El arte de lo imposible

Por Marta Gelfi / Licenciada en Psicología – Mediadora – Especialización en Mediación Familiar

“Es más probable una negociación exitosa cuando las partes en disputa necesitan mantener una relación, que cuando no avizoran ninguna futura relación”. Ésta es una de las ocho premisas claves de la práctica de la mediación productiva que John M. Haynes -reputado especialista mundial en mediación, recientemente fallecido, formador de miles de profesionales en mediación familiar- utiliza como estrategia en la práctica de la mediación productiva, con un alto porcentaje de acuerdos.

Hace unos meses llegó a mis manos un legajo en el Centro Judicial de Mediación, en su etapa prejurisdiccional, en el cual Juan, un señor mayor, viudo, pensionado, con problemas de salud, solicita una mediación con dos de sus seis hijos. Ambos hijos, de 48 y 50 años, casados, con familia numerosa, viven en el domicilio de Juan, requirente de esta mediación. Uno de ellos, Miguel, el menor, con un perfil muy bajo, ocupa la casa paterna, mientras que el otro, Roberto, con un perfil absolutamente distinto, ocupa un galpón que años atrás había sido la carpintería de su padre, ubicado en el mismo terreno y que había reciclado en una vivienda que él caracterizaba como digna.

Estas familias habían sido invitadas por Juan, varios años atrás, en circunstancias de estar atravesando -ambas- una muy mala situación económica, que les imposibilitaba seguir sosteniendo el alquiler de su vivienda. Hasta un año atrás, el padre convivía con Miguel, su hijo menor. Llegó el momento en que Juan, por distintas situaciones familiares y privadas, se retira de la casa y alquila un departamentito en un barrio alejado y acordando con ambos hijos el pago de un alquiler mínimo, que contribuyera en parte con el nuevo alquiler que debía afrontar. El monto convenido fue pagado durante seis meses consecutivos; hubo algunos intentos de comunicación posteriores a la interrupción de los pagos pactados que no llegaron a prosperar, motivo por el cual, dadas sus necesidades económicas y ante la sugerencia de un conocido, el padre decide pedir una mediación.

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Él concurre con una postura muy firme: cobrar un alquiler mínimo o que los hijos y sus familias desocupen su propiedad para poder disponer de ella, ya que con sus problemas de salud y lo que económicamente le generaba, sumada a su magra jubilación de carpintero, se le tornaba cada vez mas dificultoso pagar su propio alquiler.

El proceso de mediación se realiza con audiencias privadas y en fechas diferentes, por solicitud del Roberto, el hijo mayor, respondiendo a toda una historia familiar compleja que refería con mucha angustia, enojo e impotencia. El hijo menor, Miguel, de escasas palabras y manifestaciones, conociendo el derecho que le asistía a su padre con relación a la propiedad motivo de esta mediación -situación de la que estaba al tanto y era a su vez compartida por Roberto- estaba dispuesto a buscar alternativas.

Entre ellas, incluso albergar nuevamente a su padre en la casa, como así también, compartir el alquiler solicitado con su hermano, a pesar de su precaria condición económica, siendo esto condición no negociable, ya que consideraba era lo que correspondía viviendo ambas familias en el predio propiedad de su padre.

El padre tenía la convicción de que debía llegar a un acuerdo, incluso hacer concesiones y aceptar otras, porque estaba seguro de que el  resolver esto generaría, además de un alivio de su situación económica, la posibilidad de retomar la relación con sus hijos, vislumbrando un futuro familiar.

Miguel también quería acordar, para concluir con toda este asunto que le causaba mucha angustia, evitando un futuro doloroso y problemático. Roberto no estaba dispuesto a realizar acuerdo tan sólo por el hecho de responder a una solicitud de su padre. Negaba toda relación futura con éste. La cuestión iba más allá de los números o la propiedad; la historia de vida determinaba toda su posición. La mediación iba inexorablemente a un no acuerdo. En algún momento, dentro del proceso de mediación, y también dentro de su entorno familiar, Roberto debió haber realizado un trabajo interior muy importante que hizo posible un cambio, ya que después de varios días, en que no nos habíamos reunido por distintos motivos, logró pensar en aceptar un acuerdo con su padre.

Trabajamos las distintas alternativas, siempre en audiencias privadas, y ambas partes debieron hacer contribuciones y concesiones en la búsqueda de soluciones, sellando un acuerdo mutuamente beneficioso, preservando una relación futura. Seguramente ésta fue el objetivo superior que les proporcionó el impulso necesario para solucionar su conflicto.

Muy probablemente este conflicto habría escalado hasta un nivel muy alto si no se hubieran sometido al proceso de mediación. Por todo esto, John Haynes, con certeza, define la mediación como el arte de lo imposible

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