El fiscal del terror rojo

Por el culto a la personalidad de Stalin, torció el derecho y el debido proceso.

Por Luis R. Carranza Torres

Andréi Yanuárievich Vyshinski no es un nombre muy conocido entre nosotros, pero en su tiempo fue extensamente padecido por los rusos y otros pueblos de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Fue una persona brillante, que descolló no sólo como jurista sino también como político y diplomático.

Eso no quiere decir que fuera una buena persona. De hecho, entre las más peligrosas categorías de seres humanos para sus semejantes se hallan aquellos que a su maldad le aúnan una inteligencia prodigiosa. Vyshinski se encontraba, decididamente, entre ellos.

Nacido en Odesa en 1883, estudió derecho en la universidad de Kiev a partir de 1901, y se recibió de abogado en 1913, luego de doce años. No es que fuera un estudiante crónico, sino todo lo contrario: ya se destacaba por su inteligencia.

Pero en paralelo, sus concepciones políticas extremistas lo hacían pasar de tanto en tanto por la cárcel por la suspensión como estudiante. En uno de tales encarcelamientos, en 1908, permaneció detenido junto a Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido por el mundo luego como Stalin («hombre de acero»).

Fue el inicio de una relación que los uniría de por vida. En una personalidad tan perseguida como la del “tío Koba”, que no confiaba en nadie, Vyshinski se ubicó entre quienes menos recelaba el líder soviético.

Fue el artífice de la denominada «legalidad soviética», ejerciendo entre 1923 y 1925 de fiscal en el Tribunal Supremo en los procesos criminales. Hablaba perfectamente inglés y francés y su obra Teoría Judicial de las Pruebas fue uno de los libros más científicamente logrados de su tiempo, cuya influencia se extendió aun fuera de la URSS. Recibiría el Premio Stalin por tal texto, en 1947, de la Academia de Ciencias de la URSS.

Entre 1925 y 1928 fue rector de la Universidad Estatal de Moscú, intervino sus facultades con una “Comisión de Verificación”, que redujo su autonomía respecto de temas académicos; despidió a muchos de los antiguos catedráticos, de quienes se dudaba su “fe socialista”, e incrementó la formación política de los estudiantes.

A partir de 1935 fue fiscal general de la URSS, cargo en el que fue acusador en los denominados Procesos de Moscú o “Gran Purga” entre los años 1936 y 1938. Se destacó por su estilo implacable, que combinaba tanto una cruel e ingeniosa retórica como una descalificación directa e insultante para condenar a los acusados.

Estableció las bases legales para los juicios por traición, acuñando el denominado “principio de culpabilidad”. Era lo contrario al principio de inocencia, por el que se entendía que, habiendo el

Estado recolectado en la investigación preliminar pruebas de la responsabilidad penal del acusado, en juicio éste debía rebatirlas claramente para ser absuelto y evitar la natural condena que traía aparejada su acusación. Obviamente, nadie lograba eso. Eran los reos, en tanto duraba dicho proceso, culpables mientras no demostraran lo contrario.

No obstante haber escrito en sus libros y artículos que considerar la confesión del acusado como la reina de las pruebas, que relevaba de la necesidad de toda otra investigación, como un “principio completamente inaceptable en el derecho soviético, y la práctica judicial”, durante dichos procesos lo aplicó hasta el cansancio, alentando a sus subalternos a obtener confesiones por el medio que fuera.

A tales fines, Stalin le dio, personalmente, tanto el poder de decidir el uso judicial de tales confesiones “extrajudiciales” como de solicitar en juicio la imposición de la pena de muerte. Millones padecieron su pseudoactividad fiscal; muchos de ellos, fervientes comunistas.

A pesar de haber dicho que “la gratitud es una enfermedad que padecen los perros”, Stalin recompensó a su ariete jurídico en no pocas oportunidades. Fue condecorado a lo largo de su vida tres veces con la Orden de Lenin, y otra con la Orden de la Bandera Roja, entre muchas otras medallas.

Entre 1949 y 1953 fue el ministro de Asuntos Exteriores de la URSS. Luego de la muerte de Stalin perdió dicho puesto, pero mantuvo la suficiente estrella como para ser nombrado embajador de la URSS ante las Naciones Unidas. Pero se trataba sólo de un premio consuelo, que lo alejaba definitivamente de la escena de la gran política en su país.

Pudo ejercer sólo por poco tiempo dicho cargo diplomático, ya que murió en Nueva York el 2 de noviembre de 1954. Para la historia oficial, la causa del deceso fue un ataque al corazón, pero varios historiadores postulan la tesis de un suicidio a causa de la depresión que atravesaba por haber sido desplazado de los círculos del poder de Moscú.

Pero su verdadera debacle ocurrió posmortem, de la mano de la denuncia de los crímenes de Stalin llevada a cabo por Nikita Khrushchev con su informe secreto dado en sesión cerrada del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, el 25 de febrero de 1956.

Es que en eso de “elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios”, dueño y señor de la vida y la muerte, las concepciones judiciales de Vyshinski tenían mucho que ver.

Oficialmente condenado, sus cenizas fueron removidas de su tumba estatal, a sus herederos se les quitaron los privilegios estatales concedidos por causa suya, y sus textos jurídicos cesaron de ser utilizados. Era como beber desde la tumba, aunque fuera a cuentagotas, la misma “medicina” jurídica que él había prodigado a millones.

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