Conciliábulos de fin de semana

El grupo de patriotas reunidos en la quinta de Nicolás Rodríguez Peña (Saavedra, Belgrano, Castelli y compañía), tras pasar la noche tratando qué hacer frente a los acontecimientos sucedidos en España, a un palmo de caer en las manos de Napoleón, se decidió por la opción del cabildo abierto, para discutir y adoptar las medidas que fueran del caso.

Dejaron para ello de lado la opción de Manuel Rodríguez quien, como buen húsar que era, proponía asaltar sin más la fortaleza real y tomar prisionero al virrey. El buen Rodríguez encarnaba como pocos la filosofía del húsar de caballería, pero a la ríoplatense. Gentes que, a más de contarse entre las tropas de elite de la época, no rehuían una pelea cuando se ofrecía ni resultaban muy propensos a las discusiones de tipo diplomático o similar. Es que, como gentes de acción que eran, su pensamiento, en simplificada forma, entendía que todo aquello que no se solucionaba con una buena carga de caballería a los sablazos, dos pistoletazos podían remediarlo. Sin pensar en muchas otras opciones en el medio.

Pero era la postura conciliadora la que había primado, por lo que se acordó que Saavedra y Belgrano se reunieran con el alcalde de primer voto, Juan José de Lezica, para plantear el tema.
En paralelo, Castelli y Rodríguez irían a conversar de igual tópico con el síndico procurador, Julián de Leyva, pidiendo el apoyo del Cabildo para gestionar ante el virrey un cabildo abierto, expresando que, de no concederse, lo haría por sí solo el pueblo o “moriría en el intento”.
Tanto en lo decidido como en los encargados de llevarlo a cabo, lo resuelto era una solución de compromiso entre los distintos puntos de vista y facciones evidenciados en el conciliábulo.

La postura más conservadora y la más reformista la encarnaban Saavedra y Belgrano, respectivamente, para la gestión oficial del pedido. Claro que en un tema de tanta trascendencia política, a nadie se le escapaba que lo que decidiría la suerte del pedido sería la conformidad o no del procurador del Cabildo, el letrado De Leyva, que era quien armaba y desarmaba toda la apoyatura legal a las medidas del cuerpo.

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Es por ello que para dicha gestión paralela se mandó a Castelli, quien tenía tanto vuelo intelectual en cuanto a las leyes como su primo Belgrano, pero con la ventaja de una mucha mayor receptividad entre los miembros del cuerpo. Y para ponerle énfasis a la cosa, y por si Castelli se ponía muy en diplomático, le acompañaría en la entrevista el teniente coronel Rodríguez, que ya había dicho que prefería, en lugar de hablar por la boca de las personas, hacerlo por la de los cañones y fusiles. Como para que a De Leyva le quedara en claro que, o concordaba con Castelli o se las arreglaba con Rodríguez.

Por eso eligieron a quien eligieron: el mejor de los abogados posibles para dar voz a quienes propugnaban por un cambio político. Por tener enfrente, justamente, al mejor de los leguleyos que quería, precisamente, que nada cambiase.

Cierto es que el encargue a Saavedra y Belgrano, de ir a peticionar lo mismo ante el alcalde de primer voto, podía tener más destaque, a priori. Pero a nadie se le escapaba que el éxito dependía más de la gestión con De Leyva, quien era el que daba (o negaba) el visto bueno jurídico a lo pedido.

Varios de estos rasgos de su cargo le vinieron a la mente a don Lezica cuando Saavedra y Belgrano fueron a verlo, atento su carácter de alcalde de primer voto, expresándole que los criollos reclaman la realización de un cabildo abierto para tratar la situación por la que atravesaba España. Si hubiera podido sacarse el tema de encima, lo hubiera hecho, pero no podía ni sabía cómo hacerlo.

Fue una reunión de gentes educadas, todo dentro del frío protocolo virreinal, en la que se le expuso la necesidad de celebrar del referido cónclave “a fin de que, reunido el pueblo en asamblea general, acordase si debía cesar el virrey en el mando y erigirse una Junta Superior de Gobierno que mejorase la suerte de la Patria”.

Por lo visto, no se andaban con vueltas esos “genios malignos e inquietadores”. ¿Cómo rechazar lo pedido? Históricamente, el Cabildo de Buenos Aires, pese a ser en rigor de verdad una institución sólo municipal, había usado tal vía para meterse en los asuntos del virreinato cuando le parecía conveniente. ¿A quién podía escapársele que la destitución o no del virrey dependía de los últimos acontecimientos?

Muy políticamente, Lezica prometió llevar la inquietud al cuerpo. También muy políticamente sus visitantes le aclararon la importancia que daban al tópico. Con educadas salutaciones, la entrevista llegó a su fin.

El doctor don Julián de Leyva, fue uno de los personajes más importantes y menos conocidos de la Semana de Mayo. Se trataba, quizás, del mejor abogado de Buenos Aires quien, criollo por cuna, era sin embargo un decidido sostenedor del sistema virreinal. A la par de su destreza en materia de leyes, era asimismo una autoridad de renombre en materia de historia colonial, siendo sus escritos históricos sumamente ponderados, incluso por quienes, como el deán Gregorio Funes, estaban en las antípodas de su postura política.

De Leyva había llegado al Cabildo en 1808 de la mano de la facción acaudillada por Martín de Álzaga, siendo con su amigo íntimo, Mariano Moreno, quienes ponían el ropaje jurídico a las decisiones del cuerpo. La elección del 1° de enero de 1810 lo había sentado en el sitial de síndico procurador; es decir, quien decía qué era lo posible o no jurídicamente. Era un hombre de alta estatura, corpulento y de aspecto respetable. Pero a pesar de esas formas afables, en la entrevista con Castelli y Rodríguez dejó bien claro que no estaba para nada de acuerdo con la necesidad de un cabildo abierto.

Fue entonces cuando Martín Rodríguez, nada jurídicamente pero muy fiel a su estilo, le expresó que si el Cabildo no convocaba al pueblo, el pueblo se iba a convocar por sí solo. Sin comprometerse a nada, el procurador prometió consultar el asunto.

Los patriotas volvieron a reunirse para compartir los magros resultados obtenidos. Los partidarios del virrey jugaban al alargue, tratando de postergar cualquier hecho que pudiere dar pie a un cambio en el estado de cosas, a la espera de que el transcurso del tiempo calmase los ánimos. Debían redoblar la presión sobre los españoles, pero la pregunta era cómo.
Nada se había adelantado por la palabra y ello daba pie a la exaltación de los que postulaban salidas extremas.

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