Canal de Panamá: 100 años de una colonia estratégica

El acuerdo que firmó el presidente estadounidense –como hemos anotado en nuestra columna anterior– Franklin Pierce restringe la soberanía de Colombia sobre Panamá. Gran Bretaña y Francia elevaron su voz en son de protesta. Lesionaba, decían, sus intereses en la región, y representaba, para el conjunto de las naciones centroamericanas, una “injerencia inadmisible” ya que limitaba, en los hechos, su dominio soberano.

Londres, luego de una compleja negociación, logró que la Casa Blanca, en compensación, reconociera su dominio sobre Belice, a expensas de Guatemala. Nicaragua, Honduras y la misma Guatemala abrieron, en consecuencia, sus fronteras a las tropas norteamericanas, que ocuparon esos territorios para “facilitar las tareas de los expedicionarios que buscaban la ruta canalera.” Y, de paso, establecer un férreo control sobre los habitantes de esas naciones que reclamaban por la libertad e independencia de sus pueblos.

Francia, con extremo sigilo, logra que el ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, en 1878, firme un contrato para construir un canal de navegación a través de Panamá, con el francés Lucien Napoleón Bonaparte Wise, principal lobbista de la empresa que encabeza Ferdinand de Lesseps, constructor del Canal de Suez.

Estados Unidos montó en cólera. Una espectacular campaña en la que participaron demócratas y republicanos con enorme reflejo en los diarios norteamericanos le sirve como instrumento para acusar a Colombia de traición. No les preocupa, en demasía, quién construye el Canal. Lo que les molesta -y mucho- es que la concesión otorgada a los franceses, una vez culminada la obra, se extendería por 99 años.

Nuevas Medidas de Aislamiento/Noviembre

Situación ésta que causó nuevas reuniones de alto nivel que culminan con la firma de un nuevo protocolo anexo al Tratado Bidiak-Mallarino, por el cual “el gobierno de Colombia garantiza el derecho de vía o tránsito por el istmo, no sólo a los ciudadanos de los Estados Unidos sino a su Gobierno, y por consiguiente a las tropas de la Unión Norteamericana, así como a los presos bajo la jurisdicción federal.” Situación ésta que hace decir al presidente Rutherford Birchard Hayes, en un mensaje especial al Congreso de la Unión, que “La política de este país requiere un canal bajo un control norteamericano. Los Estados Unidos no sabrían consentir el abandonar su control a potencias europeas.”

Los franceses, pese a las trabas y obstáculos, persistieron en el esfuerzo. La Compañía Universal del Canal de Panamá se constituyo el 31 de enero de 1889. La mala administración y el embargo de Estados Unidos a los barcos que arribaban a los puertos panameños hicieron que quebrara ocho años después. Quedaron como testimonio de la frustración sólo 30 kilómetros terminados y más de 500 máquinas, “mil kilómetros de carreteras, 159 kilómetros de rieles, 250 canoas, excavadoras y un sinnúmero de grúas”, que muchos cronistas de época hacen llegar a mil. Cinco años después, después de una trabajosa tarea de convencer inversores, nace la Compañía Nueva del Canal de Panamá. Los 65 millones de francos recolectados no alcanzaron para culminar la obra. Estados Unidos presiona.

Necesitaba imperiosamente el canal. El guatemalteco Juan José Arévalo, quien fue presidente de su país, describe con crudeza las maniobras de Washington que está exultante por los resultados de la guerra con España. Sobre fines de 1898, el presidente Mc Kinley proclamo: “La construcción de un canal interoceánico es más que nunca indispensable para las comunicaciones rápidas entre nuestras costas del Oeste y del Este. Nuestra política nacional exige ahora más que nunca que este canal sea dominado por nosotros”.

Las negociaciones entre la Casa Blanca, Londres y Bogotá son intensas. Los británicos se oponen al avance yanqui. Los franceses caminan lentamente al fracaso. Colombia no está dispuesta a dar nuevas prórrogas. La obra, que debía estar concluida en 1904, avanzaba a paso lento. Las dificultades financieras eran crecientes. Había que encontrar soluciones drásticas. Un cambio en la escena política norteamericana acelera el fin. El Gran Cazador –Ted Roosevelt- es el nuevo presidente.

Un informe firmado por Tomás Herrán, secretario encargado de la embajada de Colombia en Washington, informa a su gobierno: “Mr. Colhum, senador por Illinois y presidente de la Comisión de Relaciones del Senado, sostiene que en el caso de que Colombia no se preste a un arreglo satisfactorio, el Gobierno de los Estados Unidos podría entenderse directamente con la Compañía del Canal, dejando de lado a Colombia, expropiar la parte del territorio necesaria para construir el canal y dar como justificación de este acto la utilidad universal (…) El presidente Roosevelt es partidario decidido de la vía Panamá, y visto su carácter vehemente e impulsivo es de temer que el proyecto del senador Colhum no le repugne”.

Entre los papeles que ocupan nuestra mesa de trabajo se destaca un informe del español Campio Carpio quien, en la década de los años 20 del siglo pasado, reconstruyó la tragedia panameña. Allí anota que Roosevelt ordenó apoderarse de la provincia colombiana de Panamá tras un antológico ataque de furia. Ese fue el origen de la escisión de Panamá. La nueva república concede a Estados Unidos derechos a perpetuidad sobre el canal y una amplia zona de ocho kilómetros a cada lado de él a cambio de 10 millones de dólares y un canon anual de 250 000 dólares. El 7 de enero de 1914, la grúa flotante Alexander La Valle realizó el primer tránsito completo por el canal. Sin embargo, no fue sino hasta el 15 de agosto de 1914 cuando el vapor Ancón inauguró oficialmente el Canal de Panamá.

Han transcurrido, de ese hito tan trascendente para el comercio y las comunicaciones, apenas 100 años. Los primeros 100 años del Canal de Panamá.

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