Cuestiones de familia y el rol de los abogados de parte

Por Analía Reineri / Abogada, mediadora

Un caso reciente pone de manifiesto una vez más cómo es posible fortalecer la tarea conjunta de abogados y mediadores. A pesar de que ambos ejercen roles totalmente distintos, combinados pueden agregar un inmenso valor a la gestión y resolución de situaciones conflictivas y a la construcción de acuerdos beneficiosos y sustentables. El abogado, en su rol fundamental de asesor y protector de los intereses de su cliente; el mediador, como facilitador de la comunicación y de la negociación, en la búsqueda del beneficio de todos los involucrados y especialmente de los menores, si los hubiere.

El proceso que detallamos a continuación destaca el rol de los abogados no sólo en procurar un acuerdo justo, sino en el aporte que pueden efectuar en la tarea de legitimar, escuchar y contener a las partes. No se hubiera podido lograr sin su participación.

Carla y Gustavo, padres de Baltazar (1), son mayores de edad -muy jóvenes- y ambos padecen de una leve discapacidad intelectual. A Carla, además, le habían diagnosticado una depresión posparto que se prolongaba más de lo usual. Carla, Baltazar y  Rosa (la abuela materna) viven juntos. Gustavo lo hace con sus padres.

Vinieron a mediación acompañados de las abuelas de Baltazar para acordar el régimen de visita y la cuota alimentaria a favor del menor. Las abuelas no tenían la curatela de sus hijos, aunque era clara la gravitación que ejercían sobre sus decisiones, dada la particular situación y la responsabilidad que ambas sentían por sus hijos y por su nieto. Al comienzo las únicas que hablaban eran ellas.

A priori parecía un caso difícil de resolver en mediación, pues el acuerdo debía ser firmado por los jóvenes que, aunque no eran considerados legalmente incapaces, necesitaban el apoyo de sus padres. El hecho de que las abuelas manifestaran buena voluntad para facilitar el acuerdo en la primera reunión, animó a seguir adelante.

Sin embargo, en los encuentros sucesivos, Rosa y Carmela (la mamá de Gustavo) comenzaron a mostrar su desacuerdo. Cada vez que se lograba consenso en los distintos temas, Rosa cambiaba de parecer repentinamente y boicoteaba el acuerdo. Su marido la había abandonado, su vida no había sido fácil, se sentía desbordada y proyectaba su situación personal en su hija. Por su parte, Carmela respondía en forma agresiva a los constantes desplantes, síntomas de desconfianza y cambios de parecer de la abuela materna. Entendimos que ambas estaban muy preocupadas por el futuro de Baltazar y lo demostraban de alguna manera.

A esta altura, el acuerdo parecía imposible frente a una cantidad de acusaciones cruzadas que aumentaban el nivel de conflicto.

En la que pensábamos sería la última reunión para cerrar el proceso, la familia de Gustavo acudió con su abogada. Su rol fue fundamental y no sólo en  los aspectos legales. Su intervención ayudó para que Carmela –su clienta- pudiera comprender el comportamiento cambiante de Rosa y las resistencias de Carla en relación con las visitas y así dejar de lado las agresiones.
Mediante reuniones privadas se trabajaron pautas consensuadas y acordes con las expectativas de ambas partes.

Para la firma del acuerdo se le pidió a Rosa que asistiera con un abogado a fin de evitar el desequilibrio entre las partes y despejar su desconfianza. Igual que su colega, éste contribuyó a revalorizar y reconocer el trabajo de las abuelas.

En un caso con tantos matices fue superlativa la importancia de los abogados efectuando tareas que exceden ampliamente su rol de asesores legales. Se trató de una mediación en la que se  potenciaron todos los recursos técnicos y humanos disponibles y así pudimos arribar a un acuerdo basado en los siguientes principios rectores: el bienestar del menor, la certeza de que las partes se sintieron justamente tratadas y el logro de un acuerdo perdurable, justo y equitativo.

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