El miniclásico, la ética, Savater

Por Walter Vargas

Al análisis del Superclásico de la Súperfinal reducido a la mínima expresión de las noticias gratas se puede entrar por diferentes puertas. Pero entre otras curiosidades es notable cómo se escamotea o se omite la decisiva influencia de los agresores del micro.
A menudo es lo obvio aquello que se pierde de vista y que -una vez perdido- guarda valor del eslabón que más tarde o más temprano será menester recuperar.
No se trata, desde luego, de licuar las obligaciones de la primera línea de los actores: fuerzas de seguridad, Conmebol, dirigentes, etcétera.
Hace rato, bastante rato, sabemos que la Conmebol es un corso a contramano que replica el indigesto cóctel de impericia y desvergüenza que campea en la AFA.
Hace bastante rato ha quedado claro que la llamada violencia en el fútbol o violencia del fútbol persiste gracias a una gigantesca cadena de complicidades -al interior del fútbol y por fuera del fútbol-.
Y desde hace rato, cada vez con mayor vigor, deviene creciente el desencanto de quienes aman el fútbol en tanto genuino anclaje socializador, identitario, fuente de pasiones y alegrías.
Sin embargo, la lupa sociológica tiene patas cortas o por lo menos se vuelve insuficiente para contener o explicar el inexcusable valor de las responsabilidades individuales.
El filósofo español Fernando Savater solía comentar la sugestiva respuesta de sus alumnos a la hora de proponer un ejercicio vinculado con la ética.
Advertida de que el aeropuerto es merodeado por un asesino, una mujer que debe viajar en avión solicita acompañamiento y protección primero a su esposo, luego a un hijo, por último a la Policía y en todos los casos recibe un “no” como respuesta. Resignada, la mujer decide trasladarse sola al aeropuerto, pero es interceptada por el hombre temido que, sin más, la asesina.
“¿Quién es el culpable del crimen?”, preguntaba Savater a sus alumnos.
Respuesta: el esposo o el hijo, por la entidad de vínculo; la policía o el Estado mismo, por la obligación de dar garantías a sus ciudadanos.
Entonces el profesor Savater respondía: “No. El culpable es el asesino”.
No cualquiera, por las razones que fuere, es capaz de lanzar un trozo de baldosa o una botella de cerveza hacia las ventanas de un micro repleto de personas.
¿Dónde están los emboscadores del plantel de Boca? ¿Quiénes son? ¿Los buscan? ¿Se los da por descontados, se los exime, se los consiente, se los apaña?

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