Cuando el conflicto se convierte en el leiv motiv de la persona

 Por Sandra Zobele (Psicóloga mediadora)  y Gabriela Magris (Mediadora) 

Mediar en el Centro de Mediación Comunitaria del Defensor del Pueblo tiene una connotación distinta. Su creación tuvo como objetivo mejorar la convivencia vecinal, la calidad de vida de los conciudadanos; en definitiva, la pacificación social.

En este marco, los mediadores deben tener en cuenta no sólo la cuestión o tema que las partes traen a la sala sino también qué otras circunstancias, intereses u ocupaciones pueden estar afectando su convivencia pacífica.

Para explicar estos conceptos vamos a considerar uno de los muchos casos que se presentan.

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Solicita la mediación una persona adulta que vive sin compañía, que no trabaja fuera de su casa; informa que no puede solicitar ayuda a sus familiares y manifiesta que sus vecinos la insultan, le ensucian la vereda, le tiran cosas a su patio. Asimismo, expresa que ha intentado hablar con ellos y sólo ha conseguido agravar la situación. Una vez citados los requeridos, se observa que es un grupo familiar, que ambos trabajan fuera de su casa, que reciben muchas visitas, fundamentalmente de niños (nietos, sobrinos).

A poco de iniciado el procedimiento de mediación puede percibirse lo que esencialmente sufre la requirente: es el contraste entre su vida y la de sus vecinos, que cualquier cosa que ellos realicen la molesta y reacciona agresivamente, por lo que recibe igual respuesta y esto lleva a una escalada del conflicto en la que ya no pueden hablar.

Entonces, como en este caso, los mediadores vecinales descubren que deben sumar a las específicas situaciones de conflicto que se les presentan un dato muy relevante: que ese conflicto sea lo más importante en la vida de la persona que pide ayuda para resolverlo.

Ésta es una circunstancia que se ve mucho en las mediaciones entre vecinos. Generalmente el requirente es una persona con las circunstancias descriptas en el caso puesto de ejemplo: vive sola, no trabaja fuera de su casa, no recibe ni realiza visitas, aparece como sin afectos en el presente.

Y surge aquí un dato muy relevante: la soledad de estas personas entendida como ausencia o percepción de ausencia de relaciones sociales satisfactorias, enfatizando la importancia de la cognición, emoción y conducta, considerando que estos dos últimos aspectos de los solitarios son comúnmente una función de sus pensamientos, creencias y atribuciones, los que se deben comprender para entender sus comportamientos. Estas personas apenas hablan con su familia, sus compañeros de trabajo o sus vecinos; son incapaces de contactar con un mínimo de confianza con quienes los rodean; viven el vacío que ellos mismos crean y que justifican con planteamientos como “no me entienden”, “la gente sólo quiere hacerme daño”, “para lo único que me buscan es para sacarme algo”, “cada vez que confiás en alguien, te llevás una puñalada”. Esta soledad no deseada puede convertirse en angustia, se revestirá de una apariencia de fortaleza, autosuficiencia, agresividad o timidez a fin de esconder la inseguridad y el miedo a que no se los respete o no se los quiera.

La circunstancia que vive la parte que moviliza el accionar del Centro de Mediación debe ser tenida muy en cuenta por el mediador al momento de realizar los encuentros. Seguramente será necesario trabajar en audiencias privadas para descubrir y hacerle descubrir la existencia de otras cuestiones que pueden ocupar su tiempo y esfuerzo, acciones mucho más positivas que continuar con el conflicto o generar nuevos; que esos vecinos podrían ser “parte de su vida” si considerara incorporarlos, ya que son quienes más a mano tendrá cuando necesite a alguien y a su vez puede resultar en una relación cordial y afectiva que le sume y ayude a minimizar su soledad.

Frente a estas realidades que se le presentan el mediador no sólo debe sondear los verdaderos intereses de las partes sino que debe conducir este tipo de personas a descubrir otros intereses u ocupaciones que lo hagan dejar de focalizarse sólo en el conflicto.

Seguramente será difícil evitar ese sentimiento de soledad que traen pero es necesario que se trabaje este aspecto para que el tipo de personas descripto efectivamente solucione el conflicto que lo trae al Centro, que no genere otro de iguales características y que logre encauzar positivamente su accionar para mejorar su calidad de vida y lograr una pacífica convivencia vecinal.

Un resultado positivo en este tipo de mediaciones no será sólo lograr un acuerdo entre las partes convocadas para terminar con las agresiones sino también ayudar a redimensionar las posibilidades de relaciones entre ellas y así lograr mejorar el día a día entre personas que irremediablemente seguirán siendo vecinas.

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