Las malas nuevas vienen de Europa

Crónica de la Gesta Patria: Viernes 18 de mayo de 1810. Por Luis R. Carranza Torres,

Una goleta de tres palos inglesa había anclado en Buenos Aires y todo se había empezado a ir al demonio de la agitación pública.

Se trataba tal buque del HMS Mistletoe, navío de guerra de la armada de su majestad (inglesa), de 150 toneladas de desplazamiento, construido en madera de cedro en las Bermudas, allá por el año 1808, bajo el comando del capitán Robert Ramsay, un inglés tan perspicaz como de corta estatura.

Quizás por esas cosas de la ironía sutil de los britanos, el nombre de la nave, Mistletoe, significa muérdago en inglés, planta que en su cultura resulta el símbolo por excelencia de los buenos augurios.

A pesar de haberlo reclamado por largo tiempo, desde la apertura al comercio extranjero del puerto de Buenos Aires, los ingleses y las autoridades estaban peleados como perros y gatos.

Nada les gustaba que tuvieran que llevarse los productos de estas tierras, en cambio por sus mercaderías, en lugar de cargar su precio en metálico, oro o plata, por estar prohibido. O que todo lo tuviesen que comerciar a través de españoles en vez de en forma directa, que por su simple intermediación pedían un ojo de la cara.

En devolución de gentilezas, el vicealmirante Michael de Courcy, jefe de la estación naval inglesa del Brasil y los mares de Sur, el tercer hijo de John, el vigésimo quinto Lord Kingsale, había abarrotado el buque de diarios ingleses, con noticias originadas en Cádiz y fechadas el 4 de febrero, en las que se daba cuenta en detalle de cómo los franceses ocupaban ya Andalucía, y se había disuelto la Junta Central que desde Sevilla procuraba gobernar y, en especial, resistir a los franceses a nombre del rey cautivo.

Tal cuerpo era el que había nombrado al virrey Cisneros.

Al caer el último bastión de la resistencia española, la cosa era casi un sálvese quien pueda, y como único territorio resistente quedaba la isla de León, donde se formaría a futuro un consejo de regencia, cuándo y cómo se pudiese.

En los hechos, y a los efectos prácticos, ya no quedaba España resistente, ni un órgano de gobierno que la rigiera. O intentara regir América.

España se hallaba ahora reducida en territorio disponible, a un peñasco de 30 kilómetros cuadrados, situado en la bahía de Cádiz, sin más población que la minúscula villa isleña.

Enterado de su particular carga, el Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros intentó inútilmente impedir, o cuanto menos, demorar la difusión de las novedades. Al efecto, dispuso una rigurosa vigilancia en torno a las naves de guerra británicas, e hizo incautar por el capitán del puerto todos los periódicos que intentaban desembarcar.

Pero tanto el capitan Thompson como la partida de los incautadores de periódicos, eran simpatizantes de los grupos criollos que abrogaban por un cambio en cuanto a quién debía gobernar por esta parte del mundo.

Por eso, algunos de los diarios fueron sustraídos subrepticiamente al decomiso. Y de mano en mano, uno de ellos llegó a Juan José Castelli, que se lo pasó a su primo Manuel Belgrano, que andaba mejor en eso de traducir del inglés. Para ello lo mandó a llamar con urgencia a su quinta en las afueras de la ciudad.

En tanto ello ocurría, el virrey Cisneros, en el fuerte, tenía ante sí el memorial que le había elevado su alcahuete de cabecera, José María Romero, fechado el 12 de mayo.
En él se da cuenta de un reverdecer conspirativo, de los proyectos que pugnaban por la independencia de estas tierras, conteniendo un listado de individuos más peligrosos, a los que debía desterrarse. En tal lista se hallaban Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Juan José Paso, Feliciano Chiclana, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli, Juan Larrea, Nicolás Rodríguez Peña, Mariano Moreno, entre otros.

Cisneros no sabía qué hacer. Tomar medidas era exponerse a un levantamiento seguro de las fuerzas militares criollas. Pero si dejaba sin hacer nada, a quien iban a levantarle el puesto era a él mismo.

A tales alturas, ya traducido el diario, el núcleo duro de los distintos grupos patriotas se hallaba reunido en la quinta de Nicolás Rodríguez Peña. Los primeros de ellos que abogaban por un cambio en las cosas y que desde hacía tiempo, buscaban, primero la locura, y luego la quimera, que ahora parecía estar al alcance de la mano: lograr un gobierno propio.

Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Nicolás Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes y Feliciano Chiclana han leído las noticias de los diarios traídos por los buques ingleses, y la proclama dada luego por Cisneros, llamando al orden para que nada cambie.
Saben que la llave para poder actuar es conseguir el concurso de la voluntad de Saavedra en la cuestión, vital por ser quien lleva el mando de las tropas criollas. Por eso, se lo ha convocado, pero está tardando en llegar.

Antes, lo han tentado a dar este paso hacia el autogobierno, pero él siempre ha seguido en sus trece, con ese latiguillo famoso suyo, acerca de que “las brevas no están maduras”.

Cornelio Judas Tadeo de Saavedra y Rodríguez, por su parte, traído a las apuradas a la ciudad, desde su chacra en el pueblo de San Isidro; don Juan José Viamonte, sargento mayor de Patricios y hombre de su confianza, le habían  enviado el mensaje con las últimas noticias, y que era preciso regresase a la ciudad sin demora.

Así lo había realizado. Y estaba ahora en el cuartel de Patricios, sin decidirse qué actitud tomar.

En ese estado de indecisión, pide verlo un grupo de las mujeres de las más distinguidas y poderosas familias de la capital. A su frente se halla Casilda Igarzabal de Rodríguez Peña, esposa de Nicolás.

Como para no dejar dudas de su postura, los rebozos o chales de todas ellas eran de colores claros, celestes en su mayoría, pero uniformemente todos ellos, ribeteados en color blanco. Es decir, del tono de la lealtad.

Lealtad no sólo a uno mismo, sino especialmente a las ideas que piensa, y a los que piensan como uno.

– Señor, no hay que vacilar, la patria lo necesita para que la salve, usted bien sabe lo que quiere el pueblo, y no puede volvernos la espalda, ni dejar perdidos a nuestros hermanos.

A Saavedra no le quedó otra que aparecer en la reunión de la quinta de Rodríguez Peña.

¿Aún dirá usted que no es tiempo? le presentan.

Entonces, él les dice:

– ¡Señores, ahora digo que, no es sólo tiempo, sino que no se debe perder ni una sola hora!

Luis R. Carranza Torres nació en Córdoba (Argentina). Se graduó de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba, y de doctor en Ciencias Jurídicas en la Universidad Católica Argentina, en Buenos Aires. Ha publicado tres novelas de corte histórico, Yo Luis de Tejeda (1996), La Sombra del Caudillo (2001), y Los Laureles del Olvido (2009); y numerosos artículos relativos a la historia en diversos diarios y revistas. Desde 1999 es regular member de la Supreme Court Historical Society (Washington DC, EEUU). Ha recibido la Mención especial del premio “Joven Jurista”, otorgada por la Academia de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, en 2001 y el Premio “Diez Jóvenes Sobresalientes del Año”, otorgado por la Bolsa de Comercio de Córdoba, en 2004. En 2009, ganó el primer premio en el 1er. concurso de literatura de aventuras “Historia de España”, en Cádiz.

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