El Cabeza Colorada

Por Carlos Ighina (*)

Las gentes de Córdoba, la de todos los tiempos, tienen la condición de crear nostalgia aún en aquellos que no tuvieron la experiencia de frecuentar su bohemia o que no supieron vivencialmente de otras horas pobladas de personajes que hoy nos suenan como irreales, dueños cada quien de una personalidad que no hacía nada más que poner de manifiesto un rasgo a la vez comprendido y celebrado de particulares e intransferibles connotaciones de ser.

Es posible que estos sempiternos habitantes de la cordobesía, evocados por la magia de la vibración colectiva, que desecha el tiempo y el espacio para aferrarse a la ilusión convocante, cobren realidad con insólito resultado, fruto de misteriosa alquimia, de coordenadas que determinan una singular tipología de estructuras humanas.

Y entonces se da el fenómeno de la convivencia de una Córdoba señora, de doña Leonor de Tejeda y Mirabal o doña Rosario Vera Peñaloza; y de una Córdoba exultante y marginal, escondida bajo los andrajos y el lenguaje de la Papa de Hortensia.

Estas pinceladas descriptivas sirven para caracterizar a una figura evadida de los olvidos de la muerte, que pugna, en cambio, por permanecer en el imaginario de todos, como es la del Cabeza Colorada.

El Cabeza Colorada fue un ser de carne y hueso, más allá de toda la mitología que se haya tejido en torno suyo, a menudo confundido como un personaje grotesco emanado de los hondones de la picaresca cordobesa.

A tantas décadas de cobijarse bajo la tierra silenciosa del cementerio de los pobres, como se le decía al de San Vicente, aún nos llega el alarde de sus cantos –sin haberlos escuchado nunca- y nos regocijan las risas que provocaban sus cuentos.

Tal el caso del Cabeza Colorada, de quien es posible que la gran colección de sucedidos que se le endilgan no hayan tenido realidad histórica en su totalidad. Sin embargo, siempre han servido para sedimentar deliciosas tradiciones que llenaron más de un tertulia de amigos.

Su cuna se meció en un rancho del viejo Pasaje Montevideo, a la altura del 750 de la actual calle de ese nombre, siendo su madre doña Venancia Yaniz, al tiempo que el documento existente –su partida de defunción- traza unas largas rayas en el espacio destinado a la paternidad del difunto.

Se ha difundido una suposición, respecto al posible padre del Cabeza Colorada, que tendría que ver con algunos de sus rasgos físicos. De acuerdo con trascendidos que en su momento fueron ganando muchos comentarios, podría haber sido hijo natural de alguno de los técnicos norteamericanos, o por lo menos extranjero, transitoriamente contratados en el Observatorio Astronómico.

“Don Juan del hacha” era su padre putativo, un criollo compañero de su madre por mucho tiempo, que se ganaba honradamente la vida y contribuía a las necesidades familiares desde su oficio de hachero. Los vecinos ignoraban su apellido, pero como lo veían partir y regresar con el hacha al hombro, lo llamaban “don Juan del hacha”.

Los memoriosos describen a José María Yaniz como una persona voluminosa, de gran abdomen, con pies de gigantón, pecoso, picado de viruela y con abundante cabellera entre rojiza y pajiza. También sostienen que caminaba con los pies hacia los flancos, como dando la sensación de estar permanentemente preparado para dar la media vuelta. Además, veía de un solo ojo, pues en uno de ellos tenía una nube que le opacaba la visión.

El Cabeza Colorada era profesionalmente polifuncional, de pronto amenizaba cumpleaños como casamientos, bautismos, despedidas de soltero, asados y hasta velorios, en particular aquellos del angelito.

A los 18 años tuvo su guitarra propia, regalo de su madre, un acontecimiento decisivo en su vida. Fue entonces que alentado por el fervor del entusiasmo se consagró con todo su ánimo a la pulsación de las cuerdas, atreviéndose enseguida a ponerle voz a sus interpretaciones.

