Juan XXIII, el papa más sabio y prudente de la historia

La iglesia Católica, que se proclama a sí misma como una, única y universal, suele despertar de su letargo de siglos para proponer debates que le reclaman los nuevos tiempos.

Por Silverio E. Escudero – Exclusivo para Comercio y Justicia

Sin embargo, discusiones tan trascendentes se van enmoheciendo por causa de sectores conservadores que, aferrados a dogmas y formalismos anquilosados e inútiles, resisten los cambios que propone la sociedad.

Ésa es una de las razones por las que muchos -desde la ciencia y la razón- pretenden comprender cómo se toman las decisiones en el seno de la ciudad-Estado del Vaticano, sede política del papado, que hace culto de un secretismo, por momentos absurdo, tornando válido cualquier esfuerzo para romper esa barrera que la separa de la compresión del resto de los mortales.

Uno de ellos es, por cierto, el complejo mecanismo que lleva a la exaltación a hombres y mujeres a los que se les atribuyen capacidad de producir milagros. Cuestión que ha resurgido con fuerza a propósito de la canonización de dos papas que reinaron -con perfiles diferentes- en distintos segmentos, del por siempre controversial siglo XX.

Este breve ensayo tiene por objeto llamar la atención sobre dos cuestiones que se nos antojan importantes. La primera está dirigida a señalar el tono parcial del montaje publicitario que sirvió para llamar la atención de propios y extraños sobre la ceremonia de santificación. Sesgada hacia la personalidad del controvertido Karol Wojtila, en desmedro de la de Juan XXIII, que fue el papa más importante de la iglesia Católica en los últimos 500 años, mostró la catadura de sus ideólogos. La segunda, para señalar cómo desde la instalación de un conservadurismo cerril en la cátedra de Pedro, las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II fueron archivadas o prohibidas y los curas que adhirieron a sus enseñanzas sancionados por obispos que se niegan a confundirse con su grey y tener “olor a ovejas” -como les reclama, en este tiempo histórico, Jorge Bergoglio-.

Porque, al decir del historiador italiano Loris Zanata, “La Iglesia de Roncalli y la de Wojtyla combatieron duras batallas entre sí en el pasado y las siguen combatiendo: a golpes de citas, de testimonios, de símbolos, de recuerdos y de canonizaciones: es sano no olvidarlo ni ocultarlo. Dentro de las familias, por otra parte, tal como la Iglesia se presentó ayer –alude al día de la santificación- al mundo, suelen darse los amores más desinteresados y los rencores más duraderos. Por esto, creo que en esta doble canonización algo no cuadra. Y que a medida que pasen los días y las semanas, los años y los pontífices, se verá mejor.

Porque en realidad, si fue un triunfo, creo que lo fue de la política de las santificaciones más que de la santidad. Y usar los santos para combatir luchas políticas o teológicas, como métodos subliminales para escribir la historia a la medida de unos o de otros, no les hace bien ni a la política ni a la historia ni al espíritu.”.

El 28 de octubre de 1958 fue un día trascendente para la iglesia Católica. El cardenal Nicola Canali anunció a la Plaza de San Pedro, colmada de fieles, que el Cónclave había elegido al Patriarca de Venecia, Angelo Giuseppe Roncalli, sucesor de Pío XII, que eligió, para ser reconocido, el nombre de Juan XXIII.

Debía ser un papa de transición. Ése era el plan original. Roncalli estaba viejo y un cáncer de estómago corroía sus entrañas. Sin embargo, el ungido pensaba diferente. Así lo hizo saber muy pronto. El 25 de enero de 1959 anunció, urbe et orbi, su intención de centrar su pontificado en tres proyectos que entendía fundamentales para salud de la Iglesia: celebrar el olvidado Sínodo Romano, convocar al Concilio Ecuménico Vaticano II y ordenar la revisión del Código de Derecho Canónico, que se retrasó hasta 1964 por los trabajos propios del Concilio, a pesar de que la comisión fue constituida el 29 de marzo de 1963.

Los retardatorios de siempre, en nombre de la tradición, clamaron a los cielos. Los más osados aseveraban que habían caído, al elegir a Roncalli, en una trampa tendida por la iglesia holandesa, preguntándose en qué creían esos católicos. En esa obnubilación propia de los fanáticos olvidaban que lo que estaba proponiendo el papa Juan no era otra cosa que la agenda que sostuvo siempre desde el Patriarcado de Venecia. Gestión que le llevó a un fiero enfrentamiento contra los defensores del clericalismo y la Banca del Venetto, que se había enriquecido con el mercado negro durante la guerra, el lavado de dinero, el juego clandestino y la prostitución en manos de la mafia y la camorra.

Sus encíclicas fueron ocho. Mater et Magistra (Madre y Maestra, 1961) y Pacem in Terris (Paz en la Tierra, 1963) -escrita en plena guerra fría tras la llamada “Crisis de los Misiles” de octubre de 1962, que puso al mundo al borde de la guerra- resumen mejor su ministerio y compromiso. Era el pensamiento vivo de un hombre sabio que se había jugado la vida, durante la Segunda Guerra Mundial, protegiendo a los fugitivos cuando era delegado apostólico en Turquía y más tarde, como nuncio apostólico de Francia, mientras sus superiores mantenían oscuros negocios con Adolfo Hitler y Benito Mussolini.

Queremos concluir este encuentro en homenaje al hombre que no necesita ser santo para ser reconocido, tratando de encontrar en sus palabras las adecuadas para hacer un llamamiento a deponer las armas, cuando han comenzado a tronar los cañones: “La justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad humana –escribió en Pacem in Terris- exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y eficaces garantías (…) en nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado.”

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