Félix Cernuschi: una aproximación a un maestro constructor de científicos

Por Silverio E. Escudero

De entre los cortinados del olvido de la historia científica argentina rescatamos, en breves trazos, la vida y la obra de un auténtico maestro. Un maestro de científicos que, desde siempre, fue un incordio para los poderosos y al que temían los totalitarismos.

Este reformista cabal había nacido en Montevideo y en la década del 30, cuando era estudiante de ingeniería en la Universidad de Buenos Aires (UBA), era seguido por la policía en forma constante por su prédica antifascista que desbordaba el ámbito universitario e inundaba los barrios del bajo porteño.

Tanta era la preocupación que despertaba en el seno del gobierno salido del golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930 que cada vez que era detenido era interrogado en persona por el hijo de Leopoldo Lugones. Sí, por “Polito”.

El Lugones torturador quien, en su profunda ignorancia y brutalidad, odiaba la universidad y  la cultura.

Félix Cernuschi sobrevivió a la locura represiva.

Después de graduarse de ingeniero (1932) se doctoró en física en la Universidad de Cambridge (1938).

Cuando se produjo la revolución del 4 de junio de 1943 encabezaba la lista de los sospechosos de siempre. Sufrió todo tipo de afrentas. Buscaban cercarlo por el hambre.

Es que no soportaban que este hombre libre, democrático y de buenas costumbres denunciara la connivencia del gobierno faccioso con la Alemania nazi.

Por esa razón debió exiliarse y en 1946 renunció a su cargo de asesor científico de la Unesco, porque el Gobierno argentino no le daba su aval y él no quería adoptar otra ciudadanía con el solo fin de conservar el conchabo.

Pasó el tiempo y los métodos fascistas son los mismos. Sólo cambiaron los actores. Cercar a quienes tienen opinión propia y no se callan ante la prepotencia gubernamental.

Por esa circunstancia, Cernuschi renunció como director del Departamento de Física en la Facultad de Ingeniería de la UBA, luego de la Noche de los Bastones Largos -29 de julio de 1966-, cuando la dictadura encabezada por Juan Carlos Ongania ordenó a la Policía Federal que apaleara a estudiantes y docentes con el objeto de desmantelar la universidad argentina, que transitaba por el mejor momento de su historia.

Cernuschi emigró junto a 301 profesores, de los cuales 215 eran científicos de alto rango. Nuestro personaje fue recibido como profesor en las universidades de Princeton y Harvard e investigador en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Luego enseñó en Puerto Rico y en la Facultad de Ingeniería y Ramas Anexas de Montevideo. Desde esa posición expectable promovió la creación del Planetario de Montevideo “German Barbatto” e inspiró un programa de divulgación científica que fortificó el desarrollo de las ciencias duras en su nación de origen.

Su paso por el Observatorio Astronómico de Córdoba fue significativo. Es que tras una estada en Estados Unidos, se ocupó “especialmente» de problemas relacionados con la constitución interna de las estrellas.

«En su memoria ‘On the behavior of matter at extremely high temperatures and pressures’ trata de aplicar a este tema algunos resultados modernos de la física nuclear.

Introduce el concepto de fase para la materia central de las estrellas, lo que puede conducir a una nueva interpretación del diagrama de Russell. Otras investigaciones de Cernuschi se refieren a las supernovas y a la radiación cósmica”, anota Omar A. Bernaola en su imprescindible trabajo titulado Enrique Gaviola y el Observatorio Astronómico de Córdoba.

Adentrémonos en el pensamiento de nuestro maestro de científicos. Descubramos, en parte, el respeto casi reverencial que le guardaban algunos miembros de la Academia Nacional de Ciencias, quienes ponían el acento en destacar su preocupación por la enseñanza de las ciencias.

