Honrar la democracia es comprometerse con las mayorías sufrientes

Cuando asumimos la responsabilidad de ocupar una banca legislativa, lo hacíamos en la convicción de que había que hacer lo que debíamos hacer.

Por Liliana Montero * – Exclusivo para Comercio y Justicia

No llegamos a una banca fruto del azar ni vacíos de contenido. Llegamos nutridos de muchos años de formación política que ponen la ética en el centro de nuestra gestión.

Entendiendo la ética no como una posición que hace eje en valores morales que pretendan decir lo que está bien o lo que está mal sino entendiendo que la ética tiene que ver con comprender que no llegamos a la función pública para que la realidad nos pase por al lado.

Llegamos a la función pública para operar sobre esa realidad e intentar cambiarla a fin de lograr una sociedad más justa.

Espacios ocultos
Cientos de situaciones se mantienen ocultas a la vista de todos. Sabemos que existen lugares de encierro: desde aquellos que albergan a los “locos pobres” -como son los manicomios-, pasando por los geriátricos, los institutos en donde viven los niños que han sido abandonados o víctimas de violencia familiar, los que albergan a los jóvenes que han delinquido como el Complejo (Des) Esperanza o la cárcel. Hay una constante en estos lugares que se repite, sin importar a qué son destinados: en todos ellos se ha perdido la dimensión humana, en todos ellos las personas han dejado de ser personas para ser “cosas”; los pacientes son los de la sala 1 o la sala 3, los jóvenes son los del módulo 5 o del 7, los niños son, en el mejor de los casos, “el de la causa tal”. Cada uno de ellos dejó de ser cada uno para transformarse allí dentro en un objeto que, la mayor parte de las veces, hasta se puede apilar a otro objeto y entonces tenemos la sobrepoblación en las instituciones.

Transitar estos lugares de encierro es transitar el horror. Es darse de frente con la mayor expresión de abandono que el Estado hace de las personas. Es enfrentarse hasta lo más profundo con la miseria humana, la de aquellos que -teniendo responsabilidad de garantizar derechos- los violan sistemáticamente una y otra vez. Y es también enfrentarse a una sociedad que prefiere también mirar para otro lado o que cree que lo que allí pasa nada tiene que ver con cada uno de los que estamos afuera.

Más de una vez, cuando camino por estas instituciones, me quiero ir; no quiero estar en esos lugares, me lacera todos los sentidos. Digo “nada de lo que aquí sucede se puede rescatar”. Y entonces me encuentro, como en el Complejo Esperanza, con las artesanías en papel que los pibes hacen, que aprenden solos y que se lo transmiten de boca en boca. O encuentro la mirada de un “loco” que me abraza fuertemente y me dice que me quiere aunque no sepa quién soy o en todo caso soy quien él quiera que sea. O me encuentro con la férrea voluntad de algunos trabajadores por humanizar lo deshumanizado.

Compadezco -es decir, padezco con ellos- a quienes tienen que trabajar allí y siento un profundo dolor por esas mujeres y esos hombres a quienes el Estado trata como objetos, a quienes les han quitado su dignidad humana, a quienes violentan día a día sometiéndolos a transitar la vida en condiciones degradantes e inhumanas.

No te acostumbres al horror
A medida que vamos recorriendo estos lugares, pienso que se puede generar en mí cierta capacidad de acostumbramiento a ese espanto. Entonces, cada vez que vamos a ingresar a un nuevo lugar o retransitar alguno que ya visitamos, me digo: “No te acostumbres al horror”. Creo que ha sido ese mandato personal lo que me permite poner en la agenda pública con claridad lo que allí sucede y tener una acción sistemática y sostenida en el tiempo.

Así, como la canción de Eladia Blázquez dice “que permanecer y transcurrir no significa honrar la vida”, tampoco declamar y pregonar la democracia significa honrar la democracia.

A eso apelo. A que cada uno desde su lugar, respetando las distintas miradas, entendamos que tenemos la obligación de honrar la democracia y que lo vamos a lograr cuando reconozcamos y saldemos la deuda más importante que tenemos: la de tomar medidas estructurales que nos permitan pasar de simples programas a políticas de Estado que pongan el eje en la dignidad de las mayorías excluidas y sufrientes de donde provienen todos nuestros conciudadanos confinados a estos lugares de encierro.

* Legisladora provincial – presidenta del Bloque del Frente Cívico

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