Europa ¿vive su hora más crucial?

La guerra entre Rusia y Ucrania –en crecimiento- y el posible avance de los partidos antieuropeos en las elecciones parlamentarias continentales que se celebrarán entre el 22 y el 28 próximos ponen, a esta hora, en grave riesgo los logros alcanzados durante décadas por la Unión Europea (UE).

Por Silverio E. Escudero – Exclusivo para Comercio y Justicia

Las perspectivas electorales para este año dan motivos para estar preocupado, explica uno de nuestros corresponsales habituales, residente en Italia. La crisis económica en Europa -avisa- está prácticamente venciéndose poco a poco, pero la crisis política en la que está inmersa está lejos de resolverse, por ello “se deben tomar en serio, muy en serio, las elecciones europeas porque es ingenuo suponer que los logros de la Unión Europea son irreversibles. El hacha del neonazismo y sus aliados destrozarían, en un instante, todo el progreso alcanzado y retrotraería la situación política a etapas previas a la caída del Muro de Berlín”.

Otro de ellos, un sociólogo uruguayo que reside en los alrededores de Bruselas y es profesor de la Universidad de Lovaina, se muestra sorprendido ante la falta de reacción de la clase política europea. “Es la misma que mostraron cuando Hitler avanzaba sobre Alemania y Austria. Creen –como creyeron entonces, acotamos- que se puede solucionar la crisis política administrando aspirinas a un enfermo terminal. No tienen en cuenta ninguno de los datos que les ofrece la realidad. Les importa más la salud de la banca que la situación de una población que vive al borde del descalabro. Así los nacionalismos resultan fortalecidos ante el electorado, aun a sabiendas de que sus recetas son voluntaristas y no se condicen con la realidad”.

El primer gran síntoma fue –según nuestro colaborador- el crecimiento explosivo del Partido Independencia del Reino Unido, más conocido por sus siglas UKIP, que lidera Nigel Farage. Partido que se transformó en un polo de atracción de los conservadores más tradicionalistas del continente, opuestos a una mayor integración europea. Las elecciones de medio término le permitieron disputar el tercer puesto, que le da cierta perspectiva de triunfo en los comicios que se celebrarán el año entrante. Sus festejos fueron multitudinarios. Londres, Liverpool, Birmingham, Sheffield, Bristol y Leeds disputaron, palmo a palmo, el fervor que desplegaba Manchester y en todo el territorio de Gales, acto al que concurrieron delegados de los partidos antieuropeos de Francia, Dinamarca y Holanda.

Tanto fue el impacto que obligó al viceprimer ministro británico y líder liberaldemócrata, Nick Clegg, a reconocer, ante los cronistas de The Guardian, que el surgimiento del UKIP está empujando al gobierno inglés a abandonar el centro político para inclinarse más hacia la derecha, y citó como ejemplos sus medidas sobre Europa -comprometerse a convocar un referéndum sobre la permanencia en la UE si gana las elecciones- y los recortes en el sistema del Estado del bienestar. «El énfasis de los conservadores antes de las elecciones de 2010 era centrista, solidario, un partido verde, pero está volviendo a los tonos conservadores tradicionales» como manera de «fortalecer las defensas» frente al UKIP.

El tono general de la campaña antieuropea tiene un fuerte acento germanófobo, sobre el que se ha montado la derecha francesa. Y como por arte de magia, es dable observar cómo surgen en las áreas industriales y agrícolo-ganaderas afiches de Margaret Thatcher en los cuales parece decir “No me hicieron caso. Ahora es imposible soportar que después de perder dos guerras mundiales Alemania ha vencido a Europa”. Mensaje que, también, han asumido como suyo todos los partidos de ultraderecha.

Porque Maastricht fue, como se dijo en su día, el triunfo de las políticas neoliberales en Europa, y el triunfo de la Europa del capital y de los mercaderes sobre las personas y los ciudadanos. Porque el texto, harto farragoso, dejaba atados y bien atados las aspectos económicos de la Unión Europea, pero dejaba esbozados con declaraciones de buenas intenciones el resto de asuntos, como la política de empleo o la seguridad común. En particular, el artículo 101 que prohíbe “la concesión de cualquier tipo de crédito por el Banco Central Europeo (BCE) y por los bancos centrales de los Estados miembros (…) en favor de instituciones u organismos comunitarios, gobiernos centrales, autoridades regionales o locales u otras autoridades públicas (…) o empresas públicas de los Estados miembros, así como la adquisición directa a los mismos de instrumentos de deuda por el BCE o los bancos centrales nacionales”. El artículo 108 consagra la independencia del BCE y de los bancos centrales que quedaban integrados en el Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC), y el artículo 104 establecía los criterios para la convergencia económica que se concretaban en un protocolo anexo: que el déficit público anual no superara 3% del PIB, que la deuda acumulada no superara 60% y que la inflación no superara en 1,5% la media de los tres países que la tuviesen más baja. El protocolo 11 exime al Reino Unido de unirse a la moneda única y le permite conservar la libra esterlina.

Lo extraño –o no tanto- es la coincidencia de los conservadores y comunistas europeos en el rechazo. Aquéllos ponen el acento en la pérdida de soberanía como lo justificó, en 1992, Gianfranco Fini, quien fue líder del neofascista Movimiento Social Italiano y, ahora, fundador del partido Futuro y Libertad para Italia, cuando dijo que “Hay que reflexionar bien antes de entregarnos de pies y manos al Bundesbank”. Para la izquierda, el tratado de Maastricht institucionaliza políticas neoliberales al hacer obligatorios los recortes en el gasto público buscando sólo una convergencia macroeconómica nominal. Le acusaba de buscar sólo un escenario favorable para la libertad de movimientos del capital a costa del bienestar social, pues la estabilidad presupuestaria eliminaba de hecho el papel redistribuidor del Estado al prohibirle intervenir en la política monetaria, subvirtiendo los principios de soberanía popular y de control de las acciones de gobierno.

En tanto, ante la perspectiva del caos, Vladimir Putin y Barack Obama ¿se restriegan las manos?

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