Si bien era abrojalero de nacimiento y de vocación, tuvo sus grandes actuaciones artísticas en jurisdicción de la Seccional Segunda, en el turbulento Bajo, en el suburbio orillero, junto al río que todavía se llamaba Primero.

Por mucho tiempo se lució en el “As de copas”, de Rivadavia y Rincón, donde se encontraba instalado un pequeño palco, que prácticamente era ocupado en su totalidad por el volumen del artista, quien usaba el abdomen como almohadón de su guitarra. Su acompañante en el instrumento era el zurdo Vicente, quien lo seguía desde el suelo, pues no había lugar para los dos en el precario estado.

El tuerto José María supo también cultivar amistades que excedían su entorno natural, como la del mismísimo Carlos Gardel, quien cuando venía a Córdoba en gira artística, se hacía acompañar al Bajo en demanda del Cabeza y allí pasaba horas de la madrugada entreteniéndose con sus ocurrencias.

Otra trasnochada inolvidable que compartieron Gardel y Yaniz, para complacencia de la familia Gastón, tuvo lugar en Corro 631, pleno barrio Güemes, cuando se convocaron con voces e instrumentos, en honor a Gardel, además de ambos cantores, el viejo Ciriaco Ortiz y don Cristino Tapia, disfrutando todos de la presencia cantora y chispeante del Cabeza Colorada.

Su anecdotario es extensísimo, afortunadamente conservado en buena parte a través los escritos de don Azor Grimaut y don Arturo Romanzini, pero enriquecido por voces populares, partícipes activas de la época, como las de don Armando Luna y don Ranulfo Rodas.

Precisamente las referencias de sus contemporáneos dicen que sus condiciones vocales, para el género que cultivaba, eran más que aceptables, pues poseía una voz atiplada, limpia, potente, que acompañaba con la necesaria proporción de sentimiento.. De su disciplina y vocación por la música nos ejemplifica su dilatada pertenencia al orfeón de la Sociedad Orquestal, integrado por más de  60 músicos, agrupación de reconocido prestigio en su momento.

A lo largo de su periplo artístico sufrió muchas bromas de pesado gusto, que asumió no sin cierto estoicismo, apelando a la respuesta oportunísima y descolocadora propia del repentismo cordobés que tan bien representaba, tan espontáneo como sutil y punzante.

Tuvo numerosos motes, fruto todos del ingenio popular y esa capacidad analógica que distingue a los hijos de Córdoba: “cara oxidada –por las pecas-, “cara de molde para hacer municiones” –por las picaduras de viruela-, “telescopio” –porque veía con su solo ojo-, entre otras muchas chanzas que recibía.

La última broma del Cabeza Colorada fue su propio entierro. En el trayecto entre el ingreso al cementerio y la sepultura que le había sido asignada, el cajón –de pino, provisto por la Municipalidad- se desfondó, incapaz de soportar esa carga inanimada de más de 140 kilos, de modo que su cuerpo fue a parar al suelo, ante el desconcierto de los empleados municipales y el desconsuelo de sus escasos deudos.

La epopeya del Cabeza Colorada supone un relato de nunca acabar, digno de los precedentes de la picaresca española. Su evocación despierta tradiciones que parecen dormidas y suscitan vivencias entrañables en el sentimiento colectivo.

Acercarse a su jocunda historia personal puede contener un intento de desarticular barreras generacionales y promover un diálogo, seguramente provechoso, en torno al patrimonio cultural intangible de la ciudad. El gran Cabeza, tomado en su modalidad de integración con el medio, en cuanto expresión genuina de lo popular, tiene la virtud de sumar alrededor de su figura, pues no se lo discute, simplemente se lo conoce y se lo goza.

Falleció el 13 de octubre de 1937, a los 45 años, en su domicilio de calle Igualdad 2245, en barrio Alberdi, con diagnóstico de insuficiencia hepática. Hay quienes aseguran que Ciriaquito Ortiz habría estado en el velorio, ofreciendo ayuda.

(*) Abogado-Notario. Historiador urbano costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera.

 

Artículos destacados