El maxiproceso

Por primera vez, la mafia en su conjunto sintió el peso de la ley

Por Luis R. Carranza Torres

Fueron un sitio y un tiempo históricos para la justicia, sin distinción de países. El lugar, la cárcel de Ucciardone, en Palermo, Sicilia; la fecha, 10 de febrero de 1986. Protegido por fuerzas militares, a más de la policía y carabinieri fuertemente armados -hasta con ametralladoras-, se llevó a cabo en un edificio con rasgos de búnker, específicamente diseñado y construido para llevar adelante el juicio. De forma octagonal, la edificación había sido realizada con hormigón reforzado capaz de soportar ataques de cañones de grueso calibre y hasta el impacto de misiles aire-tierra. Los imputados permanecerían en celdas subdivididos en grupos,durante el juicio. Seiscientos periodistas cubrían el proceso. Miles de policías y soldados resguardaban el área. Y hasta se había dispuesto, en lo alto del edificio, un sistema de defensa antiaéreo.

Tal era el poder al que se quería someter a proceso. Era el corolario de varios años de riesgosa y ardua planificación por el denominado «Pool Antimafia de Palermo», constituido en su momento por el juez Rocco Chinnici y liderado luego de su asesinato en 1983 por el magistrado Giovanni Falcone. El juez encargado de llevar adelante el juicio, Alfonso Giordano, era secundado por otros dos «sustitutos», para evitar que, como en otras oportunidades, se detuviera el proceso mediante el asesinato del juez a cargo.
Por primera vez en la historia, el Poder Judicial italiano conseguía sentar en el banquillo de los acusados a la mafia en pleno. No por delitos individuales de personas determinadas sino como una organización delictiva responsable de innumerables crímenes a lo largo de décadas. A los 475 acusados, 119 de ellos juzgados in absentia, se los imputaba de unos 120 cargos de homicidio, narcotráfico, extorsión y, con carácter general, el nuevo delito de «asociación mafiosa».

La novel figura delictual había sido sacada a regañadientes, después de dos años de largo trámite, a un parlamento en Roma donde no pocos pagaban sus campañas con dineros de la cosa nostra. Tras décadas de padecerla, en los debates hubo legisladores que minimizaron su existencia y hasta quienes directamente negaron que la mafia existiera. Pio La Torre, el legislador que presentó la propuesta, fue luego abatido a tiros dentro de su coche por dos automovilistas en una calle de Palermo.
Falcone era la mente y la voluntad detrás de esa acusación colectiva por múltiples delitos. Había logrado fundar los cargos apelando a los pentiti, antiguos mafiosos arrepentidos que rompían el pacto de silencio y declaraban contra la organización.
De ellos, el más importante era Tommaso Buscetta, un sicario capturado en 1982 en Brasil, adonde había huido para escapar de una condena por dos asesinatos. Por ajustes de cuentas entre facciones de la mafia, varios familiares suyos habían muerto, incluyendo a dos hijos pequeños.
La información que proporcionó a los magistrados Falcone y Borsellino sirvió para entender el entramado de la estructura y funcionamiento de la mafia y, en particular, de sus órganos de poder, tales como la cupola -la Comisión-.

Muchos asumieron una actitud crítica hacia el maxiproceso. Algunos consideraron que los acusados estaban victimizados; o que el enjuiciamiento colectivo no satisfacía los recaudos del debido proceso para cada uno de los acusados en forma individual. En general, los acusados se comportaron de una manera perturbadora y bastante peligrosa; uno se cerró la boca con una abrochadora para señalar que se mantenía fiel a la ley mafiosa del silencio. A otro hubo que colocarle una camisa de fuerza por las peleas y gritos con los guardias, y un tercero amenazó con contarse la lengua. Ninguno veía el tribunal como una instancia superior a ellos.
Casi dos años después de la primera audiencia, el 16 de diciembre de 1987 a las 19.30, fue leída la sentencia.
En las últimas palabras antes de que el tribunal se retirara para considerar el fallo, quien dirigía la cupola mafiosa, Michele Greco, le dijo al juez y a sus sustitutos: “Sus señorías, les deseo la paz, pues sólo con la paz se puede juzgar. No son palabras mías, sino las del Señor a Moisés». Una velada amenaza disfrazada de recordatorio bíblico que le sirvió de poco: 360 de los acusados fueron condenados, repartiéndose entre ellos un total de 2.665 años de penas de prisión, sin contar las cadenas perpetuas impuestas a los 19 líderes de la mafia y a los sicarios principales de ella. La de Greco era una de ellas.

Como se estableció posteriormente, algunos de quienes habían sido condenados in absentia ya estaban muertos en el momento de la sentencia. Otro de los acusados huídos, como Mario Prestifilippo, fue encontrado muerto por disparos en una calle mientras la causa penal todavía estaba en curso.
La mafia tampoco tomó a bien que algunos salieran bien librados. De los 114 acusados que fueron absueltos, 18 fueron posteriormente asesinados por la mafia. Uno de ellos, Antonino Ciulla, fue muerto a tiros una hora después de la liberación, mientras regresaba a su casa para asistir a una fiesta por la absolución en el proceso.
Luego del juicio, todos los condenados apelaron, en tanto la cosa nostra iba a reaccionar de la peor forma. Pero eso ya es otra parte, la más terrible, de la historia.

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