Los hermanos sean unidos

Los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera, en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera. Cuando José Hernández puso estos versos en palabras de su Martín Fierro, allá por 1872, no imaginó la universalidad de éstos. Y eso es lo que distingue a un escritor: su capacidad para transformar lo singular en plural; hablaba de un gaucho y de su circunstancia y sin embargo, hoy, ciento cuarenta años después, esto es aplicable al ahora y al nosotros. Por Elba Fernández Grillo *

Aquel fue un día raro; el legajo de mediación que tenia en mis manos era diferente de los habituales, venía derivado de un tribunal de Violencia Familiar, con descripciones psicológicas de las partes intervinientes. Inmediatamente hice algunas consultas y acordamos con las autoridades del Centro de Mediación que recibiríamos a las partes y veríamos de qué se trataba. La carátula decía “Juan López c/ Miguel López” y dentro del legajo figuraban otros involucrados también López: dedujimos que se trataba de una misma familia.
Los integrantes del primer grupo que recibimos en el hall nos informaron que sólo aceptarían la mediación si se trabajaba en audiencias privadas, es decir cada parte ingresaría con su abogado sin la presencia del otro. Así desarrollamos la primera y las siguientes audiencias. El conflicto era una serie de denuncias entre dos hermanos que vivían en la misma cuadra de su barrio.

Ambos manifestaban que el otro le tiraba basura en la puerta de su casa, molestaba a sus perros, espiaba a su familia, insultaba por teléfono, le pinchaba las gomas de su vehículo, dejaba mensajes intimidatorios debajo de su puerta, etcétera. Y también aclaraban que las más perjudicadas en la situación eran sus esposas, ya que ellas eran el centro de esta violencia. El discurso sonaba muy parecido, casi igual, sólo que una vez era descripto por Juan y luego por Miguel. Contaban que sus padres vivían y que también estaban distanciados de ellos. Sus abogados reforzaban los dichos de sus clientes. Esta primera audiencia nos llevó casi tres horas, en las cuales hicimos innumerables preguntas hasta que surgió una obvia: ¿por qué -si es tan mala la convivencia como vecinos- alguno de ustedes dos no se muda? Debo reconocer que si no estaba la mesa de mediación de por medio, mi compañera y yo hubiésemos ligado un sopapo: sugerirles dejar sus viviendas y mudarse constituyó para ellos una ofensa.

Resulta que la casa que ocupaba cada uno había sido cedida por sus padres al casarse, para que ahorraran en alquiler y así pudieran progresar. Ellos querían que sus padres se las pusieran a su nombre. Por eso, en una segunda audiencia citamos a los padres de Juan y Miguel López, planteándonos como hipótesis de trabajo analizar qué factibilidad había de hacer un adelanto de herencia de estas propiedades, ya que jamás habían obtenido renta alguna y porque también poseían otras que les garantizaban un muy buen ingreso y no afectaría el nivel de vida que ellos tenían. Nuevamente a mi compañera y a mi nos salvó la mesa: aquellos ancianos, de apariencia desvalida, a los que tuvimos que ayudar a llegar desde el ascensor a la sala de mediación, se enfurecieron de tal manera y nos agredieron verbalmente con tal intensidad, que debimos apelar a nuestras mejores intervenciones para poder continuar con la audiencia y trabajar a fin de restablecer la empatía con ellos.

En la tercera audiencia, sólo con los abogados de parte, logramos formar un equipo y evaluamos diferentes propuestas que permitieran salir de este estado de confrontación para arribar a uno de negociación. Trabajamos la posibilidad de que uno de los hermanos se mudara, ya que ambos hijos y los padres vivían todos en la misma manzana del mismo barrio, lo que incrementaba la conflictividad. Al trasladarles estas propuestas, éstas fueron aceptadas a medias, introduciendo modificaciones, rechazadas por el otro. A su vez, el abogado de los padres se encargaría de comunicárselas confiando en que aceptarían pues, según él, sus clientes estaban ansiosos de aportar paz en la relación entre sus hijos.

Nada de esto sucedió, el abogado asistió a la última audiencia afirmando que no representaba más a los padres López porque no aceptaban ninguna propuesta. Los dos hermanos se enfurecieron, en reuniones privadas continuaron sosteniendo que la causa de sus males estaba en los padres y el otro hermano y volvieron a plantear que realizarían todo tipo de acciones a fin de demandarlos. Los mediadores sostenemos que para que algo cambie es necesario contar con el deseo de las personas de esa transformación, porque vivir en conflicto es nocivo, daña a los involucrados pero, a veces, es la única manera que conocen para vincularse. La percepción que tuvimos las mediadoras era que sin lugar a dudas ésta era una familia: sus integrantes se comportaban como tal. Y finalmente también los abogados, que junto a nosotras trabajaron activamente para la resolución del problema, decidieron litigar todo lo posible y lo imposible considerando la magnitud que tendrían sus honorarios en función del patrimonio expuesto.

Cuando quedé sola en la sala de mediación reflexionando sobre todo lo ocurrido, vinieron a mi memoria aquellos años del secundario cuando estudiábamos el Martín Fierro y lentamente comencé a recordar los versos que decían: Los hermanos sean unidos porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.

* Licenciada en Comunicación Social, mediadora

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