«Yo siempre fui contrario a las clases monologadas, en las que el alumno se sienta y el profesor le da su discurso: es pedagógicamente malísimo”, explica. “Tal vez sirva en la enseñanza del derecho pero en ciencias exactas o en cualquier rama pura o aplicada ese procedimiento no sirve para nada. Se necesitan clases en las que el estudiante esté despierto y participando; tiene que haber un diálogo entre profesor y estudiante», ilustra.

En la década del 80, a cargo de Física II de la Facultad de Ingeniería, Cernuschi concretó su proyecto de utilizar el método Keller -creado por Keller y Sherman en la Universidad de Brasilia-, que requiere trabajar con grupos de hasta 10 alumnos. La materia -anota Pedro Lipcovich en una columna del diario El País de Madrid- se divide en unidades breves y cada alumno avanza según su propia capacidad, concentración y tiempo disponible.

Cuando el estudiante considera que conoce y comprende una unidad de estudio, solicita ser sometido a un breve examen. «El eventual fracaso en uno de estos miniexámenes no gravita contra el concepto del alumno sino que forma parte del feed back entre docente y alumno. La calificación final se otorga por el número de unidades que el alumno estudió y comprendió», agrega Lipcovich.

Pero es menester volver a escuchar la palabra del maestro. Propone temas de reflexión que las universidades, muchas veces, no se atreven abordar.

«Soy profesor emérito hace rato, no tengo nadie que me mande. Doy mi curso como considero que debe darse, con la participación activa de los alumnos. Son seminarios de perfeccionamiento para los que cursan el doctorado -que implanté siendo decano- o quieren profundizar. Los doy aquí mismo, en mi despacho. No quiero más que 8 ó 9 alumnos y cabemos perfectamente, por eso no puse más asientos ni deseo tener un lugar más amplio», describe.

A la hora de profundizar sobre las dificultades de las universidades, opina: “El ingreso irrestricto es un engaño que se le hace al estudiante. En realidad, mi primera tarea docente fue en los cursos para el ingreso que dictaba el Centro de Estudiantes de Ingeniería. Yo todavía era estudiante cuando empecé a dictarlos y seguí cuando era profesor. Los cursos eran gratuitos y yo no cobraba por dictarlos, desde luego; y eran muy concurridos. En el examen de ingreso no hay por qué preguntar cosas que no estén en los programas de secundario; si el alumno de primer año de ingeniería no conoce bien la matemática y la física del secundario, ¿cuándo vamos a empezar con lo que corresponde a primer año de universidad? Lo que pasa es que muchos profesores de secundaria no completan los programas o los completan mal”.

Al poner la mira en el problema del ingreso universitario, enjuicia el nivel medio de nuestro sistema educativo y opina que es un error estructurarlo con tantas materias. “Al haber tantas materias, se le da menos tiempo al estudiante para razonar y digerir el conocimiento. Se le exige memorizar demasiado y eso es un mal uso para el cerebro; es mejor disciplinar el cerebro para el razonamiento que usarlo meramente para registrar datos. Para colmo, después, cuando entran en la universidad, los estudiantes están desamparados, se las arreglan como pueden porque no tienen como en otros países alguien que los guie, un tutor, como por ejemplo en Cambridge, que sin duda es la mejor universidad que he conocido”, dice Cernuschi.

En 1933, una vez recibido de ingeniero, viajó como becario. Debía preparar su tesis doctoral.

“Tuve que trabajar tres años bajo la supervisión de Robert Flower, que era el mejor especialista del mundo en mecánica estadística y su libro sigue siendo el mejor después de tantas décadas. En Cambridge todos, profesores y alumnos, tienen dedicación exclusiva (…) La diferencia de Cambridge con cualquier otra universidad radica en el tutorial, cada estudiante tiene asignado un profesor como tutor que lo guía y lo controla. Eso está en correlación con el hecho de que los planes de estudio no son rígidos, de manera que, a partir de unas cuantas materias básicas, obligatorias, el alumno va armando el perfil de su carrera”, añade.

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