de 1940. Mucho mayor era ese odio porque las “inmortalizó” en sus extraordinarias novelas.

Pero aquí estamos, como muchos, a lo largo y ancho del continente, asumiendo, con profundo respeto, la representación de su voz. Fue el primero en enseñarnos el camino hacia nuestra identidad continental: “La literatura latinoamericana, especialmente la novela -explicaba-, tiene un carácter puramente de testimonio, de lucha, de combate. Es una literatura que se está haciendo junto a los hombres, dentro de los hombres; que se hace en las calles, en los campos petroleros, en las minas, en los campos de bananos. Es una literatura que responde a la vida misma (…) Este fenómeno se debe principalmente a que en nuestras novelas va el hombre unido a nuestra naturaleza, a la gran naturaleza americana, que es algo deslumbrador”.

Ése es el Asturias que queremos perpetuar. Uno de los escritores más lúcidos de este continente mestizo que transita la Historia en medio de profundas contradicciones. Estamos convencidos de que junto al novelista mexicano Agustín Yañes, a Juan Carlos Onetti, a Jorge Luis Borges y a Juan Rulfo, entre muchos otros, sentó las bases para el gran desarrollo de la narrativa latinoamericana.

Quizás es necesario, para mejor explicar lo que sentimos, elegir, de entre su prolífera tarea, una obra que destaque su carácter y fundamento. En El Señor Presidente está la voz del pueblo guatemalteco, librando fieros combates contra las brutales tiranías, en especial las de Manuel Estrada Carrera y Jorge Ubico Castañeda, que habían instalado un mundo de terror, cuyas heridas aún laceran. Está en juego un problema identitario. Las figuras del dictador y de los indígenas representan la lucha, la pugna entre dos culturas que se tropezaron a partir del descubrimiento europeo de América, en 1492.

Decíamos que es la voz que descorre la Cortina de Banano para que nos preguntemos, con Vicente Sáenz, “¿Qué ha hecho Guatemala para que se lancen sobre su territorio pilotos y mercenarios extranjeros con tanques, con bombas y aviones del Pentágono, con su quisling escogido en Washington y el respaldo criminal de viejos vendepatrias centroamericanos?”. La respuesta la tiene el Miguel Ángel Asturias de la Trilogía Bananera integrada por Viento Fuerte (1949), El Papa Verde (1950) y Los ojos de los enterrados (1960). En ella se ponen de manifiesto los abusos que trajo consigo la implantación de la Tropical Bananera SA, bajo el poder avasallador de su máximo dirigente, el Papa Verde, “que expulsa a los indígenas de sus territorios para ampliar las zonas de cultivo, aunque con el coste de varias vidas, una huelga general obliga a la compañía a replegarse.”

Estamos concluyendo nuestro homenaje. Debemos apretar las ideas ya que el espacio es mezquino. Avanzamos a las zancadas. Nos espera a la vuelta de la esquina Week End en Guatemala, la vigorosa novela en la cual Asturias denuncia el intervencionismo yanqui en su país y la caída del presidente Jacobo Arbens, a quien los invasores llaman dictador. Es que, en gesto soberano, se había atrevido a confiscar los libros contables de la United Fruit para evitar la evasión impositiva. Hecho que le permitió emprender el camino hacia una tibia reforma agraria, en un país donde 12% de los propietarios de la tierra poseían 87% de ella. La noticia le agrió el carácter al presidente norteamericano Dwigth Eisenhower quien, personalmente, dio la orden de acabar con el gobierno de Arbens. Algunos dicen que estuvo en el campo ordenando la muerte del Quetzal.

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