Guerra Civil Española: la ruta de Los Pirineos (II)

Los aviones de Mussolini hacían vuelos rasantes y ametrallaban esa marea silenciosa y derrotada. Eran españoles que huían de la intolerancia fascista, eran sobrevivientes de la Guerra Civil Española. (Leer la parte I aquí)

 Por Luis Zanetti* – Exclusivo para Comercio y Justicia

“Faltaba bastante aún para llegar a la frontera y se rompió el colectivo”, recuerda Concepción, 75 años después, en su casa de Bajo Palermo, en Córdoba, “en un momento nos escondimos bajo un tanque, eso nos salvó.” Miles de españoles fueron asesinados mientras caminaban o se desplazaban tras el objetivo de escapar a Francia.

Juan Sánchez Sánchez, republicano español, cuenta en su relato sobre la travesía a través de Los Pirineos. “…cuando la patrulla se dio cuenta de que nosotros no éramos heridos, nos dijeron que tendríamos que bajarnos en la siguiente estación (… ), al poco de bajarnos (…) llegó la aviación de Franco y se puso a bombardear el tren. Vimos caer las bombas desde donde estábamos y cuando llegamos hasta ellos, contemplamos el desastre que habían producido, con muchísimos heridos y bastantes muertos”.

En ese desesperado avanzar hacia la supervivencia, muchos murieron bajo el fuego fascista y otros tantos perecieron de frío. El caudillo los prefería muertos antes que exiliados.
“Éramos 21 niños y nos acompañaban tres milicianos”. Concepción todavía recuerda la sensación de caminar sobre la nieve, soportando el frío y el cansancio. Su pollera tableada y su blazer no alcanzaban para mantenerla tibia y el frío entrando hasta sus huesos aún le duele en el invierno cordobés. Los milicianos eran muchachos de no más de 20 ó 21 años, ellos los alimentaban, los abrigaban con sus capotes, los consolaban cuando los más pequeños lloraban reclamando a sus madres. Su responsabilidad era cuidar a esos hijos de militantes republicanos. “Cuando parábamos para hacer noche, nos quitaban el calzado y nos frotaban los pies para evitar que se congelaran. Éramos todos muy pequeños, creo que el menor debía tener siete años y la mayor debía ser yo y otra, que teníamos 10”.

“Detrás de aquella montañita está Francia”, mentían los soldados para animar el espíritu de los niños que, agotados, caminaban arrastrando los pies. “Y detrás de la montañita no estaba Francia y teníamos que seguir caminando”, dice Concepción con una sonrisa calma que apenas disimula el cansancio de la memoria.

Cuando aún faltaban varios kilómetros para llegar a la frontera, un colectivo que llevaba heridos se detuvo ante la mirada temblorosa de esta extraña columna de exiliados, que promediaban ocho años de edad. Los que tenían heridas menores se bajaron y les cedieron sus lugares.

Así escapó de las manos de Franco, así pudo llegar a Francia. Tuvo la fortuna de no terminar en los campos de concentración que el gobierno francés mandó levantar en las costas del Mediterráneo, a pocos kilómetros de la frontera. Allí murieron muchos más, fundamentalmente niños y ancianos que no pudieron soportar el hambre y la intemperie. Francia tampoco quería a esos exiliados, les había permitido escapar de España pero los trataba como prisioneros.

Sin embargo, su suerte no sería tal. Por su edad, fue llevada a un campo de refugiados en la isla de Olerón, aunque allí la vida tampoco le sería fácil. “Llegamos de noche y nos pusieron apretujadas en dormitorios de a seis…”, hace un esfuerzo por recordar. “No nos contestaban cuando les preguntábamos algo, nos gritaban para decirnos qué debíamos hacer… y fue ahí donde nos contagiamos de sarna.”

Una de las maestras del internado aceptó enviar una carta de Concepción a su abuela, que había quedado en Gijón. La respuesta llegó después de algunas semanas… “en la carta me contaba sobre la muerte de mi padre… recuerdo que me pasé la noche acurrucada bajo un árbol, llorando. No escuchaba los gritos de los que me buscaban… a la madrugada me encontraron temblando de frío…”, recuerda Concepción mientras sus brazos se cruzan intentando abrigar el corazón.

Gracias a esa carta, su abuela pudo dar noticias sobre el paradero de Concepción a su madre, Cándida, que había sido llevada a Montdidier. A partir de ahí comenzaron los esfuerzos por reunirse con ella y con su hermana, Lola, que estaba en un campo de refugiados en Biarritz.

Hubieron de pasar varias semanas hasta que las cuatro mujeres se reencontraron en tierras galas. Pero la tragedia avanzaba sobre Europa. España había sido el preludio de la II Guerra Mundial. Hitler invadía Francia… para Cándida y sus hijas no quedaba otro camino que el retorno a la España monárquica, clerical y fascista de Francisco Franco.

Antonio Machado murió en Francia cuando tenía 63 años, a su entierro asistieron los republicanos confinados en los campos de concentración custodiados por los soldados franceses. Concepción era entonces una niña de apenas 10 años. Ambos habían cruzado la frontera en los mismos días de aquel invierno: el poeta por Portbou, la niña por Irun, poblaciones situadas en los extremos de una frontera que dolía en toda su extensión. Ambos huían de la barbarie franquista. Machado sobrevivió apenas unos pocos días, Concepción hoy nos hace partícipes de su propia historia.

De sus labios escuchamos, 75 años después, los últimos versos del poeta, escritos sobre la tierra que finalmente recibiría sus huesos: “Estos días azules/Este sol de la infancia…”

(*) Comunicador social. Documentalista

Artículos destacados