Los tambores, de duelo

“Bam Bam” Miranda falleció mientras actuaba en el marco del 190º aniversario de la independencia de Perú. Por Aracely Maldonado / amaldonado@comercioyjusticia.info

Francisco Antonio de Zela da el primer grito libertario en Tacna el 20 de junio de 1811, en un intento por lograr la independencia de su país. Lo apoyan mestizos, criollos e indígenas, incluido el cacique de esa localidad, Toribio Ara. Todos están en estrecha vinculación con el ejército sanmartiniano.

Cinco días más tarde llega la noticia: los patriotas argentinos han sido derrotados en la batalla de Guaqui. La situación es de gran confusión y los realistas, ni lerdos ni perezosos, aprovechan el infortunio de sus adversarios para ganar terreno. Entonces cae preso Zela, quien es condenado a cadena perpetua en la cárcel de Chagres, Panamá. Muere en una de las mazmorras de esa prisión, a los 50 años de edad, solo y abandonado, el sábado 28 de julio de 1821. Nunca se enteró de que ese mismo día, el general José de San Martín estaba proclamando en la Plaza Mayor de Lima, ante 16.000 personas, la independencia de Perú.

El 190º aniversario de este acontecimiento es lo que está celebrando el jueves 28 de julio de 2011 la comunidad peruana que vive en nuestra ciudad, en el distinguido y rebosante Teatro del Libertador.

El cónsul Jorge Benavides De La Sotta abre la gala y halaga la gestión de Ollanta Humala, para resaltar el nombramiento al frente del Ministerio de Cultura de la cantante Susana Baca, de 67 años, ganadora de un Latin Grammy en 2002 por el álbum «Lamento Negro», un disco grabado en Cuba en 1986 en el cual musicalizó algunos poemas de Pablo Neruda, César Vallejo y Mario Benedetti.

La república hermana, que el 11 de junio de 1956 vio nacer, en Lima, a Miguel Antonio Miranda, atraviesa uno de sus mejores momentos. Quizás por esa razón, el percusionista que lidera hace más de 20 años el proyecto de música afroperuana “Guarango” (incluso desde antes de que Alejandro Lerner lo convocara para tocar en su banda) está exultante. Traje de raso blanco, camisa negra, las manos siempre sobre el cajón, está brindando una presentación impecable. En el escenario hay una decena de músicos, un piano de cola, varios vientos, la voz excepcional de la cantante del grupo que agrega energía a ese espectáculo que disfrutan cordobeses y peruanos por igual.

La actuación es una verdadera fiesta. Nada anticipa el desgraciado final del percusionista que le puso swing a la orquesta de Carlitos “La Mona” Jiménez, en la que empezó a tocar un 25 de marzo de 1992: “La de ustedes es una música que gira como una pelota, y la música con swing debe girar como un huevo”, supo graficar este músico, quien en la planta alta de su casa tenía una pyme, un taller con instrumentos tallados con las letras BBP (Bam Bam Percusión), en donde además enseñaba el oficio.

Hijo de una familia de clase media acomodada del barrio Miraflores, cuando su padre lo puso en la disyuntiva de estudiar o trabajar -al terminar los estudios secundarios- decidió enfilar hacia la selva junto a un amigo que había armado una empresa de extracción forestal. Así se estableció junto a la tribu de los indios Ashalinga, adonde confiesa tener un hijo llamado Sharawtonky.

De la Amazonia peruana pasó a la escena musical limeña para tocar con Chabuca Granda; luego se fue a Nueva York a interpretar jazz latino hasta que Lerner “lo rescata” en 1985 y lo trae para Argentina. Siempre contaba que el primer evento social al que asistió en Buenos Aires fue en El Viejo Almacén, junto a Edmundo Rivero y Virulazo, fundadores de la Academia Argentina del Lunfardo. El segundo fue el cumpleaños de Miguel Abuelo.

Atrás habían quedado sus giras por Cuba, Colombia, Venezuela, Brasil, EEUU y Egipto -entre otros países-, acompañando a figuras como Tania Libertad, Djavan, César Camargo Mariano, Machito and his Salsa Big Band, Michel Petrucciani, Charles Lloyd y Richie Cole. En Argentina tocó con Mercedes Sosa, Liliana Vitale, Teresa Parodi, Divididos, Intoxicados, Bersuit, Los Nocheros… la lista es larga y abarca todos los ritmos.

Los primeros pasos en la percusión los había dado con uno de los grandes de la época, el cubano Guillermo Nicasio Regueira, conocido como el “Niño”, uno de los creadores del mambo.

Contaba que hizo dinero pero que se lo gastó, tratando de vivir dignamente de su trabajo. Había anunciado que haría conocer a los cordobeses el tondero, género del pueblo de Zaña, en el departamento Lambayeque, el que un día le cantó un anciano de 102 años llamado Amancio Franco, y que nunca olvidó.

Bam Bam habla y golpea el cajón. Bromea, presenta a sus músicos, y golpea el cajón. Sonríe, está contento, entre su gente, y continúa golpeando el cajón. En ningún momento deja de hacerlo, hasta que de repente se tumba sobre sí mismo, tira al piso los micrófonos que tiene adelante y su cuerpo se desploma también. Silencio. Nadie reacciona. La caída es sorpresiva, inesperada, imprevista. Y dramática a medida que pasan los segundos.

Por fin, alguien pide luz en el escenario. Otro solicita que se cierre el telón. Los más perspicaces demandan un médico. El personal del teatro llama al servicio de emergencia. El cónsul anuncia que se suspende la función.

Al mediodía del viernes 29 de julio de 2011, el doctor Carlos Simons, director del Hospital Córdoba, anuncia el deceso de Bam Bam Miranda por causa de una “hemorragia cerebral masiva” y “sin posibilidad de recuperación”. De inmediato sus colegas se autoconvocan frente al Teatro del Libertador para rendir homenaje al músico en rueda de tambores. El velorio es en 990 Arte Club, en boulevard Los Andes, muy cerca de su casa de barrio Cofico, un recinto legendario y testigo de la efervescencia creativa de la ciudad por estos años.

Como pretendía Raúl González Tuñón, a Bam Bam lo seguiremos queriendo “con toda la ternura de la lluvia, con toda la furia de la lluvia, con todos los tambores de la lluvia”… porque Córdoba está tocada de su destino.

Artículos destacados