La radio de ayer en Argüello

Por Carlos A. Ighina (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Carlos Ighina (*)

Argüello, para la mayoría de sus habitantes, era su amable lugar en el mundo. Lejos del fárrago y de la opresión del cemento, las auras de las sierras cercanas agitaban magnolias, paraísos, acacias y jazmines, especies vegetales que sólo nombramos para no perdernos en el placentero festival de los aromas de una botánica tan vital como variada. Los rosales destellaban en los jardines y los niños, felices, se agotaban en sus juegos.
Hacía ya unos años que don Francisco Horacio Heredia se había agenciado de una radio a galena, es decir, uno de aquellos primitivos receptores de ampliación modulada que operaba en banda de onda media u onda corta sobre la base de un cristal de sulfato de plomo –llamado galena-. Para la época, eficaz y sorprendente detector de sonidos que se escuchaba por auriculares y no requería de energía alguna para su funcionamiento.
“Yo era un niño –nos dice su hijo, Edmundo Heredia- cuando mi padre compró una radio. Él conservaba una radio a galena, que habrá oído en su primera juventud, pero ya no funcionaba. El ingreso de la radio a la casa fue todo un acontecimiento. Era grande, todo un mueble compacto apoyado directamente sobre el suelo, lustrado de marrón oscuro, reluciente. Nos deteníamos frente a él para observarla, algo azorados e incrédulos de tener en nuestra casa semejante prodigio. Era la mejor cosa que había en nuestro comedor de diario, y mi madre buscó el adorno más bonito para ponerlo sobre ella, posado en una pequeña carpeta, bordada”.

Las radios argentinas fueron pioneras en las comunicaciones públicas del mundo. Sabemos que las transmisiones regulares comenzaron hacia 1920, cuando Telémaco Susini y sus amigos echaron al aire los sonidos y compases de la ópera Parsifal, desde la terraza de un teatro de Buenos Aires.
“Las estaciones se localizaban –continua evocando Edmundo- mediante una aguja en forma de abanico que se maniobraba con uno de los cinco botones. La parte inferior estaba revestida de una tela que ocultaba el parlante. Pero, nuestra mayor admiración era el ojo mágico, en la parte superior del frente, que tenía forma de ojo humano, hasta protegido a medias por un párpado metálico. Así el extraordinario aparato se asemejaba a un Polifemo parlante; a la manera de una pupila, una luz azul se contraía paulatinamente a medida que con un botón se buscaba el sonido más perfecto”.
Ya en 1926 había aparecido en Córdoba, transmitiendo desde el cine-teatro Real, la emisora Y-4, señal inicial de la que luego sería LV2. Las experiencias radiofónicas entre nosotros comenzaron en 1921 desde el Regimiento 4 de Zapadores Montoneros, con sede en el Parque Sarmiento. Mientras que al año siguiente, ya el público podía captar una transmisión propalada desde la Casa Pardal y Cabanillas, que ocupaba el antiguo edificio contiguo al resto histórico que todavía se conserva en el llamado Centro Cultural Obispo Mercadillo.
En 1930 comenzaría a escucharse LV3, Radio Córdoba-Buenos Aires, y una docena de años más tarde irrumpiría la onda de LW1, Radio Splendid de Córdoba.
“La radio era de mi padre, era su objeto personal. Se pasaba las horas sintonizándola, se deleitaba cuando detectaba una emisora lejana, que oía confusamente y con insalvables interferencias. Mi padre sabía ubicar radios de Japón, o de Rusia, o de Australia y, aunque no entendía una palabra de lo que se decía, se notaba en sus ojos que se imaginaba estar haciendo un viaje alrededor del mundo. Su ilusión se convirtió en realidad en algunos de sus descendientes, varios de quienes seguramente ignoran esos orígenes”, medita Heredia en acción introspectiva.

