Historia de la discriminación de género en el Río de la Plata

Por Aníbal Edmundo Heredia (*)

Como es bien sabido, los portugueses intentaron tener una posición predominante en la cuenca del Plata; durante un tiempo llegaron a ocupar un territorio en su desembocadura y, por tanto, una salida hacia el Atlántico. En esta cuestión tuvieron algo que ver las mujeres aunque no precisamente como protagonistas.
Como es bien sabido también, en 1808 la familia real portuguesa y su corte debieron salir precipitadamente de Lisboa para no caer en manos de Napoleón; se refugiaron primero en Salvador de Bahía y luego en Río de Janeiro, con lo cual esta ciudad pasó a ser durante varios años la capital de la monarquía Braganza. En tanto, el rey de España, el borbón Fernando VII, fue hecho prisionero y España quedó bajo la ocupación del usurpador, gobernada por José Bonaparte, hermano de Napoleón.

Frente a un cambio tan violento de la situación en la península ibérica, la primera oportunidad para cumplir la ambición portuguesa de tomar posición en el Río de la Plata pareció presentarse en 1812, pero fue un intento fallido, debido sobre todo a los excluyentes imperativos de la guerra en Europa. La segunda oportunidad fue mejor preparada y así la Banda Oriental, futuro Uruguay, pasó a manos de la corona Braganza, en 1816, ya liberada la Europa de la hegemonía napoleónica.
Pero al mismo tiempo que entraban las tropas lusitanas en dirección a Montevideo, dos núbiles princesitas eran trasladadas desde Río de Janeiro a España para contraer matrimonios con el rey Fernando y su hermano Carlos, en cumplimiento de un acuerdo real. Ambas eran hijas del príncipe Juan de Braganza y de Carlota Joaquina de Borbón, ésta hermana del rey español, por tanto sobrinas de sus futuros maridos.

Desde el punto de vista español, la negociación era un paso fundamental para lograr el apoyo lusitano en su propósito de recuperar su Virreinato del Plata y de terminar con las pretensiones portuguesas de hacerse de la Banda Oriental, como que tan pronto de producida la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires el gobierno portugués había intentado posesionarse de todo el territorio que había sido el Virreinato del Río de la Plata, bajo el pretexto de proteger los dominios de su pariente Borbón ante el posible intento de un zarpazo napoleónico.
Obviamente, las adolescentes no habían sido consultadas sobre estos planes matrimoniales ni tenían noción alguna de su hondo contenido geopolítico y dinástico, ya que se trataba de una cuestión de Estado a las que eran totalmente ajenas; por lo tanto, eran algo así como objetos de canje: dos princesitas a cambio de un territorio.

Cuando el barco que las transportaba se acercaba a las costas españolas llegó a la Corte de Madrid la noticia de la invasión de las tropas portuguesas de la Banda Oriental. Los españoles no podían creer conducta tan dual, fuera de toda previsión, justamente cuando se preparaban los desposorios reales que sellarían la alianza familiar entre Borbones y Braganza, entre España y Portugal.
Los consejeros de Fernando sostenían que el acto de la ocupación era una traición inaceptable y que las princesitas debían ser devueltas a Río de Janeiro sin permitirles desembarcar. Pero Fernando -quizá entre condolido y resignado-, dispuso lo contrario y los casamientos se llevaron a cabo. Fue el segundo casamiento del rey en la búsqueda de descendencia, ya que no lo había logrado con su primera esposa quien, como la enviada desde Brasil, también se llamaba María.
Pero esta María Braganza Borbón falleció dos años después de una enfermedad extraña, llamada alferedía, parecida a la epilepsia; ocurrió que quedó embarazada y a punto de parir tuvo un ataque en el que perdió la conciencia. Los médicos la creyeron muerta y trataron de salvar a la criatura aún nonata -destinada a suceder en el trono de España en el futuro y, por tanto, muy importante para salvar la Corona y el reino-, para lo cual procedieron de manera cruenta con la parturienta, quien erróneamente creían muerta. Pero la criatura estaba sin vida e igual suerte corrió la princesa debido a la torpeza del procedimiento; luego de lanzar un grito desgarrador, con lo que reveló que estaba con vida, la princesa murió, poniendo en evidencia el fatal error.

Fernando se casó dos veces más, con otras dos Marías. Con alguna ironía algún allegado debió aconsejarle que, además de cambiar de esposa, debía casarse con alguna que tuviera otro nombre. Pero ya por entonces el gobierno de Río de Janeiro había decretado oficialmente la incorporación de la Banda Oriental al Brasil portugués, con el nombre de Provincia Cisplatina. El asunto se dilucidaría años más tarde con otros recursos, entre la diplomacia y la guerra. Como era costumbre, los conflictos entre las naciones europeas se resolvían con el canje e intercambio de territorios y con el canje e intercambio de princesas. Esto daba ocasión para que algunas guerras terminaran en matrimonio y que algunos matrimonios terminaran en guerras, todo lo cual era perfectamente humano.
Entonces España trató de resolver la cuestión del Plata y de la Banda Oriental mediante otro procedimiento y de una manera menos humana: el canje de territorios. Un minúsculo territorio -la plaza de Olivenza-, estaba ocupado por un castillo en la frontera entre España y Portugal, y su traspaso pasó a ser el objeto concreto del recurso al que Fernando apeló, en reemplazo de aquellos fracasados matrimonios. Ahora parecía que un pedazo de tierra y un castillo valían tanto como un fértil territorio ubicado estratégicamente en la salida de la mayor cuenca de América del Sur; los uruguayos deberían estar ofendidos por tan desigual comparación. Pero ésa es otra historia.

Parece que los dos problemas de Fernando VII eran de territorios y de descendencia y a ambos dedicó sus desvelos, sin mayor preocupación por distinguir la distinta naturaleza de uno y otro. Perdió en ambos casos, a pesar de haber poseído uno de los más grandes imperios de la historia, a pesar también de sus cuatro matrimonios marianos y pese a haber utilizado en sus empeños, casi como un negocio inmobiliario, a dos núbiles princesitas adolescentes.
El fin de la triste historia de ellas quedó a cargo de la atenta y hábil diplomacia británica, y así hoy vivimos en paz teniendo como vecinos a estos amigos y hermanos del otro lado del Río de la Plata. A veces la historia parece un cuento.

(*) Doctor en historia. Miembro de número de la Junta Provincial de Historia de Córdoba.

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