De las pasiones y revoluciones a la conquista democrática

Plagado de piedras fue el camino que hicieron nuestros abuelos para llegar a tener la posibilidad de votar. El repaso necesario, hacia el domingo.

Por Silverio Escudero / Ilustración: Luis Yong

El advenimiento del peronismo a partir del golpe de Estado del 4 de junio de 1943 cambió las formas de hacer política al incorporar a los “cabecitas negras” como sujetos activos de la vida institucional de los argentinos. Ese hecho -más allá de las denuncias de la ingerencia de Spruille Braden, embajador de Estados Unidos- determinó la agenda política. Los partidos políticos tradicionales, acompañados por los comunistas -enceguecidos por las tensiones de la II Guerra-, no supieron o no pudieron comprender que algo estaba cambiando.

Córdoba, a pesar de la adhesión a la nueva fuerza de experimentados políticos y dirigentes gremiales cuanto de los triunfos electorales, le fue un bastión difícil de conquistar. Sus habitantes le hicieron cargo de todas las tropelías cometidas por los interventores Alfredo Córdoba, Eduardo Gonella, León Scasso, Manuel Augusto Ferrer, Alberto Guglielmone, Juan Carlos Díaz Cisneros, Walter Villegas, Hugo Oderigo y el débil gobernador Argentino Auchter, quienes vaciaron de contenido el sistema educativo de Córdoba el cual, hasta ese momento, ocupaba un puesto de vanguardia en América Latina.

La provincia, al sancionarse la Constitución Nacional de 1949, debe adecuar su Carta Magna. El oficialismo convoca a los diputados y senadores a constituirse en Asamblea Constituyente. Los debates son apasionantes. Cada sector fija sus posiciones. El radicalismo, partido en dos, se erige en defensor de las autonomías municipales y es derrotado. La Cámara de Diputados funge como Concejo Deliberante de la Ciudad y el intendente municipal es designado por el Poder Ejecutivo con acuerdo del Senado, bajo la dependencia funcional del ministro de Gobierno. Al resto de las intendencias y comunas les va peor en la feria. Reportan ante un funcionario de cuarta categoría.

El gobierno del brigadier San Martín, a pesar del clima de confrontación, es de alto impacto. Funda la Córdoba industrial. Los desencuentros evitaron valorar adecuadamente su obra. La reelección presidencial y la muerte de Eva Perón son hitos significativos. Se desbordan las pasiones. Los opositores pueblan los calabozos. Nadie peca de ingenuidad. Mucho menos los que escriben ¡Viva el Cáncer! La iglesia Católica se moviliza de la mano de sus obispos y disputa las calles al peronismo.

Ése fue el clima que abonó los levantamientos de junio y septiembre, estudiados, al detalle, por Rafael Mario Capellupo, en su más que imprescindible “1955: «revolución» en Córdoba: crónica de una cruzada cívico-militar polémica.

Y llegó el tiempo de proscribir a los peronistas. No fue una medida feliz. Se ahondaron las diferencias. Prohibir cantar la marchita y vivar a Perón aparece, a los ojos de la historia, como una locura. Las cárceles tuvieron otros inquilinos. No pudieron acallar el sentimiento de la otra mitad de los argentinos…

Fue brillante la campaña electoral que llevó a Arturo Frondizi a la presidencia de la Nación y a Arturo Zanichelli a la gobernación de Córdoba. Las publicaciones de la época dan cuenta de ello. Se volvieron a debatir los grandes temas nacionales. La necesidad del desarrollo siderúrgico, la instalación de una planta de soda solvay -elemento esencial para la fabricación del acero- y el autoabastecimiento petrolero fueron motivo de arduas controversias, sólo superadas por el debate educativo que culminó con el enfrentamiento entre sectores clericales que aspiraban a conducir la educación, y los reformistas, defensores a ultranza de la laicidad de la escuela pública. Y otra vez los golpes de Estado…

Justo Páez Molina, en el gobierno de Córdoba, acompaña al presidente Arturo Illia en su intento de lograr la concordia entre los argentinos. Derogan toda la legislación represiva por la que se proscribía el peronismo y se declaraba fuera de la ley el Partido Comunista. Los antiperonistas braman: Jacobo Timerman, Mariano Grondona, Mariano Montemayor y Bernardo Neustadt son los encargados de calentarles las orejas a los generales Julio Alsogaray y Pascual Pistarini. ¿Les deberemos agradecer la “gloria” de haber tenido que soportar -al derrocar a Illia y usurpar el sillón presidencial-, a un tal Juan Carlos Onganía, uno de los personajes más patéticos y retrógrados de la historia argentina?..

El tiempo de la autodenominada Revolución Argentina acabó. Éramos miles los que aguardábamos votar por primera vez. El retorno de Perón estaba cerca. Sus partidarios lo aguardaban. Volvía el viejo resistente, el que jaqueaba a sus opositores que oteaban el horizonte tratando de descubrir por dónde llegaría el Avión Negro. Córdoba eligió la fórmula Ricardo Obregón Cano-Hipólito Atilio López. Un oscuro coronel, que había sido designado jefe de policía, los derrocó. El “Negro” Atilio, el sempiterno secretario general de la UTA, el secretario general de la CGT de Córdoba, cayó asesinado por las balas de la Triple A. Sea para él Memoria y Homenaje…

Y pasaron los años. La necesidad de recobrar la democracia era un imperativo fundamental.

Lentamente, restregando las heridas causadas por los “años de plomo”, la Multipartidaria, integrada por radicales, peronistas, intransigentes, demócratas cristianos y desarrollistas, con sus individualidades y diferencias, insta a reorganizar los partidos y encabeza la marcha. Cada quien ofrece lo mejor de sí y las calles se llenan de algarabía. Los sueños y la esperanza estaban intactos.

Esta vez reconquistamos la Democracia para siempre. Cuidémosla como cuidamos el recuerdo del primer gran amor. El domingo, frente a la urna, reafirmemos ese compromiso ciudadano.

Votar es bello…

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