La rectitud de un jurista

Por Luis R. Carranza Torres

Apremiado a poner la sabiduría jurídica al servicio de un magnicidio, se negó por los principios delante de la propia vida

Al morir el emperador romano Septimio Severo en el año 211, fue sucedido por sus hijos, Caracalla y Geta. Ambos debían gobernador bajo el consejo de su madre y esposa del fallecido emperador, Julia Domna.
Pero nunca la relación entre hermanos había sido la mejor. Dirigiendo un imperio, tal hostilidad se agravó. A finales del mismo año que habían asumido el gobierno, Geta fue asesinado por enviados de su hermano Caracalla en el propio palacio imperial. Murió en los brazos de su madre, de quien se decía que, como la mayoría en Roma, preferían a Geta que a su hermano.
Tradicionalmente se ha echado sin más el carácter de homicida sobre Caracalla, entendiendo que los celos y el ansia de poder fue lo que condujo a cometer fratricidio. Pero existen otros historiadores que hablan de sentimientos parejos en ambos y que la eliminación de Geta solo fue un acto inmoral dictado por las necesidades de la política, de respuesta anticipada a un próximo levantamiento del difunto en contra de Caracalla.
Como fuere, uno de los efectos más desafortunados del asesinato de Geta fue la muerte de Emilio Papiniano. Acaso el más destacado de los juristas de Roma por aquel tiempo y que se habían desempeñado durante el gobierno del difunto emperador Severo como prefecto del pretorio.
De acuerdo a Leipold, en “Über Die Sprache des Juristen Aemilius Papinianus”, fue la contradicción del jurista entre rechazar en privado el fratricidio cometido y aceptar en público el llamado del nuevo emperador para continuar en su cargo y en la dirección de los asuntos imperiales lo que lo condujo a su infausto fin. Geta era muy popular, sobre todo en el ejército, principal base del poder en Roma y Caracalla buscó justificar su muerte apelando al prestigio jurídico de Papiniano. No innovaba en nada. Ya en el año 59 Séneca lo había hecho, justificando por escrito ante el senado el asesinato por parte de Nerón de su madre Agripina. Papiniano se negó. Tal postura ha dado origen en la tradición a la frase “es mucho más fácil cometer un parricidio que justificarlo”, que se pone en boca del jurista, sin existir demasiada base para, incluso, aseverar que fuera dicha por alguien en tal época.
Luego de ese hecho la relación, como era previsible, se deterioró gravemente. Él no era indiferente a esa posibilidad. El romanista Patricio Lazo en su artículo “Papiniano o la conciencia del jurista” se pregunta si sabía Papiniano a lo que se exponía, si fue el suyo un acto heroico, o una ingenua seguridad en poder ser protegido por su renombre, para luego contestarse que: “Difícilmente Papiniano desconocía el carácter y los modos de Caracalla (…) Por otra parte, nada en el carácter de Papiniano nos habilita a creer que poseía una confianza desmedida y obnubilante en su prestigio”. Su carácter lacónico, reflejado también en la forma de sus respuestas, hace más razonable entender que debió prever el riesgo al que se exponía, sin que eso lo hiciera apartarse de los dictados de su conciencia, sobre la imposibilidad de revestir a un crimen de juridicidad.
Leipold habla que las quejas de los pretorianos sobre la severidad del jurista fueron la excusa de Caracalla para destituirlo del puesto y ejecutarlo. La orden se cumplió por decapitación con un hacha, un modo que se entendía de mayor clemencia y que por ello se reservaba solo a los ciudadanos romanos. Como afirma Nörr, desde la antigüedad existió cierta incertidumbre respecto de las causas de su muerte. Emilio Costa, en el primer volumen de su obra “Papiniano: Studio Di Storia Interna Del Diritto Romano”, entiende, a partir de distintos pasajes de fuentes clásicas, que no la provocó la negativa en sí, sino que fue por ser partidario de Geta. Pero el episodio de la negativa a justificar el asesinato fue expuesta por Elio Esparciano en su momento y se halla registrado en la obra de la Historia Augusta, la colección de biografías de los emperadores escrita por autores diversos durante los reinados de Diocleciano y Constantino I, incluso con la mención de la famosa frase.
Su influencia en lo jurídico no se detuvo por su muerte. Dos siglos después, la ley de citas del año 426, dada por el emperador de occidente Valentiniano III, que establecía qué juristas podían ser invocados y cual debía ser escogido para resolver por los jueces cuando sus opiniones eran diversas, no sólo lo incluyó junto a Gayo, Paulo, Ulpiano y Modestino, sino que le concedió prevalencia en caso de no existir mayoría o estar empatados. Únicamente en caso de que Papiniano no se hubiera manifestado al respecto, el juez quedaba libre de elegir entre las otras opiniones.
Sus opiniones fueron asimismo recogidas en el Digesto en 596 ocasiones. Ello se debe en parte, al afán por el afán del jurista por encontrar situaciones equitativas a los conflictos jurídicos en vez de adoptar, como sus predecesores, parámetros rigoristas.
El respeto por su figura trasciende igualmente al derecho. Muchas obras han tomado como inspiración su negativa de justificar un crimen. Ya en 1658 el escritor barroco alemán Gryphius le dedicó a su historia un drama, “Papinianus”. En 1712 el jurista italiano Gravina publicó, con similar tenor, el libro “Papiniano”.
Es que a la par de sus contribuciones a la evolución jurídica, ha quedado en la historia como aquellas personas que permanecen firmes en sus convicciones, cualquiera sea el precio que deban pagar por ello.

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