La ultraderecha frente a la inmigración: estado de la cuestión

 Por Silverio E. Escudero

“No se pueden respetar las ideas totalitarias, xenófobas, racistas, excluyentes que violen
los elementales derechos humanos”.

Fernando Savater. Los diez mandamientos en el siglo XXI

Soy escéptico. Descreo. No tengo confianza en el hombre. Porque ha decidido ser víctima de sí mismo.
Los nacionalismos, los fanatismos religiosos y deportivos, auténticos engendros forjados en el odio, tienen un poder fantástico: dividen a la gente, dividen a la sociedad. Crean conflictos donde no los hay. Conflictos que se saldan con la muerte.
La muerte violenta es una plaga incontenible en cualquier parte que se nos ocurra mirar.
El drama no está allende los mares ni fuera de nuestras fronteras comarcales. Lo tenemos enfrente; nos refleja.
Y, por cierto, estas usinas ideológicas de la derecha avanzan en argumentaciones para justificar las persecuciones políticas por pensar diferente y promover el exterminio del prójimo-próximo. Tanto que recuperan a Cesare Lombroso y su Teoría del Criminal Nato para catalogar al migrante, al distinto, al disidente, como un “error de la naturaleza” y, así, abogar por su aniquilación.
Usinas que, a lo largo de 2018 en Europa y el resto del mundo han unificado su discurso xenófobo sin importarles las razones que causaron una de las mayores crisis humanitarias del planeta. Tampoco, porque no les interesa, contextualizan las crisis económicas y los problemas sociales que el capitalismo provocó a lo largo de estos 18 años del siglo XXI y que, ellos mismos, han sido partes determinantes de la tragedia.
Intentar abrir un debate racional en medio de una batalla retórica vacía y plagada de prejuicios preanuncia un nuevo fracaso.

El hombre, insistimos, cae en su propia trampa sin importarle el futuro. Odio que traspasa fronteras mostrado la incapacidad manifiesta de los partidos socialdemócratas y de los de izquierdas para construir una alternativa política diferente fundada en un núcleo, por pequeño que sea, de coincidencias básicas.
Incapacidad para, desde ese morro, tomar la iniciativa política en torno de la defensa de derechos humanos, la humanización de la cuestión migratoria frente a la guerra de identidades incentivada por la extrema derecha y la reforma del estatuto de refugiado tomando en cuenta los desplazados medioambientales, antes de que sea demasiado tarde.
El tiempo se agota. Es urgente hacerlo.
El mundo retrocede a zancadas hacia momentos muy oscuros de la humanidad. Insistimos, no se admiten más dilaciones ni actitudes timoratas frente al avance del conservadurismo.
Las imágenes se suman. Ahí aparece una sociedad que cierra sus ojos ante la guerra entre los servicios secretos de Alemania y Francia de la que emerge el drama del capitán Alfred Dreyfus y la poderosa voz de Emile Zola que se levanta en su defensa; la exacerbación de los nacionalismos por la guerra de Crimea; las consecuencias del estado de beligerancia -política, económica, religiosa- consolidado desde hace miles de años en la Media Luna fértil, limitada por la Mesopotamia asiática que forman los ríos Éufrates y Tigris y el enorme y creciente delta del río de los faraones.

Las imágenes de tragedia que trajo la década de 30 del siglo pasado y el fanatismo político y religioso. La alianza de la iglesia católica con los nacionalismos de toda laya. La cuasi ingenuidad política de Arthur Neville Chamberlain (ANC) con su política de appeasement (apaciguamiento) de la que se valieron Hitler, Mussolini y Francisco Franco para consolidarse en el poder.
O lo que sucedió en la Conferencia de Munich de 1938, que desgarró Checoslovaquia, que desapareció como Estado en 1939 y dando paso al surgimiento de las débiles cuanto inestables repúblicas de Chequia y Eslovaquia, entre una multiplicidad de hechos que servirían para explicitar el extravió de la humanidad.
También podemos mencionar el crecimiento de los movimientos neonazis. De la derecha radical y sus parientes bastardos, los populismos, que abrevan en las vertientes de los supremacistas blancos que exaltan “la grandeza de la raza blanca” y reflejan en sus actos el discurso del 19 de abril de 1945 de Joseph Goebbels, que instruye a los “futuros militantes”.
Goebbels arenga: “Aquellos que quieran mejorar este mundo decadente y corrupto tendrán que comprender que plutocracia y bolcheviquismo no son los dos únicos caminos transitables para redimir a la Humanidad de la miseria y el fracaso. Porque hay un tercer camino que es el nuestro, que es el único y el mejor. Vendrán hombres que, aun sin mencionarnos, porque les estará prohibido o porque temerán hacerlo, intentarán transitar por este camino nuestro (…) porque lo bueno y lo verdadero siempre triunfa en este mundo”.

