Los enemigos de Don José Gervasio

La Historia, parafraseando a nuestro querido José Enrique Rodó -a quien le debemos las primeras reflexiones sobre América Latina-, no es un ánfora vacía en la cual pueda colarse “indistintamente cualquier sustancia”. Pese a ello podemos advertir, casi a diario, cómo inescrupulosos pretenden traficar sus contenidos con malsanos propósitos. No estamos negando el derecho a cada generación de reescribirla de acuerdo con sus convicciones, sino que levantamos la voz en contra de aquellos que, con la complicidad de muchos, falsifican los hechos y son mendaces en sus relatos.

Esta advertencia resulta esencial para nuestra tarea dedicada a recordar la enorme figura de Don José Gervasio de Artigas, ese criollo de ley y sin precio que supo pararse como un bastión libertario frente a los españoles primero, al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve y a la prepotencia hegemónica de Buenos Aires, después.

Manuel de Sarratea, miembro del Primer Triunvirato, por envidia o incapacidad manifiesta juró que destruiría a Artigas. La tragedia se desencadena cuando el petimetre llega a Montevideo para hacerse cargo de las tropas que sitiaban Montevideo. Sus órdenes y contraórdenes, absurdas y alocadas, mostraban sus intereses subalternos. Alejarse fue la única salida que encontraron los orientales para sobrevivir.

Llegaba Sarratea -mal le pese a cientos de historiadores, quienes omiten o cuentan una fábula sobre estos episodios- para cumplir, más allá de los ejercicios militares, el acuerdo secreto que los triunviros habían suscripto con el virrey de Montevideo Francisco Javier de Elío, por el que se entregaba a los españoles la Banda Oriental, la mitad de Entre Ríos y parte de Corrientes. Plan que fracasó por los cambios políticos que ocurrieron dentro de la ciudad amurallada, razón por la cual se buscó transformar a Artigas en el chivo expiatorio, declarándole traidor a la Patria y ordenando que se le capturara donde se le encontrare.

Los padecimientos de don José Gervasio no terminaron. El director supremo Gervasio Antonio de Posadas –un verdadero títere en manos de su sobrino Carlos de Alvear- cargó una vez más en contra de Artigas. El instrumento elegido fue Sarratea quien, como embajador en Londres, no sólo pretendió instaurar una monarquía en el Rio de la Plata sino que prohijó otro acuerdo con los portugueses para que éstos invadieran la Banda Oriental y acabaran con Artigas.

Usó las mismas artes que en 1812, cuando coimeó al general Fructuoso Rivera para que procurara “convidar para un día determinado a los caciques (charrúas), principalmente con sus mujeres, cuantos más se puedan, para una función que se celebre en Paysandú ofreciéndoles yerba, tabaco y aguardiente, a fin de atraerlos (…). Entre la embriaguez y los festejos, teniendo ya prevenida una tropa apostada, se echará usted sobre todos ellos y sus mujeres, acabando a los que se resistan”, para asegurar la destrucción del caudillo oriental.
Sería muy interesante analizar la influencia del oro porteño -tras la Batalla de Cepeda del 1 de febrero de 1820- en la resolución militar y política del conflicto que había enfrentado al gobierno de Buenos Aires con la triunfante Unión de los Pueblos Libres.

Las negociaciones de la rendición llevaron a que los contendientes suscribieran el Tratado del Pilar, por el cual acordaron trabajar por la unidad nacional y establecer el sistema federal de gobierno, que tantos desvelos le causó a José Gervasio de Artigas. Se comprometían, además, a convocar, en el plazo de 60 días, a una reunión de representantes de las tres provincias -Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires- en el Convento de San Lorenzo, para convenir la reunión de un congreso que permitiese reorganizar el gobierno central; declaraba el fin de la guerra y el retiro de las tropas de Santa Fe y Entre Ríos a sus respectivas provincias; Buenos Aires se comprometía a ayudar a las otras provincias en caso de ser atacadas por los luso-brasileños; los ríos Uruguay y Paraná se declaraban navegables para las provincias amigas; concedía una amplia amnistía a los desterrados o perseguidos políticos; determinaba el enjuiciamiento de los responsables de la administración anterior “por la repetición de crímenes con que se comprometía la libertad de la Nación” y disponía la comunicación del tratado a José de Artigas “para que, siendo de su agrado, entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demás federadas se miraría como un dichoso acontecimiento”.

Artigas interpretó el pacto como una traición. Sus compañeros de ruta Francisco Ramírez y Estanislao López habían caído en una trampa. Como premio a la felonía se los invito como huéspedes de honor a la ciudad portuaria. La sociedad porteña los recibió fría y distante. Algunos cronistas de época relatan que se les tomó como objeto de mofa. El daño estaba causado. Don José Gervasio comienza a retirarse de la escena política.
Los enemigos de Artigas, a pesar del paso del tiempo, continúan embozados. Están listos para, de una manera u otra, intentar dañar su figura. Les duele que no lo hayan podido comprar; tampoco que haya cedido un ápice en sus convicciones. La historiografía porteña le sigue considerando un bandido, como lo hizo Posadas en 1814, cuando ofreció 6.000 pesos a quien lo entregara vivo o muerto.

Esta vez la inquina se manifestó de manera diferente. En la República Argentina no hubo recordación oficial alguna al cumplirse el 250º aniversario de su nacimiento -19 de junio de 1764-. Antes, una importante tribuna dio como cierta la existencia de un testamento falso de falsedad absoluta. Los expertos aseguran que el responsable de su existencia fue el general Fructuoso Rivera, para apoderarse de los bienes del difunto. Ambos hechos, junto a otros -como la desaparición del retoño del Árbol de Artigas -un ibiripitá-, que estaba señalizado en la Plaza San Martín de la Ciudad de Córdoba antes de su remodelación, demuestran que la memoria del gaucho, del criollo sin precio, duele y mucho.

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