La poco considerada justicia griega

(Izq. arr.) Solón fue uno de los precursores del sistema “democrático” de justicia ateniense. (Der. arr.) Ruinas del tribunal de la Heliea. (Izq. ab.) Discos con los que se votaba. Aquellos con centro macizo eran para la inocencia; los huecos en el centro, para votar por la culpabilidad. (Der. ab.) Cleroterion, máquina de sorteo de los jurados.

Judicialmente, Debemos mucho a los antiguos griegos. Veintiocho siglos antes de nosotros, comenzaron a dar forma a la judicatura de la actualidad.

Por Luis R. Carranza Torres

Siempre hablamos, respecto de nuestros orígenes jurídicos, mirando sólo al derecho de Roma. No desmerecemos su importancia crucial pero tampoco debemos olvidar a otros. De todos ellos, el derecho de la antigua Grecia es el más injustamente dejado de lado. En particular, en cuanto a organización de la justicia. Tanto así que, hoy en día, nuestro sistema judicial tiene más en común con el griego que con el romano.

No sabemos demasiado del llamado derecho griego. Para complicar el tópico, cada ciudad-estado tenía sus particularidades. Pero sí estamos lo suficientemente enterados del manejo de los tribunales de la antigua Atenas, como para identificar las instituciones que allí se iniciaron -y que se continúan en nuestros días-. Tanto la lectura de la clásica obra de Aristóteles sobre la Constitución de Atenas, o de la más contemporánea de Alan Boegehold, Three court days, nos ilustran al respecto.

Ello, a pesar de tener una estructura judicial a primera vista, en apariencia muy diferente de la nuestra. El ámbito tribunalicio de esa Atenas era uno en que las partes proponían penas a los jueces, los delitos se juzgaban ante una asamblea y carecían tanto de policía como de fiscales. La acusación era privada, hecha por un particular, y el acusado debía defenderse por sí mismo. Aunque generalmente recibía, para realizar los dos discursos en que debía convencer de su defensa, los servicios de un logógrafo, una persona dotada para la oratoria y especializada en realizar discursos jurídicos. El antecedente histórico más remoto de lo que hoy somos los abogados.

El hito fundacional del sistema de justicia ateniense, que perdura en parte con nosotros, podemos hallarlo en las reformas realizadas por Solón, a principio del siglo VII aC. Una de las grandes novedades fue “popularizar” la acusación. En adelante, cualquier ciudadano que tuviera noticia de un delito, podría denunciarlo aun cuando no fuera el afectado por el hecho. Nacía el concepto de la “vindicta pública”, que -aun con sus excesos- marcó el inicio del camino hacia la acción penal pública de nuestros días. Su fundamento, entonces y ahora, era por demás crucial a la paz social: los crímenes ofenden y lastiman a toda la sociedad, más allá de quién sea la víctima particular en el suceso.

La otra novedad, también de cuño democrático, fue instituir a la par del antiguo consejo aristocrático de los reyes devenido en tribunal de justicia, una corte popular -la Heliea, compuesta por ciudadanos elegidos por sorteo-.

Inicialmente, su jurisdicción estuvo limitada a juzgar a los arcontes o magistrados de la ciudad. Pero por acción de Efialtes y Pericles, cuando la Ekklesía o asamblea de ciudadanos recortó las facultades del Areópago sólo a los crímenes, homicidios e incendios provocados, la Heliea empezó a juzgar casi todos los casos civiles y penales. También por la vía de la acción denominada Graphé Paranomón, reemplazó al Areópago en el contralor de legalidad de las decisiones de la Ekklesía. Es el primer antecedente del control de constitucionalidad del presente.

Asimismo, comenzó a entender también en los casos que hoy denominaríamos de “derecho internacional”, tanto privado como penal, al extender su jurisdicción a los litigios que mantenían ciudadanos atenienses residentes en otras ciudades, así como los atenienses de Atenas con ciudadanos de otras ciudades, aliadas en la confederación de Delos.

El cargo público de heliasta no era obligatorio, debiendo los ciudadanos anotarse para ser designados. Pericles lo convirtió en un puesto remunerado, pagado por día de trabajo en los tribunales. Inicialmente fue un óbolo, la sexta parte de una dracma. Se lo elevó en el 425 a C a tres óbolos, es decir, media dracma. Eso cubría las necesidades básicas de una persona para un día. Los funcionarios de la ciudad cobraban una dracma y media por día y un trabajador especializado, una dracma. Si bien es difícil trasladar esos valores a nuestros días, tres óbolos resultarían hoy unos veinte dólares estadounidenses. Se trataba en definitiva, más de una compensación por el tiempo que demandaba escuchar el pleito que un salario propiamente dicho.

Integraban la Heliea 6.000 personas elegidas anualmente, divididas en diez grupos de 600, uno por cada “tribu” o lugar de la ciudad. De ellos, 500 eran jurados regulares y el resto, reemplazantes en caso de necesidad. Dependiendo del caso, el tribunal se integraba por sorteo, con un mínimo de 201 miembros en las cuestiones privadas menores a 1.000 dracmas, hasta 6.000 para los juicios en que la Graphé Paranomón era actuada. La similitud con el pleno de los tribunales superiores para las cuestiones constitucionales de nuestros días no es para nada casual.

Los jurados escuchaban los argumentos del pleito y luego cada uno de ellos recibía dos discos de bronce, uno con el centro macizo y el otro, hueco. Si se depositaba el primero en el recipiente especial para votar, significaba que se admitía la inocencia del reo. Si se colocaba el hueco, que era culpable. Si se producía un empate tras el cómputo de votos, el reo era declarado inocente por aplicación del llamado “voto de Atenea”, la diosa patrona de la ciudad. Una suerte de versión antigua del actual in dubio pro reo.

Tal como puede observarse, no es poco lo que debemos judicialmente a los griegos. Aunque no nos demos por enterados.

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