Guerra Civil Española: la ruta de los Pirineos (I)

El informe médico habla de un enfisema; yo me quedo con la opinión de sus biógrafos, quienes dicen que fue de pena. El poeta español Antonio Machado murió el 22 de febrero de 1939 en Colliure, un pequeño pueblito de la costa mediterránea francesa.

Por Luis Zanetti (*) – Exclusivo para Comercio y Justicia

Llevaba apenas unos días en Francia, había llegado con las últimas luces de ese lluvioso sábado 28 de enero. Huía de la represión franquista, tenía en claro que el fascismo no le perdonaría su adhesión militante a la República. Él había sido autor de 26 artículos publicados en “La Vanguardia”, órgano de difusión del gobierno republicano en Barcelona. Todas esas publicaciones habían sido de abierto respaldo a la legalidad republicana y en contra del alzamiento fascista encabezado por Francisco Franco.

Machado fue uno de los 465.000 españoles que cruzaron los Pirineos en ese crudo invierno de 1939, cuando la Guerra Civil Española estaba llegando al final de su etapa más cruenta. En el lapso de dos semanas, las fronteras de Francia se abrieron para recibir a mujeres, niños, ancianos pero también combatientes que huían luego de la caída del frente republicano en las costas del Ebro.

Fue un éxodo como pocos en la historia. No sólo por el número de exiliados sino por las condiciones en que esos miles de españoles tuvieron que atravesar los pasos fronterizos de la montaña, tras la esperanza de sobrevivir al escarmiento franquista.

La mayoría de ellos eran catalanes. Barcelona había resistido hasta que, finalmente, las fuerzas insurrectas habían llegado a sus suburbios. Entonces, el pánico encontró el terreno para crecer sin límites. A lo largo de los últimos dos años la ciudad había dado cobijo a los que abandonaban las zonas que paulatinamente caían bajo control franquista.

En el quinto piso de la calle Provenza 327, vivía Concepción, quien con sus 10 años había visto morir su infancia bajo el horror de una guerra que apenas podía comprender. Junto a su madre Cándida y sus dos hermanas había llegado en los primeros días de octubre de 1937.

Atrás había quedado El Musel, un pueblito pegado a Gijón, que unos días después quedaría en manos del poder faccioso. Agustín Suárez, su padre, había sido comisario político en el frente norte. Cuando se quebraron las defensas de la ciudad, que tenía uno de los puertos más importantes de la España de entonces, Agustín fue capturado y más tarde fusilado.

El invierno de 1939 había sido particularmente frío y húmedo. Esa mañana de enero, Concepción partió bien abrigada hacia el colegio francés al que asistía desde hacía poco más de un año. Los comentarios con sus compañeras tenían como tema excluyente los bombardeos del día anterior.

Ella no corría a los refugios cuando las sirenas se hacían escuchar, su madre había decidido que, si les tocaba morir, sería con el aire acariciándoles el rostro y no hacinadas bajo los adoquines barceloneses.

Fueron alrededor de 40 los bombardeos que sufrió Barcelona en los días previos al ingreso de las tropas nacionales. Quince bombarderos italianos Savoia-Marchetti, en grupos de a cinco protagonizaron la descarga de bombas más intensa de toda la guerra.

Cuando aún no era tiempo del segundo recreo, el patio del colegio se alborotó de una manera nueva. Algunos gritos instaban a salir de las aulas. Los milicianos ordenaban a los alumnos y los conducían apresuradamente a los autobuses que esperaban, con el motor en marcha, en la puerta del colegio. La evacuación masiva había comenzado. Los disparos de artillería se escuchaban cada vez más cerca. Era la mañana del lunes 23 de enero de 1939. La noche antes, el presidente Juan Negrín había ordenado la evacuación de las autoridades de gobierno para instalarse en Gerona. Barcelona se desangraba, se vaciaba. Barcelona caía y la República daba los últimos estertores.

A la misma hora, Cándida y Lucy -su hija más pequeña- eran conducidas por otro grupo de milicianos hacia las carreteras ya colapsadas por la huida caótica y desesperada. Lola, la mayor de las hermanas, internada por una afección en su pierna, ya viajaba en otro colectivo rumbo a la frontera. De nada valieron las súplicas de la mujer para pasar a buscar a sus dos hijas mayores.

“Ellas ya han sido evacuadas en otros transportes” era la respuesta repetida a sus reiteradas demandas. La promesa de reunirse todas en Francia no alcanzaba para calmar su angustia.

En camiones, colectivos, autos, carros, caminando… familias enteras a pie, niños, ancianos en un desplazarse frenético inicialmente, pero que, al cabo de las horas y los días, se hacía cada vez más lento y fatigoso.

La orden de evacuación no había dado tiempo a preparar nada. Todos escaparon con lo puesto y algunas pocas pertenencias mal acomodadas en valijas, cajas y bolsos. Las banquinas fueron el destino final de todo aquello que no fuera estrictamente necesario para abrigarse.

Ningún bulto extra quedó en manos de los que llegaron a los pasos fronterizos. Y cuando la comida recogida rápidamente de las alacenas comenzó a escasear, dependieron de la buena voluntad de los campesinos que iban encontrando a su paso. El hambre y el frío hicieron estragos entre aquellos que lograron sortear el fuego de metralla y las bombas lanzadas por la aviación italiana, soporte fundamental en la ofensiva final nacionalista.

(*) Comunicador social – Documentalista

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