Enfermedad y auténtica solidaridad del género humano

Por Armando S. Andruet (h) Twitter: @armandosandruet

Dos meses atrás conocimos la existencia de un extravagante mercado en la también para la mayoría de nosotros ignota ciudad de Wuhan, en China, donde sucedían cuestiones sin duda insólitas. Por ejemplo, la permanencia, faena y venta al público de animales de todo tipo que eran presentados al comercio gastronómico; desde víboras a murciélagos, pasando por una variopinta cantidad de aves, pescados y también pequeños mamíferos.
En verdad no debería extrañar ese tipo de mercados; quien haya visitado el zoo de Marrakech, Marruecos, podrá tener un recuerdo parecido, solo que los animales faenados a la vista del comprador no pasaban de gallinas y alguno que otro cordero. Luego supimos que China reconocía estar afectada por una epidemia de algún tipo de influenza y que tenía, dicho virus, una dinamicidad tal que a los días la ciudad fue materialmente hermetizada.
Las epidemias han acompañado la historia del hombre desde los tiempos más remotos; ya existen relatos en la Odisea. Pero ninguno superior al que Tucídides, en Historia de la guerra del Peloponeso, cronicó aquella que sacudió la Grecia del siglo V a.c., que inicialmente se conoció como «peste bubónica» pero, sin embargo, el cuidado descriptivo del historiador parecía sugerir otro agente patógeno. Luego fueron muchas más, hasta la más importante en términos de morbimortalidad que sucedió en el siglo XIV y que mató a un tercio de la población europea, que por 1340 era de unos 75 millones (por la «peste negra» habían muerto unos 25 millones de personas).
Duró siete años, y sólo se pudo comprender su causalidad a mediados del siglo XIX, cuando se conoció el mundo microbiológico y los agentes de tantos males.
Las epidemias, cualesquiera fueran, el hombre antiguo siempre las entendió como castigos divinos o meras rebeldías de la naturaleza. Basta leer el prólogo de la obra Decameron, de Giovanni Boccaccio, para comprender lo primero y advertir los caminos del desenfreno al cual los hombres se podían entregar porque, al fin, todos iban a morir.
El temor a la muerte en el hombre antiguo no era un asunto preocupante pues sabían ellos de su precariedad. Sin embargo, a la enfermedad de la peste sí había temor. El mismo gran Galeno en el siglo II, cuando se declaró la llamada «peste antonina», huyó de Roma, donde estaba el epicentro, sabiendo acaso el gran médico mejor que cualquiera que indefectiblemente quien se contagiara también moriría. Dicen los relatos que 2.000 personas fallecían a diario en la capital del imperio.
Hoy, no hay razón alguna para pensar ni como Galeno ni como Boccaccio. No todo aquel que se contagia muere ni mucho menos. Ni el mundo se está por acabar y éste sea su presagio apocalíptico. Actualmente pesan más las reacciones de las acciones en baja de las bolsas del mundo, que sienten el efecto global, porque es natural la gravitación económica negativa que ejerce la enfermedad.
Lo cierto es que el virus, huésped en alguno de aquellos animales comercializados en el mercado de Wuhan, expuesto a los seres humanos, como tantas veces ha pasado y seguirá ocurriendo, encontró otro alojamiento más fecundo para su crianza. Así, el hombre se ha enfermado del virus Covid-19 o «coronavirus».
China tomó el problema al modo revolucionario -supongo más preocupada por la cuestión económica que por la moral- y con toda severidad, y más allá de la espectacularidad de hacer un hospital de 2000 camas en 10 días, todo parece indicar que ha controlado la circulación del virus en una ciudad que desde hace dos meses materialmente está aislada. Es bueno recordar que, en lo que hace a población, es cinco veces más grande que la ciudad de Córdoba.
Sin embargo, lo que no puede aislarse con igual facilidad son los demás países. En la antigüedad se cerraban los puertos, hoy se rechazan a los cruceros que quieren amarrar en ellos. Se clausuraban las puertas de la ciudad y de los castillos como lo ha hecho hoy China y algunas ciudades del norte italiano. A la gente se la ponía en cuarentena y, en algunos casos, también se las confinaba, de forma similar a lo que ha ocurrido ahora en muchos casos, en cuanto al último aspecto.
