La ética de las empresas

Por Sebastián Gamen (*)

Desde lo jurídico se plantea que las personas jurídicas, como puede ser cualquier sociedad comercial, tienen nacionalidad. Esa nacionalidad se les otorga a las empresas según el domicilio donde se hayan constituido. Muy simple. Si constituyo una sociedad anónima en Argentina, entonces le otorgaré esa nacionalidad.
Esa nacionalidad que le concedo es independiente de la de sus socios, preponderando los atributos de la personalidad que tienen estas ficticias personas del derecho. Para aclarar aún más el concepto, si dos ciudadanos brasileños constituyen una sociedad en Argentina, entonces la nacionalidad de la sociedad será argentina.
Este fenómeno de otorgarles nacionalidad a las personas jurídicas fue causa de varias sentencias judiciales. Hasta incluso durante la Segunda Guerra Mundial las sociedades estadounidenses tenían prohibido por ley comercializar productos con el nazismo, reforzando la idea de nacionalidad en las empresas. También estuvieron los casos de Barcelona Traction (1970) y Electrónica Sicula (1989), sólo para nombrar un par.
Pero el tema de la nacionalidad de las personas jurídicas es complementaria de la idea de los atributos de la personalidad de las sociedades, que son el nombre, el domicilio, la capacidad, el patrimonio y -también- la nacionalidad.
La capacidad como atributo de la personalidad tiene relación con la capacidad de obrar que tienen las sociedades que, como sabemos, lo hacen por medio de sus representantes, directores, gerentes o quienes sus contratos faculten.
No debemos perder de vista que las personas jurídicas son diferentes de sus fundadores, socios y mucho más de sus administradores, quienes nunca deberán realizar actos contrarios a los intereses de la empresa. Las exigencias de la ley son de lealtad a ésta.
Ahora bien, las empresas cambiaron en estas últimas décadas, y mucho. Hace 50 años, las multinacionales se podían identificar fácilmente y se alertaba sobre dicha condición. Existía el temor de que esas empresas hicieran prevalecer los intereses de su nacionalidad por sobre la del país receptor.
Hoy en día, gracias a las tecnologías, no existe sociedad que no sea multinacional o, adaptándonos a la realidad, transnacional. El ecosistema de los servicios desbordó las fronteras del mundo y ya no existe empresa que no tenga injerencia en otros países. Basta observar el fenómeno de Alibaba, compañía china de e-commerce.
Hace algunos días veíamos cómo se desplomaban las acciones de Tesla, luego de varios desatinos de Elon Musk, personaje que pasó de salvador del mundo a una persona excéntrica que estaría llevando a la ruina a sus propias empresas. Vimos cómo una empresa inglesa -Cambridge Analytica- influyó en las elecciones de EEUU.
Todo esto me lleva a reflexionar sobre la ética de las empresas y la necesidad de que tengan una propia. No estoy hablando de los códigos internos, tampoco de la ética empresarial de moda, sino de una ética propia de la persona jurídica, diferente, muy diferente de la de los Mark Zuckerberg, de los Serguéi Brin, Larry Page o de los Jeff Bezos.
El mundo está quedando en poder de pocas personas e ingenuamente -quizás por autodefensa- confiamos en la ética de estos personajes. Los vemos incapaces de hacer el mal pero sabemos que, si quisieran, podrían hacer mucho daño.
Me parece que el mundo se debe una discusión, y es sobre que las personas jurídicas deben tener necesariamente una ética natural, independiente de las leyes positivas y la moral de cada país.
Tienen que respetar los intereses superiores de la humanidad y responsabilizarse cuando se aparten de ellos.

(*) Especialista en Derecho Comercial, Derecho Informático y TIC

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