Cuestiones familiares: la foto del conflicto

Por Esteban Bustamente / Abogado, mediador

En estos 15 años de experiencia en la práctica de la mediación, como mediador y abogado, he observado el asombro de las partes -y a veces también de sus letrados- cuando, a partir de un determinado momento, por el solo hecho de participar de una mediación o por el uso de distintas técnicas, frente a la intervención de los mediadores neutrales e interdisciplinarios, al visualizarse una foto del conflicto, éste empieza a desenmarañarse o, por lo menos, se llega a entender por qué la situación se mantiene trabada e inamovible desde hace tanto tiempo. Muchas veces, a partir de ese momento se vislumbra una solución al conflicto; otras, sin solucionarse, cambia y produce un movimiento que lo transforma y permite continuar con nuevo envión, para su posterior solución.

Ello resulta lógico sólo para los mediadores; sólo desde un lugar neutral y equidistante podemos observar objetivamente, junto a las partes, sus propias posiciones, sus intereses y qué es lo que les impide conseguirlos. A veces, posiciones e intereses coinciden y se traza así un mapa del conflicto, que es como sacarle una foto a la situación, y se observa realmente a dónde mira cada parte. Se esbozan así nuevos puntos de búsqueda.

De esa fina observación pude analizar por qué, en casos de larga relación conflictiva, antes de iniciar el juicio y de llegar a mediación, las partes tuvieron posibilidad de ver las desventajas económicas, emocionales y cómo las consecuencias se trasladan a sus hijos. Sin embargo, mantienen ese conflicto y con él llegan al proceso. Sucede que a veces se disputa porque se siente la conducta o la acción de los otros como enormemente injusta; entonces, cada parte siente que sólo ella cede; y la contraria siente lo mismo.

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Es en esos casos cuando el mediador entiende que cada uno tiene derecho a vivir -y a morir- con el conflicto, los bienes que lo causaron desaparecieron, pero no las consecuencias y sufrimientos originados por el enfrentamiento. Al emerger éstos es cuando las partes pueden pararse en otra plataforma y tomar la real decisión de terminar la cuestión. Surgen así posibilidades de solución que nunca antes realmente habían valorado o evaluado.

Mediante distintas técnicas, la pareja visualiza cuál es la cuestión que mantiene el conflicto y no es la casa, el auto, los negocios sino una actitud que no les permite solucionarlo, sólo para que el otro no pueda partir y siga condenado al fracaso, porque prefieren estar unidos -aunque sea por el dolor- que separados. Lo que nunca se advierte es que, tarde o temprano, hay un final y el otro se irá y uno seguirá su vida, porque la casa o los bienes se fueron a remate o los hijos ya crecieron y, tal vez con la mayor suerte, hayan salido del lugar tan incómodo en que los pusieron los padres desde su separación, con un alto costo y desgaste que pudieron ser evitados.

Recuerdo un caso, remitido por una fiscalía, en el que las partes habían luchado encarnizadamente casi toda su vida, con denuncias por incumplimiento de los deberes de asistencia. Los mediadores advertimos que tal vez el único objetivo perseguido por esa madre era la prisión del padre o que su hija siguiera sufriendo y pensando que él era el peor, que había abandonado a su madre y también a sus hermanos. La menor se convirtió en mayor de edad mientras transcurría la denuncia y decidimos citarla. Al comenzar a trabajar, observamos que la hoy mayor adolescente quería dinero para ir a la universidad y que no vivía ni con su madre ni con su padre sino con su abuela materna. Empezó a negociar ella misma una cuota alimentaria con ambos padres. La madre, que quería condenar al otro progenitor a prisión por incumplimiento, pudo entender que ella tampoco se hacía cargo de sus deberes alimentarios porque quizá estaba muy preocupada en mejorar la casa donde ya no vivía ni su hija. Fue impresionante cuando los padres pudieron ver sólo los intereses de la hija y la posibilidad de que ella forjarse su futuro comenzando sus estudios en Córdoba. Al analizar este caso -lo llamamos “el de la que fue por lana y salió esquilada”-, pensamos que esa madre no pudo soportar el abandono de su marido y lo trasladaba también al abandono de sus hijos, que en la realidad no era tal. Se logró un buen compromiso del padre en mediación y la madre también aceptó ampliar la cuota.

Cuando leí en el diario los derechos a una vida digna, a partir de la sanción de la ley a la muerte digna, pensé que la sociedad muchas veces no nos la puede asegurar y que las personas tantas otras veces tratamos de evitarnos unos a otros unas vidas, separaciones o adjudicación de bienes dignas, manteniéndonos en situaciones conflictivas que nos impiden abrir una puerta para poder seguir por esa vida digna. Igual sucede a veces con la división de los bienes del acervo hereditario: una vez muertos los progenitores se suelen repetir las historias de generaciones anteriores, situaciones que yacen en el subconsciente familiar, sin que las partes intervinientes puedan darse cuenta de dónde provienen las raíces de ese conflicto.

Siempre digo que la mediación no es la solución para todos los problemas, pero sin duda es un gran intento para que todos los intervinientes puedan imaginarse qué sucedería si esta situación conflictiva desapareciera, pensando cómo se sentirían ellos y toda su familia al día siguiente de firmar el acuerdo. No por casualidad la mediación comenzó en el mundo y en nuestra Córdoba hace más de 15 años y cada vez amplía los temas y las materias en las que se aplica, aun en cuestiones penales en las cuales la solución obtenida por las partes es mucho más satisfactoria que una simple condena.

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