Eran los tiempos de las grandes cadenas nacionales: Radio El Mundo, con la “Red Azul y Blanca de Emisoras Argentinas”; Radio Belgrano, con la “Primera Cadena Argentina de Broadcastings”: y desde 1942, la “Red Argentina de Emisoras Splendid”.
LV2, ya con el rótulo de Radio Central, se permitía el lujo de transmitir en vivo grandes espectáculos desde Buenos Aires.
Las mujeres de la casa, y no sólo ellas, estaban cautivas de programas como “La novela de la Tarde”. El radioteatro era, para la gran mayoría de los miembros de una familia, toda una atracción, al punto de llegar a cambiar el horario de actividades de muchos de ellos.
Las plumas románticas de autores como Abel Santa Cruz y Nené Cascallar fueron tomando el puesto de los chispeantes episodios de José Andrés González Pulido, con sus “Chispazos de tradición”.
El alcance de las bien delineadas cadenas llevó el radioteatro a los más lejanos lugares del país, de tal manera que el género dramático envolvió con sus emociones las apiñadas audiencias domésticas en torno al aparato de radio.
Las emisoras de Córdoba no estuvieron ajenas a este fenómeno, de tal modo que elencos locales atraían la atención de los oyentes, quienes les dispensaban igual o mayor atención que a las novelas emitidas desde Buenos Aires.

Desde los años ’30 se celebraban los libretos de un joven periodista, que luego llegaría a ser un historiador paradigmático para los cordobeses: Efraín U. Bischoff. Bischoff había ganado popularidad al escribir los diálogos de “El último trovador”, que tenía por protagonista al cantor Edmundo Cartos, cuya voz pasó a ser una leyenda del cancionero cordobés.
“Una tarde, ya llegando la noche, golpearon las manos en la puerta de mi casa de Argüello. Atendió mi padre e hizo entrar a un amigo que venía con otro hombre, bastante robusto, muy bien puesto, con aspecto venerable. Se trataba de Edmundo Cartos. Yo nunca había oído hablar de él en mis ocho o diez años de edad. Le pidieron a mi madre que tocara algo en el piano, debía ser ‘Para Elisa’, o algo así”, confidencia Edmundo, definitivamente vuelto a los recuerdos de su infancia.
Cartos tenía en Argüello su aparcero, Ranulfo Rodas, el telegrafista de la estación que vivía con una numerosa prole, entre hijos propios y de crianza, en una casa perteneciente al pequeño complejo ferroviario. Guitarrista de excelencia, Rodas solía acompañar regularmente a Cartos en sus presentaciones.
“Entre tantos trajines y vaivenes que sufrió mi casa de Argüello, la radio desapareció durante mucho tiempo, quién sabe dónde. Hasta que di con su paradero, y la rescaté. Mostraba las llagas del desamparo y de algunos traslados precipitados. De los cinco botones sólo quedaban tres, entre ellos el de la sintonía, pero su cerebro había dejado de estar iluminado por lámparas que ya no funcionaban y que no tenían reparación. El ojo mágico estaba cegado, quizá alcanzado por algún Ulises que respondía a premuras de nuevas tecnologías. La reparé con el cuidado más delicado, como cuando recibí en los brazos por primera vez a un ser querido”, dice Edmundo como concluyendo un periplo.

Tras una ideal tela de parlante parecen esconderse las voces de relatores deportivos de luenga fama como Luis Elías Sojit, sus hermanos “Mister” y “Corner”, Lalo Pelliciari, Ricardo Lorenzo (Borocotó), Enzo Centenario Argentino Ardigó (sic), Félix Daniel Frascara y Joaquín Carballo Serantes , el gran Fioravanti, el que dijo de sí mismo: “Yo no soy un relator, soy un narrador”; y era verdad.
Además, en algún lugar del éter estarán los chascarrillos futboleros de “La Gran Pensión El Campeonato”, las sanas humoradas de Sandrini y la gracia Niní Marshall.
Y a modo del final feliz de aquellas radionovelas, Heredia deja escapar: “Hoy la radio, anciana y silenciosa, viste la sala de ingreso a mi casa, y es lo primero con que se encuentran mis visitantes, pero creo que ninguno repara en ella. Es que no conocen su historia”.

(*) Abogado-Notario. Historiador urbano costumbrista.
Premio Jerónimo Luís de Cabrera.

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