Parece que los viejos procedimientos siguen siendo la base de la lucha epidemiológica, aun cuando se haya reconocido el genoma completo del virus en tres semanas y diversos laboratorios del mundo se hayan lanzado al desarrollo de una vacuna que quite a la sociedad de un lastre impensado. Hasta ese momento, la enfermedad avanzará. Los países contagiados son casi 80, aunque la gravedad está en determinadas zonas sólo de unos cuatro de ellos. La comunidad internacional, a partir de los organismos de referencia de la Organizacion Mundial de la Salud, han ajustado en general los protocolos de acción, quizás algunos con mayor diligencia y otros con menos preocupación.
Indefectiblemente, aun con todas las precauciones que se pueden tomar a escala global, la enfermedad se apropiará transitoriamente de la salud de muchísima gente más que lo que hoy ocurre. Es imposible que ello no suceda en un mundo interconectado también físicamente.
La industria aeronáutica, de la misma manera que nos permite en 11 horas de vuelo estar en Europa, también con la misma temporalidad nos asocia a la enfermedad que algún pasajero trajo vaya a saber de qué lugar.
Lo cierto es que más allá de que la morbimortalidad del coronavirus sea significativamente inferior al de la influenza N1H1 del año 2009, lo que tiene, al parecer, es una capacidad de exposición de vida mayor y por lo tanto un aumento del riesgo de contagio.
De esta forma, nos encontramos hoy muy probablemente frente a una enfermedad infectocontagiosa mundial que, como tal, se define como algo más serio que una epidemia y quizás llegue a ser una pandemia. Las estimaciones suponen que en el año 2021, 40% de la población mundial estará o habrá estado contagiada o enferma.
Pues por ello, los tiempos de malestar en la salud del mundo deben ayudar a la reflexión acerca de cuál es la responsabilidad individual que a cada quien le corresponde. Los organismos internacionales hacen lo que deben hacer según protocolos, la biomedicina trabaja en el desarrollo de las vacunas respectivas, los Estados hacen los controles y orientaciones correspondientes.
Sin embargo, penosamente, no visualizamos en la generalidad de las personas que exista una completa responsabilidad moral y social por el problema.
Digo ello porque visualizo, especialmente en los aeropuertos tumultuosos y masivos -que es desde donde escribo ahora-, que las personas hayan tomado una cabal conciencia de ello.
Muchos se sienten inmunes ante el contagio. Esa sensación de inmunidad genera la completa preocupación de todo el resto de viajeros que es por demás educado y responsable moralmente por la salud y por evitar un eventual contagio a los otros para el supuesto caso que ellos tuvieran la enfermedad y todavía no lo conocen.
Aquí se representa una vez más la tesis central de Emmanuel Levinas acerca de que la responsabilidad de las personas tiene que ser tan extrema que hasta hay que ser responsable por la responsabilidad ajena. Actualmente, cualquier persona de las miles que deambulamos por los corredores de un aeropuerto no podemos dudar de la manera como se trasmite el virus, y que ello es por una vía tan simple como la de expulsarlo con una simple tos, un estornudo o un bostezo.
Veo a mi alrededor pasajeros que cumplen todas estas acciones sin ninguna preocupación por los otros, y que estos otros -yo mismo tambien- los visualizo como una presencia amenazante. El instrumento de su amenaza es su misma fisiología que estornuda, tose o bosteza.
Es allí en donde juega una mirada desde la generosidad que, como agentes morales, nos debemos las personas.
Individualmente sabemos que una buena resistencia a la enfermedad se logra ejercitando operaciones sencillas tales como cubrirse la boca en las acciones antedichas mediante el pliegue del codo, lavarse las manos con más frecuencia de lo corriente y, hasta donde se pueda evitar, lugar de encierro y concentración de muchas personas. Obviamente que los aviones no son lo recomendable.
En el medioevo se decía que el agente causal de las pestes era el mal estado del aire, lo que conocían como las «miasmas», o sea la atribución de efluvios o emanaciones nocivas que existían en el aire. Obviamente ignoraban la existencia de microbios pero sin embargo había una buena intuición científica. Hoy el problema sigue estando en el aire que respiramos, por ello, cuando las personas con pleno egoísmo moral no guardan ningún respecto por los otros y patologizan el espacio exponiendo sus microbios a todos los demás -si acaso están enfermos-, juzgamos de inmoral el acto que así cumplen.
No hay salud pública que valga nunca si el hombre no mira con generosidad que la salud de los otros muchas veces depende de él mismo.

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