La Justicia según San Agustín

Sus conceptos sobre ella caracterizan el Estado de derecho de nuestros días

Por Luis R. Carranza Torres

Agustín de Hipona, más conocido San Agustín, a veces nombrado como «Doctor de la Gracia», no sólo ha sido el máximo pensador del cristianismo en el primer milenio de nuestra era sino uno de los mayores genios de la humanidad.
Nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, la actual SoukAhras. Actualmente parte de Argelia, por entonces se trataba de una ciudad de Numidia, parte del imperio romano.
En su prolífica y profunda obra se encuentran tratadas, en conjunto o en paralelo a los tópicos religiosos, todas las cuestiones básicas inherentes a la humanidad vigentes en la actualidad. Por eso, además, se lo ha entendido como el primer hombre moderno.
Una prueba de ello son sus indagaciones acerca del tiempo, sobre todo de la relación de éste con el espacio y la idea de que tiempo y universo nacieron a la vez. El físico Roger Penrose, entre otros que lo destacan en dicho campo del conocimiento, entiende que los estudios sobre ese tópico resultan el primer antecedente, 1.500 años antes, de la teoría de la relatividad a la que Albert Einstein daría forma en el siglo XX.

En el campo de las ciencias jurídicas resulta aún hoy de gran interés y tienen perfecta vigencia las ideas respecto de la justicia, que en lo principal se hallan en su obra De civitate Dei contra paganos, la ciudad de Dios. Realizada luego de la caída y el saqueo de Roma por los ostrogodos entre los años 412 y 426 y contenida en 22 libros, allí expone, entre muchas otras cuestiones, las ideas respecto del derecho y la justicia.
«Donde no hay verdadera justicia no puede haber un pueblo según la definición de Cicerón», expresa desterrando la idea que la comunidad política nace o se mantiene por la fuerza. De ello se desprenden consecuencias importantísimas, como que el derecho, para serlo, debe ser un conjunto de normas adecuadas a esa justicia, no pudiendo ningún acto de voluntad con distinto sentido establecerlo con tal calidad.
En el libro cuarto, mediante la historia de Alejandro Magno y el pirata caído prisionero, establece cuestiones respecto a la legalidad estatal que hoy en día resultan uno de los principales fundamentos del Estado de derecho.

Cuenta allí San Agustín que, al ser llevado el pirata a la presencia de Alejandro, éste le reprochó: «¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?». A lo que el pirata respondió: «Lo mismo que a ti el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, mientras que a ti, que lo haces con toda una flota, te llaman emperador.»
De ello se siguen cruciales postulaciones: cualquiera sea el orden político establecido o el tipo de Estado o gobernante, no es el tamaño ni la fuerza sino la presencia de la justicia lo que diferencia a un estado de una banda de delincuentes. Si no existe, la única diferencia es el tamaño de sus crímenes y la impunidad con la que se cometen.
La Justicia es, pues, superior al Estado mismo y un requisito sine qua non para ser tenido por tal. Y los gobernantes, aun actuando desde su «imperium», pueden también delinquir cuando se apartan de lo que es justo.
Sus ideas, asimismo, establecieron las bases para la separación entre Iglesia y Estado en la Europa Occidental frente al Este bizantino, en ambos órdenes no tuvieron una separación tan evidente.
Una faceta menos conocida de San Agustín, que narra San Posidio de Calama, contemporáneo suyo, en el capítulo XIX de la obra Vida de San Agustín, es la actuación como juez. Muchos en su tiempo le pidieron entender en los diferendos con otros, siguiendo el consejo apostólico de que, frente a rencillas entre cristianos, debía acudirse para remediarlas a una persona «prudente, capaz de ser juez entre hermanos».

Escribe San Posidio al respecto: «Cuando San Agustín era requerido por los cristianos o personas de otras sectas, oía con diligencia la causa, sin perder de vista lo que decía alguien; conviene a saber: que más quería resolver los pleitos de desconocidos que de amigos, pues entre los primeros es más fácil un arbitraje de justicia y la ganancia de algún amigo nuevo; en cambio, en el juicio de amigos se perdía ciertamente el que recibía el fallo contrario. A veces, hasta la hora de comer duraba la audiencia; otras se pasaba el día en ayunas, oyendo y resolviendo cuestiones. Y siempre miraba en todo al estado espiritual de los cristianos, interesándose de su aprovechamiento o defección en la fe y buenas costumbres».
Murió en la ciudad de Hipona el 28 de agosto del año 430, mientras los vándalos de Genserico la asediaban. Luego su cuerpo fue trasladado a Cerdeña y, desde el año 725, reposa en la basílica de San Pietro in Cield’Oro, Pavia.
Fue proclamado Doctor de la Iglesia el 19 de septiembre de 1295 por el papa Bonifacio VIII, en razón de su erudición y como reconocimiento a la calidad de maestros eminentes de la fe para los fieles de todos los tiempos. Pero su fama no se reduce a la iglesia Católica. Prueba de la influencia de sus ideas es que es venerado asimismo por la iglesia Ortodoxa, las iglesias orientales y hasta las iglesias reformadas o protestantes, figurando en el Calendario de Santos luterano. Y por fuera de la religión, diversos sabios y científicos en todas las épocas, hasta en materias como la sociología y hasta la física, han destacado la importancia de los aportes que llevó a cabo.
En suma, un gigante de la humanidad, desde donde sea que se lo aprecie.

1 Comentario en "La Justicia según San Agustín"

  1. Muy buen artículo

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