Esta autodenominada “revolución” hipernacionalista debate los perfiles y argumentos de las nuevas derechas. Reconoce la existencia de “susurradores de ideas detrás de cada partido, de cada movimiento, de cada organización de superficie, de cada grupo de choque” como el activo Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente).
El editor alemán Götz Kubitschek y su mujer, la escritora Ellen Kositza, son los grandes titiriteros que mueven los hilos detrás de la escena.
Su residencia se ha transformado en el santuario hacia donde peregrinan todos los líderes de la Internacional Conservadora europea. Procesión a la que se suman los partidos populistas de América Latina, las llamadas izquierdas nacionales hermanadas en Carl Schmitt, lectoras huérfanas de Ernesto Laclau y admiradores de Chantal Mouffe.
Sin olvidar los asistentes a los besamanos de Jorge Bergoglio que se parecen demasiado a los integristas monárquicos de Charles Maurras y los defensores de Nicolás Maduro.
Kubitschek -como ideólogo del populismo de derechas– exige obediencia. Piensa que el resurgir de movimientos radicales en Europa y EEUU obedece a un giro en las leyes inmanentes de la historia.
“Asistimos a un renacimiento conservador en el mundo. Hemos caminado tanto en la dirección errónea, que el péndulo ha empezado a regresar y no sabemos cómo de lejos va a llegar”, interpreta Kubitschek. “A ojos de los progresistas es una verdadera revuelta conservadora, pero es que no se puede gobernar durante años al margen de la realidad. Lo de ahora es una ducha de agua fría de realidad y es tan sanadora como la literatura. Es la realidad frente a las mentiras de la izquierda que creen que con kiwis y café de comercio justo pueden salvar el mundo. No podemos esperar a la última locura vegana”, sostiene.
“El nosotros contra ellos” es el hilo conductor que impregna y justifica todo el discurso neopopulista.

“Nunca había dinero suficiente en Alemania y de repente en 2015 había mucho dinero para cuidar a los refugiados. Es absurda la suma que ha recibido la gente para dar cobijo a los refugiados. Se han soltado el cinturón. Lo que hasta entonces era importante para los alemanes -el ahorro, la austeridad- de repente dejó de jugar un papel (…) Llaman a (Alexander) Gauland nazi, pero, ¿quién es el nazi, quién es el fascista? Querer cerrar la frontera no es querer construir un campo de concentración. Y quien no da la bienvenida a todos los inmigrantes no quiere decir que tenga algo en contra de los judíos. Son argumentos sucios, no son justos”, declara Kubitschek.
Y sigue: “Hay un exceso de población en África y en el mundo árabe pero en Europa no podemos reequilibrar, no es la solución aceptar a dos millones de personas. Tiene que funcionar de otra manera”.

Para Kubitschek, la gente se siente en sus pueblos al borde de un volcán y no es sólo el tema de los extranjeros, es también la crisis financiera. Considera que la gente se siente insegura cuando ve las fábricas que cierran de la noche a la mañana para irse a producir a un país más barato y mucha gente pierde su trabajo.
“Aunque haya ayudas sociales, no resuelven el problema, porque permanece el sentimiento de que ya no haces falta. Cunde la inseguridad de no saber cuándo va a venir la nueva oleada de desgracias”, concluye el editor, periodista y activista de las nuevas derechas alemanas.

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