El valor de la palabra

Los mediadores, al iniciar una primera audiencia, debemos contarles a las personas cómo se trabaja en este procedimiento; este relato lo llamamos “discurso de apertura”. Por  Elba Fernández Grillo*

Asimismo, en el Centro Judicial de Mediación debemos siempre mediar de a dos, es decir, siempre dos mediadores trabajan conjuntamente. A través de los años cada mediador lo ha realizado con diferentes compañeros, incluso de diferentes formaciones profesionales.

En una oportunidad me tocó mediar con un colega de mucha experiencia, docente universitario en la Facultad de Derecho, y en aquella ocasión, al describir el procedimiento, manifestó que nuestra herramienta era “la palabra”. Debo reconocer que aquel relato, que para los mediadores y los abogados es rutinario, transformó mi manera de entender cuán importante era que las personas allí presentes pudieran valorar el significado de lo que se ponía en palabras.

A partir de entonces insisto, en las audiencias privadas, en que las personas pongan en palabras aquellos sentimientos o cualidades que “reconocen o legitiman” al otro. Recordé a Miguel, un ingeniero dedicado a la investigación, muy reconocido en los medios científicos, que expresaba querer mucho a su hijo de 6 años pero que no tenía mucho tiempo para dedicarle y que, además, el encuentro con la madre de su hijo era tan traumático para él, que cada vez espaciaba más sus visitas. Me imaginaba qué sentiría este niño, a quien de nada le servía tener un papá reconocido profesionalmente si no estaba presente como “su papá”.

Una sola y larga audiencia privada sirvió para que Miguel entendiera qué importante era que “pusiera en palabras” todo lo que manifestaba era su amor por este hijo. Le insistimos: “Ud. le dice a su hijo que lo ama, que lo extraña, que espera el fin de semana para compartir con él su tiempo, que está muy ocupado y no puede delegar sus obligaciones pero que ‘él es lo más importante que le pasó en la vida’. Y si de pronto no puede estar mucho con él durante la semana, lo puede llamar por teléfono o mandarle un mensajito, o comprarle un regalito y escribirle una tarjeta, etcétera.”
Miguel nos miraba extrañado y estas acciones no figuraban dentro de sus códigos de comportamiento. Al principio nos respondía que seguramente el niño sabía que lo quería y esto era suficiente, a lo que nosotras contestamos que de ninguna manera era suficiente y que un niño de 6 años difícilmente podía adivinar los sentimientos de los mayores. Que era necesario que hiciera un esfuerzo y aprendiera a poner en palabras todo aquello que sentía por su hijo. En la siguiente audiencia, Miguel estuvo más relajado y nos contó que había hecho el intento y había podido decirle a su hijo cuánto lo quería, pero que además había comprendido su necesidad de hacer una terapia para que lo ayudaran a conectarse más con sus sentimientos, con sus emociones y poder establecer mejores y más profundos vínculos con aquellos que amaba.

Estas intervenciones no tienen relación directa con los motivos por los cuales Miguel y la mamá de su hijo estaban en mediación, pues la habían solicitado para actualizar la cuota alimentaria, tema que se resolvió rápidamente y sin dificultad. Pero el vínculo que establecemos los mediadores con las partes, sobre todo en mediaciones familiares, nos permite ir un poco más allá e intentar que las personas piensen que la forma que han instaurado como modo de relacionarse con sus hijos o sus ex parejas no es la única posible: existen otras que sólo ellos serán capaces de crear o modificar.

 * Licenciada en Comunicación Social, mediadora

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