Cómo la Toma pasó a ser barrio Alberdi (4/4)

Por Ricardo Gustavo Espeja (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

Los tiempos cambian. Sus modificaciones alteran las estructuras de las instituciones aunque los cambios, muchas veces, no significan progreso, pese al afán propagandístico de los gobiernos que alteran el bienestar de una comunidad determinada.

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Esto sucedió en 1795 con los habitantes del pueblo de la Toma. Su curaca José Antonio Deiqui logró reunificar a los pueblos originarios (calchaquíes, hualfines, quilmes y algunos comechingones) de La Toma. Según Emilio Argentino Rojas de Villafañe, la gestión de Deiqui “se caracterizaba por la virtud, la justicia y la ética”, pero se transformó en un “ejemplo peligroso” para las escasamente virtuosas gestiones españolas.

Deiqui, atento a lo prescripto por las Leyes de Indias, solicitó en 1795 a las autoridades españolas que “enteraran” (unificaran) sus tierras. El virrey Portugal y Villena, un año después, ordenó al gobernador-intendente Rafael Núñez, Marqués de Sobre Monte, que lo efectuara sin dilaciones.

Fiel a su clase, el marqués trató de desacreditar al curaca Deiqui diciendo que su título de cacique era ilegítimo, reclamos que fueron totalmente desechados por el Fiscal Protector General de Naturales de la Real Audiencia, don Francisco Manuel de Herrera.

Éste hizo lugar a la petición de Deiqui pero Sobre Monte acató de manera arbitraria las órdenes del virrey, pues las tierras que ordenó unificar eran de una superficie mucho menor que la regulada por las Leyes de Indias. Con todo, el gobernador intendente mandó hacer la mensura al agrimensor Dalmacio Vélez, al procurador de la ciudad y a un regidor. Además, también asistieron el cacique Deiqui y otros dignatarios aborígenes.

Ni el veedor ni el protector de Naturales quedaron conformes con la mensura y adujeron que a Deiqui “se le negaron tierras en las cuales pudieran proseguir sus faenas de teja y ladrillos, que es lo único con que se mantienen”. (op. cit. ut supra).

En un último intento, Deiqui, poco antes de su muerte en 1800, escribió al marqués de Sobre Monte diciéndole: “Sólo vuestra excelencia puede meter en camino a estos señores; que disfrutando nuestros servicios, parece nos consideran esclavos”. A la vez, el oidor protector general de Naturales expresaba en Buenos Aires, en 1799: “Nada de esto se debía haber dado lugar reprimiéndose de plano unas gestiones irregulares”. (op. cit. ut supra).

Todo quedó en suspenso hasta después de los años de la Revolución de Mayo y la guerra de la independencia. La idea de los nuevos gobernantes consistía en abolir el régimen de propiedad comunal para subdividir las tierras y adjudicarlas en parcelas, ya bajo el régimen de la propiedad privada. Así hubo un nuevo deslinde efectuado en 1820, ordenado por el juez de mensura José Paz y los doctores Roque Funes y Joaquín Pérez, quienes rubricaron la mensura del nuevo y ya reducido trazado del pueblo de la Toma (Rojas de Villafañe, 1976:68).

En 1837 una ley intentó su venta, pero como el Estado lo consideraba como parte de su propiedad, destinó el centro del espacio a la creación del cementerio San Jerónimo, a raíz de una epidemia de escarlatina que afectó gravemente la ciudad. El cementerio se inauguró recién el 15 de septiembre de 1843 cuando otra epidemia, ahora de viruela, azotó la ciudad. No fue hasta 1867, cuando se promulgó una ley de loteo privado, norma con la cual el curaca Lino Acevedo, al contrario de José Antonio Deiqui y otros que habían luchado por la propiedad comunal, estaba de acuerdo.

Por la ley debía censarse a las personas originarias del lugar (incluyendo mestizos, mulatos y zambos) para ubicarlas donde se les otorgaría el título de propiedad -privada, se recalca- tanto del lote urbano como de la parcela rural que se les “concedería”, como si ellos fueran intrusos y no los propietarios o al menos los poseedores originales con sobrados derechos adquiridos.

En 1881 comenzó el definitivo viraje hacia la privatización de las tierras comunales, pues se disponía que las tierras sobrantes del reparto entre los cinco pueblos originarios que había en la provincia (bastante mestizados, por cierto) se venderían en subasta pública y el dinero recaudado sería destinado a los antiguos comuneros, o así lo hacía presuponer la ley.

A diferencia de la ley de 1867, dejarían de poseer y, por ende, utilizar las parcelas rurales y deberían conformarse con las parcelas urbanas. Podían hacer ofertas en el remate público, pero en realidad se agregaba la injuria a la afrenta, pues era obvio que los comuneros no poseían dinero para adquirirlas.

La mensura efectuada por Quintiliano Tizera en 1885 dio una superficie de 8.000 hectáreas de tierras de chacras, a las que se sumaban 147 manzanas con ocho lotes cada una destinados al barrio alrededor del cementerio. Esta superficie abarcaba desde el río al sur y todo el sector oeste de la ciudad.

Las tierras más codiciadas, o sea las destinadas a chacras, las adquirieron los adeptos al gobierno. Como señala la doctora Cristina Boixadós (Boixadós, 1999) “fue un triunfo de la oligarquía local que obtuvo lo que propuso y que luego transformó en un pingüe negocio inmobiliario”, sobre todo por la oleada inmigratoria en busca de terrenos donde construir sus hogares.

El curaca Lino Acevedo murió en 1901 y no supo ni quiso estar a la altura moral de Deiqui.
El 6 de septiembre de 1910 -avisa Efraín U. Bischoff-, el Concejo Deliberante le cambió el nombre a La Toma por el de barrio Alberdi, al cumplirse el centenario del nacimiento de Juan Bautista Alberdi. Hoy la antigua acequia que dio nombre al pueblo está cubierta por el asfalto de la calle Pedro Zanni hasta Octavio Pinto.

Reconocer la fuerza de los hechos no significa de ninguna manera tener una actitud de resignación negadora del pasado y no pensar en un futuro que debe ser construido, pues aún no existe.

Devolver el espíritu de La Toma a la populosa barriada de Alberdi significa retomar costumbres tradicionales, tener una actitud de amplitud y comprensión hacia todas las etnias (originarias, afroargentinas, eslovenas, europeas, americanas). Todas y cada una han aportado para que Alberdi muestre su gran riqueza multicultural. Con los pies asentados en el presente pero sin olvidar las luchas, antiguas y no tanto (Barrio Clínicas Primer Territorio Libre de América) ni tampoco las alegrías.

Ese patrimonio intangible nos hace sentir más humanos y saber que Alberdi es un hermoso lugar en el mundo.

(*) Periodista-Historiador

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