La forja de un valiente

La razón de la lucha contra la mafia debe hallarse en su propia historia

Por Luis R. Carranza Torres

Algunas historias despiertan del letargo recuerdos muy personales. Giovanni Falcone era la personalidad del derecho admirada, por mí y por muchos otros, durante mis años de estudiante en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba. Su cruzada antimafia despertaba, a partes iguales, sorpresa y entusiasmo. Nadie nunca había llegado tan lejos y tan sólo con la ley en la mano, para enjuiciar y condenar a todo un estado criminal paralelo y en las sombras, denominado vulgarmente «Mafia».
Giovanni Falcone entendía Sicilia y sus cuestiones sociales, culturales y de idiosincrasia como pocos: era un siciliano de pura cepa. Había nacido el 18 de mayo de 1939 en el seno de una familia de clase media cuya vivienda se ubicaba en la Via Castrofilippo, cerca del puerto de La Kalsa, un histórico barrio del centro de Palermo que sufrió una gran destrucción por los ataques aéreos en la Segunda Guerra Mundial durante la invasión aliada de Sicilia de 1943. Su padre, Arturo Falcone, era el director de un laboratorio químico provincial, casado con Luisa Bentivegna. Tenía dos hermanas mayores, Anna y Maria. Sus padres siempre le dijeron que «esperaban lo máximo» de todos sus hijos, enfatizando la importancia del trabajo duro, la valentía y el patriotismo. Durante los años de escuela, Falcone se metía en peleas aun con niños más grandes si pensaba que sus amigos estaban siendo molestados.

Cursó sus estudios primarios y secundarios en Palermo. También, por ese tiempo, asistió a Acción Católica. Allí jugaría en los momentos de recreación al ping-pong con Tommaso Spadaro, quien luego sería un destacado capo de la Mafia.
A la edad de 13 años empezó a jugar al fútbol. Su lugar habitual era la Piazza Magione. Durante uno de los muchos juegos conocería a Paolo Borsellino, iniciando una amistad que duraría toda la vida.
Luego de un breve paso por la Accademia Navale di Livorno, decidió que lo suyo no era el mar sino las leyes. En la universidad vira sus ideas hacia la centroizquierda, al tiempo que su condiscípulo Borselino, un conservador de derechas, se convertía en su amigo y confidente más cercano.
Comenzó su carrera judicial en el tribunal de primera instancia en el pueblecito de Lentini, Siracusa. De allí pasó a Trapani y Marsala, donde trabajó como fiscal. Luego, en 1879 fue destinado a la corte de quiebras, en Palermo.
En 1980 se unió, contra la opinión de su familia, a la «Ufficioistruzione», el organismo investigador de la fiscalía de Palermo. Era un momento particularmente tenso en que la Mafia parecía haberle ganado la iniciativa al Estado. El antiguo parlamentario y juez antimafia Cesare Terranova, pionero en las investigaciones contra la «Cosa Nostra», había sido asesinado el 25 de septiembre de 1979. Dos meses después la Mafia ejecutaba, en el Lux Bar en Palermo mientras tomaba un cappuccino, a Boris Giuliano, jefe de la unidad especial de la policía que investigaba el tráfico de drogas de la Mafia. Poco después de asumir Falcone, el capitán de Carabineros Emanuele Basile, sucesor de Giuliano en el cargo, fue también asesinado.

A diferencia de la mayoría de sus colegas que desistían cuando el caso que investigaban apuntaba a los negocios de un capo mafioso, Falcone se negaba a mirar para otro lado. Frecuentemente repetía una frase dicha por Kennedy: «Un hombre debe hacer aquello que su deber le dicta, cualesquiera que sean las consecuencias personales, cualesquiera que sean los obstáculos, el peligro o la presión. Ésta es la base de toda la moralidad humana».
Con Borselino como su segundo, Falcone armaría un «pool antimafia», una comunidad de jueces (Falcone, Borsellino, Giuseppe Di Lello y Leonardo Guarnotta) que investigaba en común las actividades mafiosas y preparaba un gran juicio contra la organización. De esa forma, atentar contra uno de ellos no detenía en nada el proceso, que sería distinto de los anteriores juicios por crímenes individuales llevados a cabo hasta entonces. Se juzgaría en un único proceso a toda la organización, por su actuación en las pasadas décadas.

Más allá de su carácter afable y su habitual sonrisa, Falcone era un hombre reservado, de carácter férreo y gran capacidad de trabajo. Pronto, sus avances en la investigación del tráfico de heroína en Sicilia en la década de los 80 lo puso en el radar de los líderes mafiosos. Sus cargamentos y logística a Estados Unidos caían uno tras otro.
Procuraron «convencerlo» de desistir. Por las buenas primero y las no tan buenas luego. Pero encontraron que no lo detenían los sobornos ni las amenazas, fueran de la Mafia o de los políticos comprados por ella. Ni siquiera saturándolo de casos comunes, dados por las máximas instancias judiciales proclives a la Maffia, pudieron detener su ritmo de trabajo. Los capos comenzaron entonces a llamarlo “Il Dottore”, con creciente preocupación. La tenacidad con la que ejerció su lucha le granjeó la admiración de todos, incluso de sus enemigos.
Se iniciaba una carrera contra el tiempo, por partida doble: de Falcone para enjuiciar a la Mafia antes que pudieran impedírselo. De los capos, para sacarlo de circulación antes de que los llevase a juicio.

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