Chile, Mercosur y Asia

A pesar de que aún tiene asignaturas pendientes como la inequidad y el desempleo, la experiencia chilena muestra que se pueden adoptar distintas herramientas para aprovechar los efectos de la globalización

Por José Emilio Ortega y Santiago Espósito *

Luego de sólo seis meses de negociaciones, los presidentes Sebastián Piñera (Chile) y Michel Temer (Brasil) firmaron a fines de noviembre de 2018 un tratado de libre comercio (TLC). El objetivo fue actualizar el marco normativo de las relaciones económicas bilaterales, con el fin de armonizar regulaciones.
Se incluyeron temas como la eliminación del roaming y de las barreras no arancelarias, compromisos en materia de comercio electrónico, promoción de cadenas regionales y globales de valor, participación de empresas de la contraparte en licitaciones de compras públicas, disposiciones sobre género, pymes, medio ambiente y temas laborales.
Consecuencia de la aproximación entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico, el acuerdo es muy ambicioso.
De manera indirecta, interpeló la agenda política del bloque regional. Los esquemas clásicos de integración regional exhiben agotamiento y el Mercosur sigue a la espera de la reacción de sus miembros. La reciente cumbre de diciembre, en la cual el primer mandatario argentino, Mauricio Macri, asumió la presidencia pro témpore, no dejó espacio para la ilusión.
Los cuatro países miembros -sin la suspendida Venezuela-, con la presencia de Bolivia, que se encuentra en la etapa final para ingresar como miembro pleno, dejaron pasar la oportunidad para profundizar el comercio de servicios, el funcionamiento de la unión aduanera, o la reforma de cláusulas que impiden suscribir acuerdos comerciales con terceros de manera bilateral (cuestión en boga actualmente).

La asunción de Jair Bolsonaro, y su acercamiento a Chile, obligó a mirar la política exterior trasandina reciente. Las dos décadas en el poder de los llamados gobiernos de la Concertación, cambiaron la posición internacional de un gobierno políticamente aislado durante los años de la dictadura militar (1973- 1990).
Resultó sensato que Patricio Aylwin, primer presidente de la restauración democrática a principios de los 90, buscara, en el marco de una transición pacífica y consensuada, la reinserción internacional de Chile.
Sin apresurarse en posicionar al país trasandino como referente regional, apostó por la apertura comercial con diversos países y bloques de integración.
Aylwin realizó innumerables viajes al exterior para promover las exportaciones, lo que, de manera clara y concisa explicó: “O buscamos un crecimiento basado en las exportaciones o no creceremos”.
La continuidad de los gobiernos de la alianza centro-izquierdista, permitió que la política exterior chilena siguiera, a grandes rasgos, idénticos lineamientos, orientada al comercio y la inversión, de talante pragmático, desarrollando una política regional apuntada a superar los conflictos limítrofes, logrando estabilidad e incrementando los intercambios comerciales.
El camino emprendido en la década de 90, llevó a Chile a convertirse en el país con más TLC firmados en el mundo: 26 con 80 países.
A su vez, apuntó a generar lazos comerciales con la entonces promisoria región Asia Pacífico. Desde principios de siglo, Chile firmó 12 TLC con países asiáticos y actualmente, la región, representa el 42% de su intercambio comercial.
Hoy Chile es el primer país sudamericano miembro de la OCDE; la economía más competitiva de América Latina, según el Foro Económico Mundial; y se pronostica un crecimiento cercano a cuatro por ciento para este año. Las políticas de liberalización y apertura comercial han dado lugar a mercados competitivos, sumado a una política fiscal exitosa en lo contra-cíclico y una estabilidad monetaria que permitieron disminuir la pobreza del 26% a ocho por ciento ente los años 2000 y 2015.

Aun así, Chile tiene como cuenta pendiente disminuir la inequidad y el desempleo. La experiencia chilena muestra que se pueden adoptar distintas herramientas para aprovechar los efectos de la globalización.
Los cambios que atraviesa el escenario internacional en el último tiempo, en especial en el aspecto clásico de las relaciones internaciones como la distribución del poder, la crisis de los organismos internacionales y las instituciones clásicas de la democracia liberal, generó la aparición de un nuevo regionalismo, promovido, en parte, por actores internacionales que plantean un posicionamiento distinto a las ideas clásicas que caracterizaron el siglo XX.
En este nuevo escenario, de poscrisis económica, el sistema comercial internacional se atomizó y se abrieron nuevas alternativas para fomentar el comercio.
Asia Pacífico se convirtió en la región que mayor interés ha concentrado a escala mundial. La región encabezada por China ha liderado el crecimiento económico en los últimos años. Según datos del FMI, representa 42,6 % del Producto Interior Bruto mundial  (al cual China aporta 70%).

El Mercosur debe procurar su inserción en esta corriente de comercio internacional. Considerando los escasos avances del bloque en cuanto a su agenda externa, en especial considerando la estancada negociación con la Unión Europea, parece el momento indicado para revitalizar el bloque.
Las declaraciones de Bolsonaro, y de su ministro de Economía, Paulo Guedes, sobre la necesidad de flexibilizar el Mercosur, en principio, harían suponer algunas reformas. La concreción de una reformulación efectiva del bloque regional, depende, en gran parte, de las políticas y estrategias de inserción internacional que asuma Brasil.
Chile se presenta como una carta segura para mejorar las posiciones sudamericanas en el Pacífico (sin soslayar a Perú y a Colombia). El Mercosur, en tanto, seguirá a la expectativa, para al fin salir del letargo.

* Docentes UNC

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